Sentado junto al ventanal de su despacho, mira hacia el horizonte como lo haría un ciego. Los plataneros pintan un lienzo verde intenso, animados por la primavera que ya tiende a su fin, tapando los bloques de edificios y la calle. A lo lejos, como un murmullo, escucha a los jardineros de la urbanización cortando el césped. La casa está en silencio, no siente ni su propio latido. Rodeado de la misma calma de cada día, se dice que nada parece que tenga sentido.
Irá en busca de un nuevo coche. Sí, eso es lo que hará. Un todoterreno, uno de esos trastos con los que destrozan los caminos. Sabe que no lo necesita para nada, pues la nada es lo que le espera.
Se quita las gafas y se tapa los ojos como si estuviera conteniendo un llanto. No, no lo comprará. Cambia de opinión, todavía petrificado en su asiento, aunque se entretiene un buen rato pensando lo que haría con él. Subiría por montañas en busca de un paisaje único cuando ya sabe que no quedan paisajes únicos. Tomaría fotos con esa cámara cara que se compró como su último capricho. Fotos con las que, después, no hará nada. Tal vez se perderá, sin rumbo, por caminos, esas pistas de tierra de las que siempre se pregunta a dónde llevarán. Hablaría con viejos de algún lugar perdido entre las montañas. O tal vez se embarcará en Algeciras para perderse por África, de norte a sur. Su sueño eterno. Se imagina buscando caminos inexistentes en medio de un desierto, camuflado con ropas como las que visten los pocos que sortean la vida en esas tierras remotas y tan bellas. De pronto, siente la nostalgia por la belleza que vería y que ya no verá. Belleza efímera. Una más de sus fantasías que desaparecerán con el tiempo sin que nadie se moleste en recordarlas. Sin que a nadie le interesen.

Vuelve a ponerse las gafas, sentado con la mirada concentrada en el pequeño cuadro de Chillida que adorna su despacho, un cubículo creado durante la pandemia en lo que antes era una terraza; se recrea con la idea de explicar sus aventuras tras el retorno implacable, necesario e indeseado. ¡Un nuevo reto, una aventura asombrosa! Saliva mientras repasa sus labios con la lengua, pensando en la admiración de quienes todavía le adulan las rarezas y la determinación con la que afronta cada nuevo despropósito. Le pedirán que cuente, que diga, que transmita lo que sus ojos vieron. Lo que sintió su piel. Lo que le hizo llorar al amanecer y rendirse, desorientado, cuando el sol se ocultó tiñendo de rojo el desierto.
Abandona definitivamente la idea. En un momento de lucidez, reconoce su inutilidad. «Ungasto innecesario», le dirán. Como si supieran lo que es necesario cuando no se tiene ningún destino por delante.
Se levanta, rodea los pocos muebles del salón, se dirige hacia la cocina y luego vuelve sobre sus pasos para sentarse otra vez en su despacho. Hoy hará algo diferente, algo que aclare el telón aciago que tiene ante sí. No quiere dejarse arrastrar por un día más, otro día cualquiera que se agota cuando casi no ha comenzado. Quizás salga al parque, a ese parque que se conoce de sobra. Lo recorrerá con la ansiedad del que quiere estar ya de vuelta cuando todavía no se ha movido de su asiento en el salón convertido en oficina.

No, tampoco saldrá. Busca excusas con las que conformarse. Tal vez más tarde, se dice. Por la tarde, como hacía antes.
Eso es, todo como era antes, como ya no será nunca más…
Se dirige sin necesidad al cuarto de baño. Félix se observa en el espejo sin esperanza alguna. No quiere mirarse la tripa. Sabe que ha engordado. Se centra en su cara. Nota que cada mañana las arrugas se afianzan con mayor determinación en su rostro alargado. Las manchas amarillas que rodean sus ojos, convirtiéndolos en dos huecos de calavera, se agigantan. Antes, quizás ayer mismo, el borde de las gafas conseguía disimularlas. Ya no queda el menor rastro de la grasienta lozanía de antaño. Hace un gesto con la cabeza para estirarse, subiendo el mentón hacia arriba, como si estuviera colgado por un gancho que le atravesase la boca igual que a un gran pez. Las arrugas del cuello se alisan, por un instante, como un desierto azotado por el viento. Baja la cabeza, agotado por el esfuerzo, y allí brotan de nuevo, recordándole en lo que se va convirtiendo sin remedio. Mira sus manos; la artrosis de la mano izquierda parece contenida, el bulto junto a su dedo pulgar quizás sea solo un simple accidente óseo. No recuerda haberse dado un golpe ahí. Luego hace un recorrido familiar por el resto de su cuerpo, casi sin querer mirarse. Se dirige al armario, repleto de ropa apelotonada. Elige una de sus viejas camisetas, de las de andar por casa. Las únicas que se pone.
Camina desorientado; de la cocina va al salón, luego vuelve a la habitación. Vuelve a repetirse que hoy hará algo distinto, un gesto que pare lo inevitable. Tal vez una llamada de las que ya no hace y debería. Quizás a ese tipo que se ha ido a los Emiratos y que le amenaza con invitarle a que dé unas charlas. Ahora, justo ahora, cuando ni la voz le respeta en su lánguido deambular hacia la nada.

Vuelve a sentarse en la silla del escritorio. De pronto, le importunan los mismos sonidos de cada mañana. Maldice a los jardineros y a los que suben y bajan por las escaleras, acelerados. No soporta que todo el mundo tenga algo por lo que moverse con tanta prisa. Se levanta para cerciorarse de que la comida que ya ha puesto en el fuego no se le queme. Apenas son las nueve de la mañana. Ya casi lo tiene todo hecho. Se pregunta qué le espera luego. Duda. Duda incluso más que ayer. Y se teme que seguirá así mañana. O peor.
Se ha vuelto descuidado, lo sabe. No se afeita como antes hacía cada día. Con esmero, con pulcritud. Siempre fue un hombre pulcro. Muy aseado. La buena apariencia le hacía más presentable de lo que merecía su pequeño cuerpo. Antes vestía con una elegancia que le regalaba el porte perfecto: trajes inmaculados, recién planchados, la corbata a juego, la camisa de aspecto almidonado pegada a su cuerpo sin la ostentación obscena de los que las preferían muy ajustadas, los zapatos italianos bien lustrados. Y ese olor a persona bien aseada y limpia que le hacía ser alguien confiable y cercano.
Eso era cuando se fijaban en él. Ahora ya nadie se fija.
Al fin, se cambia de nuevo de camiseta y sale a la calle. Sale del portal con una urgencia innecesaria, con la determinación de antes, cuando las prisas por llegar al trabajo le llevaban alocadamente camino del metro. Al llegar a la avenida principal, pasea desapercibido por entre otros caminantes absortos en sus cosas: mujeres bien acicaladas camino del trabajo, ancianos que como él vencieron por un breve instante la desidia y se arrojaron también a la calle; repartidores despistados en busca del lugar en el que entregarán algún paquete; paseantes de perros con miradas de sueño atrasado; un racimo de jóvenes incapaces de levantar la mirada, cegados por el móvil, de andares cansinos sin que les preocupe llegar tarde al colegio; algunos vecinos, de los que saludan y de los que se esconden para no cruzarse la mirada; viejos prematuros conocidos de tanto verles, perdidos, vencidos ya, con el aliento entrecortado y la mirada extraviada.
Se para un instante en medio de la acera, como si no reconociera la calle mil veces pateada. Se fija en el quiosco de flores; su único trabajador ya se afana colocando ramos y macetas. En los bancos de la acera se han sentado varios ancianos acompañados por cuidadoras dominicanas, o colombianas. Al fondo ve a una señora que arrastra un carro de la compra. No comprende por qué anda tan apresurada. Se gira en dirección al metro. Luego vuelve a preocuparse por la señora del carrito. Hay mucho tráfico y ella parecía decidida a saltarse el semáforo. Al fin, Félix se gira hacia su apartamento y emprende la vuelta con la mirada clavada como un arado en el suelo.
Mientras sube andando, se consuela pensando que todavía no resulta molesto, insano, maloliente. Atisba el día en que alguien vuelva la vista hacia él para interesarse por su aspecto, que le miren desde lejos para apartarse. Está muy cerca, sabe que ese día está muy cerca, agazapado detrás de esa capa negra que hoy ella ha desplegado ante él al marcharse como quien cierra las persianas para que no entre la luz.

No la culpa.
Si acaso, le sorprendió el desdén y la facilidad, la rutina invariable, la determinación de su gesto, la intrascendencia de lo dicho.
Ella salió de la casa como cada día, con las mismas urgencias que el vecindario, bien vestida, perfumada y maquillada como lo hacía cuando era joven. Volverá pronto; ya no tiene a dónde ir. Félix le dice que entierre de una vez la añoranza.
Se abre la puerta. Es ella; hoy apenas estuvo en la calle una hora. La escucha fatigada, resoplando después de subir caminando como hacían siempre, resistiéndose a subir en el ascensor.

—Hola, cariño, ¿sabes?, voy a ir a un concesionario de coches. Me compraré un todoterreno. La comida ya casi está, no hace falta que la vigiles, volveré…
—¡No digas más estupideces! ¡Tú ya no necesitas coche! ¡Si apenas puedes vestirte solo y no eres capaz de ver tres en un burro…!
Ni un beso, de los que antes se daban. Ni una mirada.
Félix se queda así, parado, en la entrada, con la respiración suspendida en otro tiempo.
Con qué poco se apaga el aliento de la vida.
