Thomas lee los datos del día que flotan a su alrededor como las moscas de verano. Vive en un edificio con otros cincuenta mil como él que, raramente, tienen autorización de salida. Se gana el derecho a la vida haciendo pruebas moleculares para nuevos circuitos de la serie NDEV, con la que se fabrican las tripas de HAL 2121. Acaba de entrar en su zona de consciencia. Solo tiene dos horas. HAL 2121 lo decidió así. Antes, cada habitante de la Tierra tenía, al nacer, derecho a seis horas. Según el parte diario, a más tiempo de consciencia de los habitantes terráqueos, peores resultados en el objetivo de reducción de la población. 8.543.435.312 habitantes. Eso sin contar con los 210.025 de la Luna y la pequeña colonia de Marte. En la tierra hay 23.127 habitantes menos que ayer. Es uno de julio de 2101. Quedan solo 20 años para el gran aniversario. Doscientos años desde la existencia de la primera célula del nuevo orden mundial, el gran Partido Comunista Chino. Ese día, el secretario general anunciará que solo quedan 5.000 millones de habitantes en la Tierra. El reloj con la cuenta atrás es uno de los moscardones que pululan a todas horas por el apartamento cápsula de Thomas.
Se apura, hoy tiene prisa. Le toca relacionarse. Los habitantes del planeta madre están autorizados a hacerlo semanalmente. Hasta que cumplan 40 años. Después, la frecuencia baja a uno al mes hasta el día de la desconexión final, una fecha que solo HAL 2121 conoce y planifica. HAL 2121 organiza todos los encuentros, a escala global, de acuerdo con el perfil genético y el recuento de neuronas. A Thomas siempre le tocan orientales. No sabe bien la razón. Tampoco se lo pregunta. Hoy la elegida es esa chica japonesa. Su favorita. Paga una suscripción especial para que el encuentro se haga en presencia de su holograma y durante su período de consciencia. Para el resto de los encuentros, Thomas se conforma con hacerlo en las horas de conexión. Sakura, así se llama su pareja para el día de hoy, también consintió pagar ese extra. Se llevan bien. Piensan que disfrutan más de la ocasión. Los dos saben que la razón es neuronal. Un par de células empeñadas en entenderse. Hablan antes y después. Algo impensable con las demás.

Thomas lleva unos días en los que, a juicio de HAL 2121, pierde el tiempo, algo muy mal visto en la comunidad. En lugar de aprovechar sus momentos de consciencia para reformularse, o para jugar en el mercado de acciones en busca de más minutos de consciencia, los emplea brujuleando los archivos del pasado. En la comunidad global, le recuerda HAL 2121 cada mañana, los hay que han conseguido llegar a las 20 horas de consciencia. Esos privilegiados disfrutan del derecho a salir de su residencia. Incluso viajan sin razón alguna a las estaciones espaciales. Los más ricos en horas y minutos de conciencia, se permiten unos días de descanso en sus obligaciones alojados en la nueva estación que acaba de establecerse en la órbita de Júpiter.
HAL 2121 le despertó de la conexión neuronal a las 8.00 am, puntual como cada día. Ni un segundo antes, ni uno de retraso. Ha desayunado los componentes que tiene asignados en su dieta. Le llegan cada día en unas pequeñas cápsulas que suben por uno de los tubos que discurren frente a su mesa. Es de los pocos elementos para los que precisa de sus manos. Para cualquier otra tarea, le basta con dirigir alguna de las partes de su cerebro hacia el objetivo. Un objetivo virtual, en cualquier caso, pues su apartamento es más bien adusto en lo referente al mobiliario. La cama de levitación magnética que le acuna suavemente durante las horas de sueño, una silla que se adapta ergonómicamente a cada momento del día y del ánimo de Thomas, un par de paneles físicos para interactuar con el laboratorio para el que trabaja, un cuarto de baño que recuerda a los viejos baños de comienzos del siglo XXI, aunque todos los productos necesarios para su higiene se los proporciona el sistema. La ducha, un chorro de aire templado y estéril mezclado con partículas que recrean el flujo de agua perfumada con los olores elegidos por HAL 2121 para cada encuentro, le ha despejado al 100%. Su batería mental está plena, dispuesta al encuentro con Sakura. A las 8.30 am, HAL 2121 le informa que puede disfrutar de su tiempo libre hasta las siguientes actividades del día. Cuando termine el encuentro con Sakura, a las 10.00 am, volverá a conectarle con la red. Destinará dos horas a las ocupaciones marcadas por HAL 2121. Comerá. Descansará 30 minutos. Le refrescarán las normas de la comunidad —tres horas; cada día dedican más tiempo a alinear el pensamiento consciente—. A las 4.00 pm destinará otras dos horas a la formación en los procesos industriales en los que trabaja. Las noticias de las diferentes estaciones llegarán puntuales, 6.00 pm, mientras hace sus ejercicios de mantenimiento corporal. Dos horas dedicadas a los cotilleos de las 50 ciudades repartidas por la Luna y Marte. A las 8.00 pm cenará. Las píldoras azules le harán sentirse saciado antes de que HAL 2121 deje su nivel de energía en un 20%, perfecto para que pueda dormir sin sueños perturbadores.

El programa de Thomas para hoy es como el de cualquier otro día en los que tiene programado un encuentro. El único cambio es el tiempo extra con el holograma de Sakura. Diez minutos. El encuentro está programado para las 9.50am. A las 9.40 am aparecerá por la habitación Sakura; seguramente habrá elegido un kimono rosa, con flores blancas, de cerezo, como su nombre. La conexión neuronal cuando se lo quita es, piensa Thomas, más placentera. Lo hace todo más sencillo. En los demás encuentros hay algo que no consigue que fluya como con Sakura. Todo es mecánico. Intrascendente.
A Thomas lo incubaron en el distrito 415MAD. Pasó, como todos los humanos que no forman parte de esos grupos rebeldes que todavía habitan por algunas zonas del planeta, sus seis primeros años entrenado en reconocimiento inteligente. Una forma de decirlo. En la práctica, se trata de un despertar neuronal básico. Desde el día de su séptimo cumpleaños le cambiaron el perfil de entrenamiento para integrarlo en la red neuronal de la comunidad. Ocho años. Un período fundamental en la educación de todos los habitantes de la Tierra. Al terminar, con catorce años y sin un solo día de su vida fuera del edificio comunitario, le incluyeron en uno de los programas de formación científica. Una decisión tomada por HAL 2121 en función de la evolución neuronal de Thomas.

Para que la integración sea perfecta, en el momento del alumbramiento en las cápsulas incubadoras le insertaron un chip de comunicaciones y elementos sensoriales. Su cerebro lleva insertada una versión antigua del comunicador con HAL 2121. La V126. El injerto es visible, externo, algo que ya han corregido con los nuevos habitantes, incorporándole las funcionalidades en su entramado neuronal. Pese a ello, Thomas no tiene problemas; el chip se actualiza automáticamente cada día con las últimas versiones. De ese modo, no se pierde las novedades de la red ni las instrucciones del secretario general. Es un pequeño grano metálico arraigado en el punto exacto donde comienza el bulbo raquídeo, como una verruga. Su perfil no le ha permitido salir jamás del bloque. Pasó de las células incubadoras, situadas en los primeros veinte pisos del edificio, a los intermedios, los de la educación. Fueron sus únicos años con contactos reales. Luego le trasladaron de la planta 40 a un apartamento celdilla en la planta 61. Desde entonces no ha salido de allí, ni ha tocado verdaderamente a otro humano. Para conseguir un permiso especial de visita al exterior, necesitaría ganar un 20% más de yuanes, la moneda única de la comunidad global. Sus células cerebrales, contaminadas seguramente por los genes primitivos de su rama familiar, no se han desarrollado tanto como para dar ese salto en las habilidades industriales asignadas. Y, para colmo, HAL 2121 está algo molesto con su comportamiento. Lleva más de un año revisando el pasado. Lo hace en su tiempo de consciencia, cierto, pero a HAL 2121 no se le complace.

Le cuidan dos robots de nueva generación. Los cambian con frecuencia. Uno se dedica a mantener limpio y esterilizado el apartamento. El otro, es el entrenador personal de Thomas, un humanoide con aspecto de mujer, tan metódica que consigue que Thomas no se aparte ni un 5% de las ratios de masa corporal y músculo asignados a su perfil. Aunque la mayoría de los ejercicios los hace en unos aparatos virtuales, unas señales eléctricas que van directas a los diferentes grupos musculares, Thomas suda la gota gorda cada tarde. Tanto que tiene que darse otra ducha de esterilización antes de la cena.
Sus únicas comunicaciones con otros humanos y humanoides las hace durante el tiempo de consciencia. Le enseñaron que tendría que mantener un cierto vínculo familiar. Comunicarse con los descendientes del esperma y óvulos originales. Una información proporcionada por HAL 2121, naturalmente. De aquellos elementos nacería el primer descendiente bajo la tutela de la comunidad. Todo tuvo lugar en 2075, cuatro años más tarde de que los líderes del nuevo orden mundial acordasen que el nuevo secretario general sería, en adelante, un heredero del secretario general chino. Los demás líderes estaban ya muy debilitados, incapaces de garantizar el orden en la tierra y en los asentamientos planetarios. Ya se han completado dos ciclos de reproducción. Cada ocho años. Ocho espermatozoides y ocho óvulos reproducidos in vitro. Ocho era el número mágico de los chinos. Thomas es del primer ciclo; sus quince hermanos y hermanas están repartidos por todo el mundo. Dos de ellos destacan en una de las bases de Marte. Tiene arrojo para adentrarse en los valles volcánicos en busca de elementos raros. Algo que ni los robots son capaces de hacer. Pero, hablar con ellos le agota. Le consume la mayor parte de su preciado tiempo de desconexión. Eso tampoco le ayuda para que HAL 2121 mejore su opinión sobre él.

Más por agotamiento con las comunicaciones familiares que por rebeldía, un día Thomas decidió profundizar en los ficheros de sus antepasados. HAL 2121 se toma la molestia de mantenerlos al día y, además, mantiene activos ficheros anteriores al gran acuerdo sobre el orden mundial, allá por el 1 de julio de 2071. Los gobernantes de entonces tenían información sobre cada uno de los más de 15.000 millones de habitantes que había en la Tierra. No fue un problema descargarlos en la memoria de las nuevas ramas familiares. De ese modo, Thomas ha sido capaz de llegar hasta los primeros años del milenio pasado. Por entonces, existía otro Thomas. En realidad, Tomás. Su nombre no llevaba hache. Alguien que murió de muerte natural, sin programación. Según constaba en los ficheros, ese Tomás no era bien visto por los mandatarios chinos. Podría ser que incluso esa antipatía tuviese algo que ver en las extrañas circunstancias de su muerte. El Tomás primitivo murió por una sobredosis de una sustancia que, por entonces, solo fabricaban los chinos. En aquellos tiempos, los humanos comían sólidos y bebían líquidos. La sustancia causante de su muerte, según los ficheros, era una especie de sedante contra el dolor. Por aquellos terribles años, los humanos sufrían de dolores y enfermedades, no como en 2102, en el que todo el organismo funciona sin errores hasta el día de la desconexión final.
A HAL 2121 no le gusta que Thomas indague tanto en la historia de su tatarabuelo. Viene observando un extraño comportamiento durante sus horas de desconexión. Si la cosa sigue así, recomendará al Consejo Rector que le reduzcan su dosis de pensamiento libre. A Thomas no le importa demasiado. Hoy, antes del contacto, ha descubierto que en la familia de sus antepasados primigenios había ya orientales. Hay fotos inequívocas. Los ojos rasgados, el pelo negro y lacio, labios pequeños, casi hundidos, y muy poco bello. Thomas nunca ha tenido bello y, efectivamente, él también tiene los ojos rasgados. Además, ha descubierto algo asombroso. A su tatarabuelo le seguían los chinos por criticarles. Escribía (¡qué primitivo!) cosas que demostraban la maldad de los gobiernos chinos. Y del… ¡No! ¡No puede ser! ¡Hablaba mal del secretario general…!
Se acerca la hora del encuentro. 9.40…9.41… Extrañado, Thomas pregunta a HAL 2121 por el holograma de Sakura. Su respuesta no le sorprende. Sakura no acudirá al encuentro, le dice. Se ha convertido en rebelde… En su lugar, HAL 2121 le propone otra japonesa que no ha pagado la cuota para desplegar los hologramas. Se llama Akane, energía intensa. Por el inconveniente, HAL 2121 es tan amable de permitirle que su primer encuentro dure diez minutos más. Cortesía de la comunidad. Thomas, todavía consciente, no acepta. Se queda mudo unos segundos, sentado en la cama. Se levanta, coge la silla y golpea con toda su fuerza el codificador de la entrada. Sale al pasillo vacío. Se arranca el comunicador con HAL 2121. Ha decidido que se unirá a Sakura. Esté donde esté. Corre hasta el fondo del larguísimo corredor dejando un rastro de sangre, un hilillo apenas perceptible en el suelo. Nunca ha recorrido el pasillo que, espera, le llevará a alguna salida. Al final hay una puerta de cristal. Un elevador también de cristal. Se lanza hacia ella y, desesperado, ve cómo se cierra.
Sin pensarlo, reúne todo el impulso del que es capaz con sus músculos dimensionados para la vida semisedentaria que lleva. Se lanza contra la puerta. Al romperla descubre, demasiado tarde, que detrás no hay nada. El elevador era una ilusión. Alguno de los trucos de HAL 2121, pensó, mientras caía desde el piso 61. Sonreía. Un fugaz calor rodea su cuerpo. Antes de que un repentino plasma negro anegase sus ojos, le dio tiempo a pensar si la rebeldía de Sakura terminaría como la suya.

2 Comentarios
Silvia
Fascinante! Como un capitulo de Black Mirror! Tendrías que remitirlo a los guionistas de la serie, recomendable para todos los públicos.
Nieves
Como dirían los británicos, mind blowing 🤩. Quizá no estemos tan lejos de un mundo así, que angustia … Mejor disfruta cada momento del mundo que tenemos ahora 😊