Con la jubilación brotan ideas locas. Para algunos tal vez sea sencillamente hacer unos estudios con los que siempre soñó. Para un viajero infatigable como era yo, por mor de la vida profesional, podría aparecerme una impensable vocación por la escritura; o desenterrar la vieja afición a la fotografía; incluso apuntarme a un grupo de tejedores empedernidos. Los hay que se juntan en un parque, silla playera en ristre, mientras tejen y tejen desde el amanecer hasta la hora de la comida. Otros descubren que lo suyo siempre fue la cocina. O la pintura. O darles una segunda vida a muebles abandonados.

Luego están los latosos. Los que pretenden recorrerse el mundo a lomos de cualquier cacharro que se mueva, incluyendo sus propias piernas. Dispuestos a sentarse junto a los lugareños, ganarse su confianza y hacerles un book de fotos para subirlas a cualquier red social. Quizás pretendiendo contarnos, como si de reporteros se tratara, los males que azotan las tierras por las que discurren, siempre con la mirada en un horizonte más lejano, en modo alguno pretendiendo quedarse para echarles una mano a los habitantes de esos asombrosos lugares. Aunque me duela, me despierto muchos días soñando con imitarles. Hasta he camelado a dos amigos para lanzarnos a la aventura de ir hasta China en algún trasto motorizado, para luego volver pasando por la carretera de los huesos, la autopista de Kolimá, construida por Stalin sobre los huesos de millones de represaliados.

Ya nos hemos acostumbrado a que Google y cualquier red social se nos presenten cada día con su abnegada y altruista misión de hacernos felices. Basta que escuchen cómo les cuento el plan asiático a mis amigos para que inunden mis redes con publicidad de vehículos 4×4, campers, camiones convertidos en caravana, bicicletas indestructibles y motos a prueba de cualquier desierto. Poco después se enteran de que mis planes utópicos viajan hasta el Asia Central. Incluso en algún descuido he debido de contarles que uno de mis anhelos es recorrerme la ruta transpacífica, que va desde Alaska hasta el estrecho de Magallanes. Es enternecedor cómo reaccionan. Cómo me alientan con las experiencias de decenas de viajeros, de todo pelaje, que ya han hecho cualquier viaje que se me hubiese ocurrido. Por increíble y lunático que fuese. La verdad es que ya he llegado a la conclusión de que, o mis amigos y yo salimos pronto, o nos encontraremos con un atasco camino a China más grande que el del puente del Día del Trabajo en España, el año nuevo chino o el Thanksgiving americano. Incluso tengo la impresión de que no habré sido nada en la vida si no soy capaz de cruzarme las montañas de Pamir en bicicleta o África corriendo.

El caso más asombroso de los que me ha regalado Instagram desde que me retiré de la vida profesional es el de un matrimonio alemán, Günther y Christine Holtorf, que allá por 1989, cuando el muro de Berlín ya empezaba a tambalearse, emprendieron un viaje que duró 26 años, recorriendo casi un millón de kilómetros, visitando 215 países y territorios. Lo más asombroso de la historia de Günther y su esposa es que en 1989 no existía Instagram. Sin embargo, su aventura ha sido inmortalizada, no por los likes de una legión de followers, sino por Mercedes Benz. Toda su kilométrica peripecia la hicieron a bordo de un modelo de 1988 al que sus dueños llamaron, cómo no, Otto. La fábrica alemana le ha reservado al fiel compañero de Günther y Christine un lugar de privilegio en su museo de Stuttgart, como ejemplo de la fiabilidad extrema de los motores y vehículos de la estrella.

Me pregunto cómo se financiarían. En 1989, Günther tenía 52 años. Quizás era un prejubilado de la pujante industria alemana occidental. Puede que tuviese una jubilación verdaderamente agraciada —en eso y en la edad no nos parecemos—, incluso que su esposa también tuviese ya un retiro dorado, haciendo del matrimonio una más de las miles y miles de parejas dispuestas a retirarse en Mallorca. Lo cierto es que no consta que nadie les financiase. Ni tan siquiera Mercedes Benz, aunque solo hubiese sido en agradecimiento a haberles ahorrado millones de marcos en pruebas de resistencia. Como no eran tiempos de postureo, ni de ir subiendo a cualquier sitio público sus fotos analógicas —más bien habrán destinado una buena suma de dinero a su revelado—, lo que es seguro es que no se beneficiarían de los millones de likes de sus seguidores, recibiendo a cambio una modesta recompensa de Instagram.

Tantas son las vivencias que me comparte la dichosa red social que me está creando unas dudas existenciales. No me veo como Rosa Lühmann, rubia austriaca que se aventuró a recorrerse 20 mil kilómetros desde su ciudad natal hasta Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, cabalgando sobre una frágil bicicleta, con apenas un par de mudas, una tienda de campaña ultralight y una colección de barritas energéticas. Rosa sí supo financiarse. Aparte de los cientos de miles de seguidores, que le garantizan que cualquier marca que haga aparecer en sus reels le mostrará una nada desdeñable generosidad, tuvo la idea de convocar en un teatro de Viena a miles de sus seguidores para enseñarles las fotos y vídeos más impactantes de su aventura. Lo que viene a ser una versión moderna de aquellas tardes con los amigos para mostrarles las diapositivas de nuestro último viaje. Lleno absoluto durante varios fines de semana.
Madeline Hryse, once millones de seguidores, lleva subida a una bicicleta, seguramente desde que fue capaz de mantenerse sobre ella, recorriendo todo el mundo. Tiene publicaciones de tantos países que incluso me ha hecho dudar de mi gesta, confundido, pensando que yo era de los pocos humanos que habían estado en casi todos los países del mundo. Hay una pareja de franceses, a bordo de una burda imitación de Otto, que no para de subir y bajar por el mapamundi, siempre sonrientes, siempre acompañados de algún lugareño, de preferencia niños. Qué decir de un aventurero que comenzó surcando las selvas y los desiertos africanos en una moto todoterreno, más bien modesta, y que en sus últimas publicaciones en YouTube ya luce el último modelo de moto BMW, de la más alta gama imaginable, con la que no se le resisten ninguno de los caminos y lodazales del continente. O de esa pareja, tan tierna, que recorre África acompañada de cinco perros desde hace varios años —no sé si son los mismos o los ha ido cambiando—, conviviendo con algunas de las miles y miles de tribus que componen la etnografía africana.


Un aspecto común en todos estos nuevos Marco Polo es la necesidad de acercarse a los nativos. Una foto con una niña paquistaní, de ojos violentamente verdes y piel canela, es garantía de miles, quizás millones de likes. Las cumbres del Himalaya serían menos asombrosas si no las expones como fondo de una foto con algún nepalí preparando un té; o una mujer llevando a sus espaldas, a cuatro mil o cinco mil metros de altitud, un fardo de leña más pesado que las piedras que levantaba Iñaki Perurena. Un paisaje desértico o una aldea de adobe, sin la foto con mujeres tapadas hasta las cejas, o sin las chilabas de los hombres flameando por el siroco, no mostrarían la envergadura de la hazaña del influencer de turno. Un paisaje desolado de la tundra rusa no transmitiría la frialdad y el riesgo extremo sin que la evidencia fuese acompañada por el abrazo con un ruso portando en sus manos una botella de vodka —que naturalmente habrá compartido con el viajero—.
No se trata solo de viajar. Es preciso demostrar lo único. Lo exclusivo. La existencia de hombres, mujeres y niños de la más amplia diversidad posible, como si en lugar de uno de estos viajes intrépidos se estuviese haciendo una visita a un zoo de la que sales enfadado si no te hiciste la foto con el oso panda al fondo.
En mis viajes profesionales por el ancho mundo he visto esas escenas. Siempre de lejos, de reojo. Viajeros y turistas que se acercan a cualquiera para arrebatarles un selfie. El local, en ocasiones, sonríe. Muchos, en cambio, al darse la vuelta el intrépido latoso, le miraban marcharse con desprecio, cansados de la fiebre por los likes, más aterrorizados con un smartphone que con un brote de ébola.
