Tomás Aranda

Gustan describirme como hombre de frente despejada, que algunos dicen es sinónimo de cabeza bien amueblada, escasa de pelo. Reconozco que nunca disfruté de una cabellera que mereciera tan pomposo nombre. Las cejas, menudas, como si no quisieran molestar con su presencia, partidas en dos por un profundo surco, un vigía que se apega al ojo izquierdo, el que llaman vago, castigado por una miopía hereditaria que arrastra a su hermano derecho a un trabajo excesivo. Los ojos, apreciados hasta el punto de ser el único bien corpóreo que, con presunción, estaría dispuesto a cruzar con otras almas, sobre todo si son femeninas. Entreverados, más de verde que de castaño, apreciablemente achinados pues, según cuenta la rumorología familiar, algún chino de los que fueron llevados como esclavos al ferrocarril, en mi querida Extremadura, allá por los albores del siglo XX, debió mancillar con determinación a alguna Aranda, o tal vez Arévalo. Hoy ya nadie sabe cuál fue la veta responsable de que las fotos de familia, de los Aranda y los Pérez por igual, estén regadas de una semilla oriental, inexplicable, plenas de veladas sospechas de unos orígenes tan humildes que hasta un esclavo chino fue capaz de cruzarse en nuestras raíces.
Labios finos, casi inexistentes, apretados hasta hacerlos desaparecer, acostumbrados más a los silencios que al vocerío, tímidos para el beso y para el deseo. Bigotito ralo, jaspeado con briznas blanquecinas, expresión de la edad de un cuerpo ya maduro que se acerca, decidido, a ser pasa, las arrugas como prueba, gargantas profundas en un páramo de piel seca. Nariz, normal, ni bola de billar ni ariete, de amplias alas, ávidas para atrapar todo el aire posible. Perilla de tardío aprendiz de intelectual que tapa una mandíbula más, de las que nadie recordaría.
De lo que no se ve, confieso que paticorto soy. Ahora bien, de más de un apuro lograron salvarme y miles de kilómetros se han atrevido correr, tal es la fortaleza que mis piernas tienen. Lo compenso con un cuerpo largo, aparente cuando estoy sentado, algo encorvado, no tanto por la edad que por la estructura de la columna que mis padres tuvieron a bien regalarme.
Y en lo tocante a lo oculto, una capacidad pulmonar remarcable, muy poco común, que me hace vivir sereno, sin la angustia de quienes sienten, a veces, que les falta el aire.
