Saltar al contenido Saltar al pie de página

La vida para Noah era una sucesión de días placenteros. Se levantaba temprano cada mañana para trotar por el paseo marítimo, una vía para corredores y ciclistas que discurre en paralelo con la línea de edificios desde la que sus habitantes disfrutan a diario el arrebatador paisaje del Mediterráneo abrazando la costa en Tel Aviv. A la vuelta, tras ducharse, le gustaba observar su cuerpo. Los dos años en el ejército, haciendo el servicio militar obligatorio, le habían regalado un perfil escultural y una vocación que se transformó en su trabajo diario.

Noah es ingeniera de ciberseguridad. Le apasionan los algoritmos complejos que emplean para descubrir las tretas de los enemigos de Israel. Su centro de trabajo era un secreto. Ni su familia ni su pareja sabían exactamente dónde se encuentra, aunque ella les había dicho que es un edificio invertido. No tiene plantas por encima de la superficie, es un edificio construido hacia abajo. Trabajaba en la planta menos nueve, la más selecta, la de los proyectos más secretos.

Procede de una familia que podría decirse modélica, perfecta. Su padre nació en Polonia, es ingeniero civil y viaja mucho. Está casi siempre por algún país, dando conferencias y trabajando con bancos multilaterales. Su madre, de padres ucranianos, es una poetisa de cierto éxito en Israel. Cuando no se encierra en el estudio, dedica sus días a presentaciones de sus libros y charlas con otros escritores. Noah pasó la mayor parte de su vida con una cuidadora palestina que sigue trabajando todavía para sus padres.

Como buenos judíos, los padres de Noah estaban orgullosos de su única hija ¿Qué mejor destino podrían desear para ella? Después de hacer el servicio militar, la seleccionaron en una universidad que colabora con el ejército. Cuando terminó sus estudios, Noa se marchó a un apartamento con su prometido, un ingeniero informático que trabaja en el mismo servicio de inteligencia en el que trabaja Noah, aunque en otro edificio. Un chico ideal para casarse con su hija. Bien parecido, agradable, inteligente y también seleccionado por el ejército.

La comunicación se la entregaron en mano. No le sorprendió. Noah era de los reservistas más jóvenes que tiene Israel, donde hombres y mujeres están obligados al servicio militar para integrarse en el grupo de reservistas hasta que cumplan 50 años. Por su trabajo en el servicio de inteligencia, había consolidado el cargo de sargento. “La guerra contra Hamás precisa de todos”, le dijo a su pareja, al que todavía no habían llamado. “Todo saldrá bien, la guerra no durará mucho”, le repetía para tranquilizarle.

La destinaron a una brigada en la retaguardia. Su misión era detectar dispositivos móviles y sistemas de comunicaciones en edificios que ya habían sido bombardeados previamente con misiles y acordonados por la infantería. En uno de los edificios encontraron un túnel que discurría por debajo de la Franja de Gaza hasta más allá de la carretera 34, una de las principales vías de comunicación que conecta de norte a sur las principales ciudades israelíes. Los terroristas de Hamás habían huido dejando atrás una buena colección de armas y explosivos. También encontraron bolsas con dinero, dólares. Quizás tenían tanto que no les importó dejar atrás un buen botín.

Después de varias semanas rebuscando señales de los terroristas entre escombros y ruinas de edificios, una mañana le dijeron que tendrían que desplegarse alrededor de una escuela. El nombre, Fahmi al Jarjawi, no le decía nada. Solo supo que estaba al sur, cerca de la frontera con Egipto. Cuando llegaron ya la habían bombardeado. Una multitud de padres y madres rebuscaban entre gritos y llantos a sus hijos. Un padre sacó a su hija, un amasijo de carne y sangre, de entre los escombros. Con ella en brazos, se dirigió con rabia hacia la primera fila de militares que acordonaban los restos de la escuela. Le dispararon en las piernas. Cuando Noah pasó a su lado, el pobre hombre seguía llorando en el suelo, alzando sus brazos al cielo mientras arropaba los restos de su hija.

El revuelo y la agresividad de los padres parecían incontrolables. Las unidades más cercanas a ellos comenzaron a disparar al aire y, en ocasiones, también a la multitud. Pero ni así conseguían detenerles. Tuvo que aparecer una unidad de carros de combate y, tras ellos, un grupo de intervención especializado en lucha contra el terrorismo para limpiar la zona del dolor y el llanto interminables. Hombres y mujeres armados con la tecnología más mortífera que se pueda imaginar, protegidos con chalecos antibalas y cascos antiexplosivos con mira telescópica guiada por láser. Un ejército del futuro frente a una turba de hombres y mujeres derrotados, humillados y destruidos por la evidencia de que sus hijos estaban enterrados en aquella escuela, armados solo con su dolor y sus gritos.

Cuando al fin consiguieron aplacarles y expulsarles de los restos de la escuela, en el ambiente solo quedó una espesa niebla de polvo con olor a carne quemada y un denso silencio. Él apareció como por encanto, desorientado y sucio, con sangre por la cabeza y la cara. Avanzaba como un sonámbulo en dirección a la unidad de Noah. Sus compañeros prepararon sus armas de inmediato. Noah dijo que las bajasen. Se acercó al niño, con pasos lentos y calculados. Sabía de casos de niños y mujeres que llevaban explosivos en su cuerpo. Noah se dijo que ese niño no podía ser peligroso. Sería imposible adosarle nada a ese cuerpo mínimo de brazos y piernas como alfileres. Mal vestía unos pantalones demasiado grandes para su diminuto cuerpo y una camiseta de algún equipo de fútbol, irreconocible por la suciedad y las manchas de sangre.

—¿Cómo te llamas? No temas, tranquilo, no te haremos nada —le dijo Noah para atraérselo.

—Yadd, Yadd, ¿dónde está mi abuelo? ¿Dónde está mi abuelo? —repetía entre sollozos.

Cuando se le acercó Noah, quiso huir. Pero su cuerpo no podía ni mantenerse en pie. Cayó rendido en los brazos de Noah como las hojas en otoño. Le cogió de la mano, le lavó la cara como pudo con el agua de la cantimplora reglamentaria y se arrodilló junto a él.

—No te haremos nada, ven conmigo, tranquilo, ¿cómo te llamas? Dime…

—Khalil, Khalil…

Noah dio orden a su brigada para que se desplegasen por las ruinas de la escuela. En los bajos encontraron un túnel y un almacén repleto de una buena colección de misiles. Los construyen a partir de los explosivos que el ejército israelí lanza, pero que no llegaron a detonar. Miles de toneladas convertidas en misiles antitanque, granadas termobáricas y toda clase de dispositivos.

No quiso saber nada del informe, ni de las armas incautadas, ni de los sistemas de comunicaciones encontrados que les permitirán lanzar un ataque preciso contra los líderes de Hamás que huyeron antes del bombardeo de la escuela. Sin que la vieran sus compañeros, les dio la espalda, dejando que fueran ellos los que buscasen hasta la última prueba de un nuevo escondite de Hamás. Llorando, con Khalil en brazos, se subió a uno de los vehículos para dirigirse a la base de operaciones. Pidió un permiso al mando al cargo de sus operaciones y se marcharon al apartamento de Tel Aviv. Se excusó diciéndoles que se encontraba mal, que tenía vómitos y mareos.

No volvió nunca más a las dependencias de su grupo. El ejército israelí la sancionó por desobediencia. Puede ir a la cárcel.

Noah y Khalil observaban cada tarde el atardecer desde su privilegiado mirador frente al Mediterráneo. Cuando estuvo en el ejército estudió árabe. Así supo que Khalil viene de una larga estirpe de comerciantes y que su madre también se llamaba Noah.

Noah comenzó a valorar la posibilidad de irse a Alemania. Recibió una magnífica oferta de una compañía que trabaja en asuntos de ciberseguridad. Su pareja se marchó. No aceptaba que Khalil formase parte de sus vidas.

Sus padres tampoco la llaman. No quieren saber de ella. Están avergonzados.

Una noche, con su vieja camioneta Ford Explorer, emprendieron viaje al sur, a la frontera de Egipto. Con su grado de sargento estaba segura de que podría convencer a los militares del puesto fronterizo para que los dejaran pasar.

Ahora viven en Colonia. Solo echan de menos los atardeceres dorados del Mediterráneo.

Lo que más le gusta a Khalil es quedarse parado, en medio de cualquier calle, en un día de lluvia y mojarse los pies en los charcos.

Deja un comentario

0.0/5