El comienzo del turismo en la isla de Tobago
Transcurría el mes de mayo de 1956. Estados Unidos acababa de ganarle su primera guerra directa al comunismo en Corea, pero el pueblo americano comenzaba a hacerse una idea de lo que significaba ser el vigilante del orden mundial, un papel que se atribuyó el gigante americano por la incomparecencia de cualquier otro contrincante, debilitados como todos sus enemigos estaban tras la devastadora Segunda Guerra Mundial. Más de cincuenta mil féretros arropados con la bandera de las cuarenta y nueve estrellas llegaron desde el mar de China y el paralelo 38 (norte). El regreso a sus hogares de centenares de miles de heridos en una guerra que no tenía, no tiene fin —oficialmente, las dos Coreas siguen en guerra— alimentaron una huella de pesadumbre en el talante americano.
La industria del cine en Hollywood era el bálsamo preferido de los americanos para curarse las heridas y aplacar los mosqueos. Rita Hayworth llevaba más de veinte años paseando su melena cobriza por sus estudios y dejando sin respiración a millones de espectadores. Su foto levantaba el ánimo de los soldados americanos desperdigados por Europa y los mares del Este durante la guerra contra los nazis y sus socios. Robert Mitchum empezaba a ser un imprescindible en las películas de cine negro, con su ojo vago, regalo de alguna pelea en su adolescencia de chico perdido, y su cara fría, retadora y socarrona, que lo mismo derretía de pasión a las señoras como provocaba escalofríos por la maldad de sus personajes. Jack Lemmon, cerca de convertirse en el comodín masculino de las comedias de Billy Wilder, ya se codeaba con las estrellas de mayor relumbre en el firmamento de Hollywood.
Ninguna de las biografías de estos tres monstruos del séptimo arte explica cómo se las ingenió un director del montón, prolijo y currante, pero muy lejos de los directores más afamados de la época, para arrastrarles al rodaje de una película en un remoto paraje caribeño. Quizás fuera por la promesa de unos cuantos meses en playas paradisíacas, de arena cegadoramente blanca y aguas turquesas. Lo cierto es que la película, más allá de un baile sensual y enloquecido de Rita, pasó sin pena ni gloria por los cines. Robert Parrish, un director de los de pico y pala, con más de veinte películas a sus espaldas, consiguió juntarles para narrarnos la historia de dos amigos, recién llegados de la guerra de Corea, que se compran un barco para llevar a turistas por las seductoras aguas caribeñas. Rita, como no, les enamora a los dos. En la búsqueda de lugares para el rodaje apareció una pequeña isla, casi desconocida para los ojeadores de Hollywood, en la que rodarían casi toda la película: la isla de Tobago. La película se titulaba Fire Down Below, pero en España se estrenaría mucho más tarde bajo el evocador título de “Fuego escondido”.

Los primeros turistas de Tobago, la troupe de Rober Parrish y sus famosos actores, coparon durante tres meses los tres únicos hoteles de la isla, un total de ochenta habitaciones. Quince años más tardes, se habían multiplicado hasta las 500 habitaciones y el turismo parecía consolidarse en la isla.
Trinidad y Tobago es un país pequeño. Sus cinco millones de kilómetros cuadrados lo habitan aproximadamente un millón y medio de personas, casi todas ellas concentradas en Trinidad, la mayor de las dos islas. En Tobago apenas viven en la actualidad ochenta mil personas. Casi la mitad de su territorio está ocupado por manglares, que significa “árbol retorcido”, una buena noticia para protegerse de las tormentas tropicales —el manglar ejerce de barrera de protección natural—, pero no demasiado buena para otros fines, como la agricultura o el turismo. La mayoría de los proyectos de desarrollo del turismo en la isla de Tobago se han enfrentado al impacto ambiental que provocaría acercar los resorts turísticos a la línea del mar. Sin embargo, es un país rico, lo que, como es bien sabido, no siempre significa un reparto equilibrado de la riqueza. Desde el descubrimiento de petróleo y gas natural en sus aguas jurisdiccionales, la fortuna les ha bendecido para convertirse en un territorio de creciente valor. Tener el oro negro por castigo ha hecho que, durante muchos años, el país viviese de espaldas a la industria que da de comer a la mayoría de las islas antillanas: el turismo.
La historia de Trinidad y Tobago está plagada de piratas y aventureros que buscaron refugio en sus puertos naturales y en los recovecos que brindan los manglares. Trinidad fue descubierta por Cristóbal Colón en su tercer viaje a las Américas. El Imperio español se la quedó durante más de doscientos años, invitando a la llegada de colonos, sobre todo españoles y franceses, para el cultivo de la caña de azúcar. Pero Trinidad, y su vecina Tobago, eran un enclave estratégico demasiado valioso para que los británicos no pusieran su ojo —muchos de los que servían en sus naves habían perdido uno en algún abordaje, envalentonados con buenas dosis de ron— en estas dos islas que eran la puerta de entrada y salida al caldero de oro del Caribe. Por allí pasaban decenas de galeones cargados del oro y la plata que los españoles arrebataban por el nuevo mundo para la Corona española. A finales del siglo XVIII, el gobernador de Trinidad, José María Chacón, solicitaba sin éxito refuerzos por si llegaba el temido inglés. La corte de Carlos IV, que no era precisamente un modelo de buena gestión, hacía una y otra vez oídos sordos a los lamentos y las súplicas de Chacón. Tenía que suceder lo inevitable. Una escuadra formada por nueve navíos, tres fragatas, tres corbetas y decenas de buques, transportando más de siete mil hombres, atacaron la isla en 1797. La defensa, con unos cientos de soldados mal armados, era imposible. La capitulación, inevitable. El rey que no le escuchó sí tuvo, en cambio, la indecencia de desterrar a Chacón, desposeyéndole de todo su patrimonio. Para los isleños no debió ser, sin embargo, un mal gobernador. La flor que es el símbolo nacional de Trinidad y Tobago se llama chaconia en su honor. Una de las calles principales de la capital, Puerto España, lleva todavía su nombre.
La isla de Tobago nunca fue española. Demasiado poco terreno para la agricultura. Los escondrijos que proporciona su costa eran un lugar apetecible para piratas y oportunistas. Fue francesa, holandesa, inglesa e incluso polaca. Pero nunca española. Con la cesión de la isla de Trinidad, los ingleses la unieron en su gobierno. Y así ha permanecido también después de la independencia del país, en 1962.
Quién sabe si, debido a la publicidad que de ella hicieron los tres astros cinematográficos, Tobago tuvo unos años de cierto esplendor turístico, atrayendo a visitantes, sobre todo ingleses y americanos. La tranquilidad de la isla hizo que, también, muchos residentes de la más bulliciosa isla de Trinidad la eligieran para segundas residencias y retiros temporales. Pero, el turismo internacional ha ido decayendo desde comienzos de este siglo, en parte por la mala fama creada tras unos cuantos crímenes de turistas en los años 90 y al propio abandono de los gobernantes del país, más enfocados a seguir extrayendo petróleo y gas que a diversificar su economía. Algunas de las principales cadenas hoteleras, como Hilton, se marcharon. Y los que se quedaron languidecían sin aparente remedio.

Ahora, una nueva e inmensa Terminal de Pasajeros en el aeropuerto de la isla está a punto de ofrecerle a la industria turística un motivo sólido para recuperar el foco en Tobago. Un proyecto, seguramente desproporcionado, que ha salido adelante gracias a uno de esos impulsos imbatibles que ofrece la política en cualquier país del mundo. El primer ministro es de Tobago y en septiembre de 2025 habrá elecciones. El flamante edificio le brinda una oportunidad que no querrá dejar pasar para hacerse un hueco en la historia de la isla. Antes de que en 2018 se confirmara la construcción del nuevo terminal, los fundamentos de la industria turística seguían casi igual que en tiempos de “Fuego escondido”. Desde entonces, la cadena Marriott está construyendo un hotel de cuatro estrellas, con más de doscientas habitaciones, que abrirá durante 2025. Un club de lujo, con unas 150 villas, también ha anunciado que abrirá en los próximos años. Por una vez, es posible que una infraestructura sobredimensionada sea la que genere la demanda.
Mientras se terminan de ajustar los últimos paneles acristalados de la fachada, frente al prodigioso gigante aeroportuario las gallinas pasean por las calles, los gallos despiertan a los pocos turistas repartidos por casas de huésped y hoteles modestos, los perros, a los que nadie en Tobago pasea, rebuscan entre la basura arrojada por los trabajadores chinos frente a los paneles que delimitan la construcción. Unos pocos kilómetros más allá reposan los restos del hotel que alojó a Rita, Robert y Jack. La calma, que en la película se rompió por los celos y la belleza de Rita, puede que vuelva a quebrarse. Esta vez será gracias a un nuevo regalo chino, en forma de aeropuerto moderno.

2 Comentarios
Mariano Menor
Me tienes que explicar eso de que una infraestructura aeroportuaria sobredimensionada va a generar la demanda. Esto pone en duda un axioma histórico. Bueno, la verdad es que no lo das como seguro. Sólo como posible. Ya se verá. Saludos.
Tomás Aranda
Lo dejo en puede, pero estoy convencido de que no será así. Ya sabes cómo se las gasta la clase política, sea española o caribeña. Llevan dando la matraca con este aeropuerto desde hace más de 15 años. Pero, mientras, los hoteles cierran y los lugareños están felices cuidando de sus gallinas.