Mi mamá, Rita, ya no aguantó más. Cuando murió el abuelo Orlando, el único que nos cuidaba, decidió dejar Medellín atrás. Yo tenía apenas diez años y ni en el colegio, en el que un día trabajó el abuelo como celador, me querían. Estaba en las laderas de Manrique, un lugar lindo desde dónde se veía el Pan de Azúcar. Las viejas del salón me decían la atulampada. Que era boba e inmunda. Y, claro, mi mamá no tenía quién quisiera comprometerse conmigo. Metió lo poquito que teníamos en un coroto y nos las ingeniamos para llegar al aeropuerto. Me daba tanto miedo subirme al avión que estuve con los ojos cerrados desde que la chiva nos dejó en la carretera de entrada. Y hasta la palabra y el recuerdo negué durante meses.

Un día, mamá me puso en un pispis con las mejores ropas que nos trajimos de Medellín. No eran bien presentadas, claro. De puro pobres teníamos que vestir lo que nos dieran. Mi madre es bien curiosa: tiene buena mano para la costura. Gracias a ella mis únicos tres vestidos lucían lustrosos.
- Pórtate bien y estate callada, Clarita. Vamos a una entrevista para que me den trabajo en la casa de unos auténticos señores —me dijo sin yo preguntarla. Todavía estaba encorada con ella. Yo no quería irme de nuestro barrio en Medellín.
- Lo que usted mande, madre —contesté, pues yo siempre llamaré a mi mamá de usted, como ella hacía con el abuelo Orlando.
Nos llevaron en su carro unos primos lejanos que ya vivían en Madrid. Habían conseguido trabajo con una señora muy digna, rica y churca, y esta les dijo que conocía a unos señores muy famosos y poderosos —así dijeron— que necesitaban con urgencia una cuidadora para sus hijas. La casa, menos grande que lo que imaginaba yo para unos señores platudos, estaba lejos de la gran ciudad. Ya me imaginaba otra vez sola como un hongo en una casa desconocida. Ni colegio habría. Y menos para una boba como yo.
Me porté bien, como prometí, y mi mamá consiguió el trabajo. Nos mudamos a vivir en la casa del señor don Pedro y doña Begoña, que tenía un lado en el que nos amontonábamos los sirvientes. Estaba Lucrecia, la cocinera, que había llegado de Venezuela. Era muy alta y gurrula; los puros huesos se le veían bajo el uniforme blanco que obligaban a vestir. Yo me quedaba siempre sana cuando explicaba que a los señores les encantaba la comida criolla que les hacía. Para mí que era una piquita, siempre presumiendo de lo bien que se llevaba con los señores.
En la pieza al lado de la nuestra tenía el cambuche una mulata, Caridad, que rezumaba manteca por los pasillos de puro gorda que era la pobre. Caminaba ansiosa, bofada, pero mandaba en la casa más que la mismísima doña Begoña. Era la jefa de mi mamá en todo lo que no fuera cuidar de las niñas. Decían de ella que se la había mandado el mismísimo embajador de Cuba a don Pedro. Así me di cuenta, con mi bobera, de que el señor era todo un cacao, un pez gordo. Flaquito, alto y corajudo, le temían todos los que le visitaban. Para mi madre era de mala clase, pero no podía decirle nada, claro: teníamos techo y comida gracias a él.
La primera mañana, bien temprano, me llevaron a una pieza enorme, llena de muñecas que me recordaban a los muñecos de año viejo. El suelo era blando, como de noqueaderos. Y yo, que andaba con sueño, me quedé rosca enseguida, acurrucada allí, recostada contra un jurgo de muñecas que olían a jazmín y rosas. Me despertó doña Caridad, de un casconazo. Traía a las dos hijitas de los señores y mi trabajo consistiría en compartir el tiempo con ellas, me dijo.
- Me han dicho que eres algo retrasada, niñita, no se te ocurra decirles pendejadas a las hijas de los señores —me dijo doña Caridad, con palabras que no me sonaban a cubanas. Más bien mexicanas.
Me quedé craneando. Aunque según decían yo era boba, podía reconocer el lugar de nacimiento de cualquier persona con solo escuchar su forma de hablar. Hasta a los gringos entendía. Mi mamá me decía que lo mío era brujería. Que no paraba de meterle cañazos cuando le traducía los diálogos de seriales en gringo. Ella me lo decía de corazón, consintiéndome un ratico. Pero doña Caridad no tenía ese caché. Me volvió a dar un casconazo al verme dudando.
- ¡Efectivamente!, ¡resultas boba! Te traigo a las dos señoritas de la casa y solo se te ocurre quedarte en el limbo —me dijo mientras se volvía acaramelada hacia las dos niñas que habían llegado con ella—. Esta es doña Anita, tiene tu misma edad según nos han dicho. —Aunque vaya usted a saber si no es una guayaba más —me dijo, presentándome a la mayor, que era muy alta para ser de mi edad—. Y aquí está el ojito derecho de los señores, Carlita. Para ti doña Carla. ¡Ni se te ocurra dirigirte a ellas sin decirles señorita! Ellas son señoritas, no como tú, que no nos queda otro remedio que sacarte algún provecho. Jugarás con ellas todas las mañanas de sábado y domingo en las que los señores no estén de viaje con ellas. Y por las tardes, después de que ellas tengan su merienda…
- —¿También yo tendré merienda, doña Ca…? —me cortó con un nuevo bofetón, por haberme atrevido a interrumpirla.
- ¿Merienda tú? Definitivamente, eres boba. Tú eres parte del servicio, aunque tengas doce años. Comerás lo que te toque y cuando te toque —me dijo amenazándome con sus manazas grasientas.
Así fue como conocí a mis únicas amigas en Madrid. Lo que pasó desde esa mañana es el cuento que les voy a referir.

Bien pronto, Ana y Carla se dieron cuenta de que conmigo podían escaparse de la disciplina casi militar que se respiraba en la casa de don Pedro y doña Begoña. Me compartían chismes, amoríos y otras guarradas, pensando seguro que yo era tan boba que no correrían riesgo de que fuera con el cuento a doña Caridad o a mi mamá. Yo reforzaba mi cara de corta de entendederas —así llamaban ellas a los bobos— exagerando mi impresión por lo grande que era la casa.
- Te vas a caer de culo cuando veas el palacio al que nos vamos a ir pronto. Mi padre va a ser el que más mande en España —me decía Carla, que, aunque era más pequeña que Ana, destacaba por ser la más berraca de las dos.
Acabábamos de empezar junio cuando, de pronto, apareció muy temprano en las habitaciones del servicio doña Caridad, berreando órdenes para todos.
- ¡Empaquen todo, aprisa, nos mudamos esta misma tarde! ¡Los señores se cambian de casa! —decía al entrar en cada pieza, golpeando las puertas.
Nos subieron a todos en varios carros. ¡Aquello eran verdaderos carrazos! No como las carcachas en las que había montado alguna vez en Medellín. Mi mamá relucía; sus ojos no podían disimular las lágrimas. Al principio pensé que a nosotros no nos llevarían, dizque lloraba por eso. Cuando llegamos al gran Palacio, comprendí que lloraba de alegría. Aquello era un sueño para ella. Para todos.
La mismísima tarde que llegamos, Carla vino corriendo a nuestras dependencias y, con cara de niña recién transformada en una señorita de verdad, me dijo:
– Te lo dije, bobita, mi padre es ahora el dueño de España. Y para celebrarlo, mi madre y él se van en avión privado a ver a The Killers
-¿Tu padre es un mohán? ¿Por qué se va justo hoy a ver a unos asesinos? ¿Es que don Pedro tiene que dar a alguien de baja? —le dije, sabiendo que no me entendía en absoluto.
-¿Pero qué clase de niña estúpida eres? The Killers es un grupo de rock. Y a mis padres les encanta el rock. ¿Qué diablos es eso de dar de baja? ¡Deja de hablarme en ese lenguaje salvaje! —me dijo mientras se giraba para marcharse.
-¡No es una lengua salvaje! Es parlache, la lengua que hablamos en Medellín. Y en mi tierra, solo los mohanes mandan a botar a la gente; son los únicos que cambian el curso de los ríos. Los que mandan de veras.
-Votar es con uve, tontita. Y mi padre no va a mandar a votar a nadie. De aquí no le van a sacar con urnas, niñita maleducada.
Pero con el transcurrir de los meses, empecé a pensar que don Pedro, en verdad, tenía pensado pasarse la vida en la enorme choza a la que fui a parar con una muchedumbre de gente que trabajaba para él. Se le veía poco por el palacio. Dizque viajaba mucho. Yo, en cuanto podía, me pegaba a la espalda de Ana, que era con la que mejor me entendía. Cuando conseguía traspasar las puertas de los cuartos en los que don Pedro reunía a sus compinches, me dedicaba a esculcar. Los más cercanos chupaban media, pero en cuanto se daban la vuelta comenzaban las habladurías. Uno muy regordete, que parecía que mandaba mucho, le llamaba mentiroso a sus espaldas. Eso era lo último que podía imaginarme de don Pedro. ¡Un carretudo! A uno al que echó del despacho para no verle más —decían que era de visitar mucho los revolvedores— se le pudo oír bien clarito llamarle fantasma: un picao cualquiera de Medellín presumía menos que don Pedro, es verdad, pero el hombre no se merecía esa cuerda de malagradecidos hijoeputas.
De tanto esculcar, llegué a la conclusión de que en ese palacio había mucho limonero con garrote. Durante los primeros años me apiadé de don Pedro. Hasta que un día comencé a maliciar. Mi mamá me contó que doña Begoña no paraba de decirle a don Pedro al oído “mi negrito”, refiriéndose a no se qué viajes a una isla de allá, en el Caribe. ¿Por qué habrían de viajar tanto a esa islita? Nunca los supe, pero Ana y Carlota, cuando los acompañaban, regresaban convertidas en perfectas gomelas. No había manera de hablarles después: me recordaban a las cachacas de la capital, Bogotá. Estiradas y ensortijadas.
Otro día escuché que alguien había descubierto un robo. Que don Pedro andaba rodeado de ladrones y doña Begoña estaba emberrecada. ¿Cómo iba a ser eso cierto si los camajanes, los ladrones, terminan en la cana? A un compadre del abuelo lo entusaron por llevarse apenas unos pesos sin permiso del colegio. Y doña Begoña hablaba de millones. Yo pensaba que todo aquello no era posible, que a doña Begoña se le había corrido la teja. Que estaría deschavetada. Seguro.
Hasta que un día yo tampoco pude más. Todo el palacio estaba revuelto. Esperaban la llegada de don Pedro para resolver un buen bochinche. Una quebrada se había vuelto como El Loco, en Medellín, que corre con todo lo que pilla por medio cuando llueve en las montañas. Era tal la inundación que se diría que, en las montañas de Valencia, el sitio de los hechos, más que un loco andaba suelto un guayabo. Bien mamado. Por las televisiones se veían ríos en las calles y una montonera de carros y personas muertas. Cuando llegó don Pedro, con cachaza, dijo que si necesitaban algo, que lo pidieran. Y no mandó a nadie para arreglar aquel bochinche.
Yo era boba, es cierto, pero aquello sonaba feo. Mi mamá, que ya estaba cansada de las órdenes de doña Caridad, pensó que era mejor trabajar en otro lugar de menos nombre. Cuando le pregunté la razón de marcharnos, me dijo que su padre, el abuelo Orlando, le había enseñado que había que respetar a las personas. Y que aquel palacio estaba lleno de caretudos y picaos de la peor calaña.
Así, una noche, en un colectivo, volvimos a juntar nuestras pertenencias para ir en busca de una casa legal. Mi madre siempre será una mujer echada pa’lante. Y yo, la bobita, seguiré su camino.

1 Comentario
Gloria
Estupendo y súper trabajado. Muy divertido