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18 Alfa

            Labios pintados de rojo ardiente, el pelo trigueño con un tinte, una henna, como disimulo de las canas que sus más de sesenta años no podrían ocultar. Salió temprano hacia el aeropuerto. Los familiares a los que ha ido a visitar le dijeron que las cosas estaban mal para viajar a los Estados Unidos. Que el Trump ese al que han elegido les complicará la vida a los que no sean blanquitos y rubios como él. Además, está lo del estado de emergencia en Trinidad. Tanto venezolano huyendo de su país ha convertido las calles de San Juan, la ciudad en la que nació Mia, en un bochinche.

            Tiene las manos entrelazadas, como rezando. Y está nerviosa. No vaya a ser que no la dejen entrar de nuevo. No lo soportaría. Dejó allí a su chambo, que es toda su vida. Ya son diez años. Mia, sin hijos y con un marido que se había matado por conducir borracho, no tenía nada que la atase a San Juan. Cogió lo poco que tenía y se marchó a Miami. Le habían dicho que se fuera a Nueva York, que allí encontraría más oportunidades, pero le gusta el frío. Se fue ganando la vida como pudo: de limpiadora, recogiendo mesas en un restaurante, y luego de cajera en un supermercado del barrio haitiano.  Allí conoció a Philippe. Más negro que el tizón. Desgarbado, con la cabeza rapada pese a que tenía un pelo espeso y retorcido como los manglares de la costa. Al principio no le hacía ojos. Hasta para ella, que viene de familia india mezclada con vaya usted a saber qué negros liberados, de los que huyeron de la esclavitud en Brasil, la piel de Philippe le resultaba demasiado oscura. Pero es bueno con ella. La ayudó con el idioma. Los clientes del supermercado hablan casi todos en un francés criollo. Al terminar su turno, la llevaba al apartamento en su destartalado Ford cuando ella no era capaz de manejar un carro. Y, claro, al final, no puede vivir sin él.

            Mira a través de la ventana la extensión de Miami. El avión está a punto de aterrizar. Se dice que no serán tan canallas de rechazarla. Tenía que haberle hecho caso a Philippe. Tenía que haber regularizado su residencia.

24 Charlie

            Nestor ya peina canas y su pelo sigue teniendo la fuerza de las lianas. Tiene un poco de tripa, se dice que se tiene que cuidar. Pero, no hay manera. Con los platos que le prepara su mujer, una coreana, hija de un trabajador del puerto que, en cuanto pisó Puerto España, se enamoró de una india. O eso parecía.

Sentado frente a la computadora, se pasa la mano por el cabello. Ha estado trabajando todo el vuelo. El lunes tiene una reunión importante en Fort Lauderdale. El importador de acero con el que trabaja la empresa de Nestor le tiene bloqueado un pedido en el puerto de Miami. Si no consigue que llegue este mes se van a volver a retrasar en la obra. Suda y se restriega los ojos achinados que no paran de llorarle de tanto tiempo frente a las hojas de cálculo.

Tiene rasgos filipinos, pero nació en Puerto España. Llegó con sus padres, la madre de Sri Lanka, el padre de Manila. Después de que dieran tumbos por medio mundo, les pareció que el lugar les permitiría vivir con algo de dignidad. Fue buen estudiante, en el modesto colegio al que le llevaron dijeron de él que tenía cualidades. Sus padres ahorraron todo lo que fueron capaces para que pudiera estudiar. Es ingeniero civil.

Nestor tiene tres hijos, el mayor vive en Nueva York. Nunca comprenderá la pasión de los trinitenses por emigrar a la Gran Manzana. Se casará después del verano. Su novia es una holandesa. Una de esas influencers. Pero su hijo está ciegamente enamorado de ella. Tiene que terminar la maldita obra. Por nada del mundo se querría perder la boda de su primer hijo. Ha salido brillante. Trabaja en un despacho de abogados. Sus dos hijas viven todavía con ellos, pero en cuanto pueda mandará a la mayor a estudiar también en alguna universidad americana. La pobre anda desesperada con las cartas de solicitud. Quiere ser arquitecta. Sueña con que la admitan en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Illinois. Pero, ha oído que Trump no quiere que entren más estudiantes de fuera. Le ha pedido que, si le queda tiempo, se dé un salto a Chicago para ver si consigue que la admitan.

La última vez que pasó por Miami prometió no volver. No soporta los controles de inmigración. Estuvo más de dos horas haciendo cola. Miles de personas hacinadas, sin la menor piedad por parte de los oficiales. Se estaba haciendo pis. A duras penas consiguió no hacérselo encima después de un desagradable interrogatorio. Se levanta para ir al baño. Hay varios pasajeros con su misma idea. El capitán dice que vuelvan a sus asientos. El avión va a aterrizar.

11 Delta

Es imposible no fijarse en ella. Martina tiene una belleza que es una amalgama de colores. La piel, brillante y tersa, bien maquillada, es de color canela. Tiene un cuerpo escultural, de gimnasio. La melena de rastas, coloreadas de blanco, la lleva atada con un pasador de perlas. Está viendo una serie en la Tablet. La azafata le dice que tiene que apagarla, que vamos a aterrizar.

Es enfermera, la envidia de sus compañeras en el servicio de oncología del Hospital Mount Sinaí de Miami. Dos afroamericanas peleadas con la báscula. Ella vive en South Miami Beach, muy cerca de la playa. Cada maña sale a correr. Y es una apasionada de la música. Sintió el cierre del club Nostalgia. Allí, de madrugada, cuando ya solo quedaban los más locos por el baile, conoció a su amor. Era el trompetista de una banda que había venido desde Nueva Orleans al club para fusionarse con un grupo de salsa nicaragüense. Muy flacucho, a Martina le pareció medio loco, no paraba de hablar y hablar. Él es de El Salvador, salió de allá muy joven, con su madre que lo llevaba en la tripa, pero tuvo los arrestos suficientes para subirse ella sola a “la Bestia”, el tren de los desahuciados.

La estará esperando a la salida, en el aeropuerto. Quiere ir a enseñarle un apartamento, precioso, en North Miami Beach, muy cerquita de la playa también, al que quieren irse a vivir juntos. Le pilla un poco más lejos del trabajo, pero no le importa. Y a su novio tampoco le importa mucho, su vida es ir de un lado a otro.

Martina no podría separarse del mar. Sus padres viven en un apartamento precioso, un condominio como los llaman en Miami. Séptimo piso, justo frente al mar, en Westmoorings by the Sea, una zona de gente bien en la isla de Trinidad. Su padre es médico y tiene buen sueldo. Por eso la mandó a estudiar a Miami. En cuanto tiene unos días libres, se escapa para visitarles.

Está nerviosa. Mira a un lado y a otro del avión. Sus compañeros de fila también parecen nerviosos. Seguro que su novio no tendrá problema para estar esperándola. Ha oído que Trump pretende expulsar a los sin papeles. Martina también le ha votado. No se creía la palabrería de Kamala, tan superior y remilgada. ¡Mira que le ha dicho veces que tenía que conseguir la nacionalidad, la tarjeta de residencia! Su madre nunca se nacionalizó. Y, aunque nació en los Estados Unidos, es como si no tuviera patria. Bueno, sí. En la Embajada de El Salvador le dieron el pasaporte salvadoreño. Puro papel inservible. “Seguro que estará”, se dice “¡Habladurías de la gente!”.  “Trump no puede estar tan loco, ¿qué harán sin los mejores músicos de Nueva Orleans?”. Se lo repite como un mantra mientras el avión se posa sobre la pista.

14 Eco

Jack tiene las piernas tan largas que, sin remedio, no le queda otra que pagarle un extra a Caribbean Ailines para sentarse en una salida de emergencia. En el centro, no había otra plaza disponible. Viaja de vuelta a Miami después de unos días en su casa, en Diego Martin. Ha ido a visitar a su madre. Le tiene muy preocupado. Lleva un par de años con dolores de cadera y de piernas, pero es tan testaruda que no quiere gastar nada en médicos. “Ya se me pasará”, le dice siempre. Jack sabe que lo hace para que a él no le falte nada. Le envió a estudiar en la Universidad Internacional de Florida. Estudia ingeniería informática, pero con sus piernas largas, enseguida le buscaron un sitio en el equipo de baloncesto. No se le da mal. El padre de Jack era ruso y también jugaba al baloncesto. Se escapó de Rusia rumbo a Nueva York. Todo el mundo quería marcharse a la Gran Manzana mientras el borracho de Borís Yeltsin pretendía convencerles de que estarían mejor que antes de la caída del muro. Allí conoció a su madre, una espigada emigrante de Trinidad y Tobago, alta, muy alta. En su familia se contaba que procedían de Sudan, una tierra remota, plagada de pirámides y desierto. Cuando murió su padre, la madre de Jack no pudo soportar la pena en una ciudad tan solitaria como Nueva York. Se volvió a Trinidad con Jack y unos pocos ahorros.

Se mueve inquieto, incómodo en su asiento. El martes próximo será el draft para ver si le eligen para un equipo de la NBA ¡Tiene que conseguirlo! Para llevar a su madre al mejor hospital de los Estados Unidos. Al Mount Sinaí. Le han dicho que allí están los mejores oncólogos.

En el aeropuerto estará esperándole Mei. Es una compañera de clase, china. Y, aparte de ser mucho más inteligente que él, es su entrenadora personal. Sin ella ya habría tirado la toalla. Jack no puede creerse que uno de esos grandes clubs de baloncesto contrate a un trinitense. Irán directos a las canchas de la universidad ¡Tiene que entrenar!

Nota del autor

Todos los personajes son inventados. Los relatos son imaginaciones del autor durante el vuelo BW434 de Caribbean Airlines desde Piarco, en la isla de Trinidad, a Miami. Es el primer vuelo después del juramento de Trump como presidente de los Estados Unidos.

Los perfiles físicos se corresponden con los de varios pasajeros. Sus vidas las he construido a partir de la experiencia y los casos de otras personas reales que he conocido durante estos años.

Mientras el mundo sigue dando vueltas, los habitantes del planeta se seguirán mezclando, fusionando. En la historia ha habido personajes que han pretendido la pureza de las razas y la inviolabilidad de las fronteras. Los personajes de estos relatos son una prueba, perfectamente verosímil, de lo complicado que lo tendrán los nuevos puristas.

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