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#104: Doña Julia y las matemáticas

Isabela, Isabelita…—grita desde el fondo de la casa doña Julia que lleva varias horas despierta. Le molesta el pañal, ya repleto de toda la noche.

Isabelita… —insiste poco después.

Ya voy, señora —le contesta Isabela, contrariada por no haberla escucha do antes.

Isabela, de tantos años al lado de doña Julia, calcula las horas del reloj por la angustia de sus llamadas. Hoy se despertó muy pronto. “Habrá tenido un mal sueño”, se dice mientras se enfunda la bata sin apuros, con la calma de lo cotidiano, con la sabiduría de quién conoce a la señora mejor que cualquiera de sus seis nietos. Los sueños de doña Julia son como una buena novela. Ella ya la ha leído, pero cada noche se recrea con los primeros capítulos de su vida.

Doña Julia ya flirtea con el siglo de vida. Nació en las Navidades de 1926 en pleno Chamberí, en la calle Fernández de los Ríos, cuando todavía no era tan señorial como ahora. Madrileña de manto y claveles en el pelo, siempre fue una señora, incluso cuando, de adolescente, asistió en la casa paterna, un piso muy amplio, de 8 habitaciones, a la llegada de un grupo de milicianos en los primeros días de agosto de 1936. La guerra acababa de hacer saltar por los aires los buenos modales y el respeto. Las rencillas y sospechas se liquidaban con un paseo hasta la Casa de Campo o cualquier muro cercano. Durante toda su vida se lamentó de la ocurrencia de su padre, médico de éxito en la capital, por comprarse una finca de caza en Badajoz. Se la compró a un marqués, seguramente cuando ya todos los señalados en el campo español sospechaban que era mejor quitarse de en medio. De allí, de aquel encinar lleno de flores en la primavera del 36, debieron de llegarle noticias de los nuevos señores a los que andaban en busca de una revolución por toda España. Y, claro, en cuanto empezaron las venganzas, la casa de doña Julia quedó señalada con una X en la fachada, signo inequívoco de que allí vivía un fascista que habrían de eliminar lo antes posible.  

Se llevaron a su padre y a uno de sus tíos, al que habían mal escondido entre las alacenas de la cocina. Al pobre, que andaba con muletas, lo encontraron enseguida. Era el más señalado, declarado votante de las derechas y apasionado de los discursos de Calvo Sotelo. Los milicianos vieron en el intento de engaño un agravante que los llevó a tirar al tío de Julita por uno de los balcones. Los cuatro pisos de altura fueron suficientes para que su cuerpo, desgarbado y retorcido en medio de un baño de sangre, presidiera la entrada del número 8 de la calle hasta que las brigadas que retiraban los cuerpos ajusticiados lo retiraron durante la noche, camino de alguna fosa colectiva.

Con el busca y rebusca del tío, encontraron también las escopetas de caza. La prueba de la maldad. Se llevaron a todos los varones: a su padre y a los dos hermanos mayores de Julia, de 18 y 20 años. Por la ventana, Julia, su madre y sus dos hermanas, vieron cómo les metían en un camión de caja abierta en la que ya se esperaban lo peor otros cuatro desgraciados. Julia, desprevenida y confiada, fue la que les abrió la puerta. Pese a sus diez años todavía sin cumplir, ya sabía a lo que venían y no paró de seguirles con una mirada de firmeza y poderío, impropia de una niña de diez años. Los vio entrar en su casa, con la violencia de los revolucionarios inexpertos: fusiles en mano, las voces amenazantes, mal vestidos y peor aliñados. Uno de ellos no paraba de fumar, nervioso, quizás lamentándose de haberse unido a la jauría o, tal vez, disimulando para que no le considerasen también un fascista peligroso. El jefe del cotarro, vestido con mono azul de fábrica y alpargatas, fue el que cogió al tío de Julia como un fardo para tirarlo por la ventana. Después, sin contemplaciones, empujó a su padre y sus hermanos, con la punta de un fusil, hacia la puerta en la que Julia seguía mirándolo todo. Al salir, atrapado por los ojos de Julia, se quedó paralizado durante unos interminables segundos por la frialdad de aquellos ojos infantiles.

La madre de la joven Julia no pudo recuperarse nunca. Terminada la guerra, se refugió en la casa, recuperada, pero desvencijada y sin un solo mueble sano, y ya no saldría de ella hasta que la llevaron a su entierro en el cementerio de San Isidro. La hermana mayor de Julia, Catalina, tiró del carro durante la guerra lo mejor que pudo. Más por su edad, dieciocho añera, que por su entereza. Tras la muerte de la madre, Catalina pensó que solo le quedaba una alternativa: casarse con alguno de los nuevos altos cargos del régimen. En cuanto pudo componerse unos vestidos decentes, se hizo asidua de fiestas y guateques hasta que, en 1941, en el segundo año de la posguerra, se casó con un teniente de infantería, retirado por las heridas en una pierna que le hacían andar con las mismas dos muletas que tenía el tío. Julia, en cambio, decidió que se dedicaría a estudiar. Para no quedarse sola en el caserón familiar, se internó en un Colegio Mayor. Así llegó Julia a convertirse en matemática.

Por aquellos tiempos, una mujer matemática, por mucha fuerza y determinación que tuviese, tenía muy pocas opciones de trabajar en algo diferente a la enseñanza. De manera que nada más terminar en la Universidad, comenzó a dar clases en el Instituto Beatriz Galindo, solo para chicas. Y por insistencia de su hermana, que consideraba que sin casarse Julia no sería nadie, terminó sucumbiendo a los encantos de un compañero de universidad, Laureano, que no paró de cortejarla hasta que logró vencer su resistencia con promesas de una vida tranquila en su casa, que estaba justo frente al Retiro.

Laureano era de costumbres convencionales. Conservador, porque lo mandaban las circunstancias, católico ferviente y funcionario del Régimen como única ideología, quería una familia numerosa y solo fue capaz de darle a Julia un hijo al que llamaron Antonio, como el padre de Julia. Antonio sí que conseguiría el propósito de su padre. Hasta seis hijos, todos varones, encadenó. Los seis nietos que condenarían a Julia al desvelo y la soledad tras la muerte de todos los demás varones de la familia.

Julia ya era doña Julia en el piso de Retiro cuando a mediados de los años sesenta, con poco más de 40 años, se cansó de su marido y de darles matemáticas a las niñas de la alta sociedad de la posguerra. Barruntaba la forma de decirle a su marido que se olvidase de ella cuando el bueno y simplón de Laureano se lo quiso hacer fácil. Torpe como era, por una miopía de las de cristales de culo de botella, se despistó en plena calle de Alcalá, cuando caminaba desde el metro de Príncipe de Vergara hasta su casa. Un autobús no pudo esquivarle. Catalina no corrió mejor suerte. El teniente resultó bastante casquivano y, pese a su cojera, frecuentaba con destacable éxito bares y locales de alterne. En uno de ellos se encontró con la mala suerte que perseguía a los varones de la familia. El chulo de una chica que se le resistía le recriminó su insistencia. La velada terminó a navajazos en la puerta del local. La prensa del régimen dijo que se trataba de un atentado de falangistas y que no pararían hasta dar con los canallas que se llevaron la vida de un valeroso excombatiente. Catalina, afligida más por el engaño que por el deceso de su marido, enfermó de gripe y en un par de semanas dejó a Julia definitivamente sola, pero con una herencia que la había convertido en una auténtica señora de la sociedad madrileña.

Se quedó a vivir en el piso de Retiro, el más alegre de los que heredó. Allí cuidaría de su hijo, Antonio, del que hizo un buen hombre, sereno y decidido. Buen estudiante, se graduó en medicina, como el abuelo Antonio; se casó en cuanto obtuvo su plaza en el hospital Niño Jesús, al lado de la casa de Julia; y se dedicó a darle a su esposa, una simplona que solo aspiraba a hacerse cargo de la casa, un hijo cada año. Mientras tanto, Julia se mudó a un instituto público en Vallecas, el Tirso de Molina y, más tarde, a uno nuevo en el barrio de Entrevías, el Arcipreste de Hita. Sin declararlo, Julia coqueteaba con ideas que demandaban el fin del franquismo y una mayor apertura. Su hijo Antonio no comprendía por qué tenía que ir cada día a un lugar tan remoto para dar las mismas clases de matemáticas que podría haber dado en cualquiera de los colegios del centro.

—¿Qué le sucedió esta noche, doña Julia? —le preguntó Isabela nada más llegar a su habitación.

  • ¡Ay, Isabelita! ¿Qué me va a pasar? Que los fantasmas se pasean todas las noches por la casa y no me dejan pegar ojo.
  • ¡Olvídelos! Ya hace muchos años de todo aquello —le decía Isabelita mientras la cambiaba con un cariño que nunca existió en la familia de doña Julia.
  • Tendría que haberle hecho caso a mi hijo, ¿qué se me había perdido a mí en Entrevías? Nunca me perdonaré no haber podido llegar a tiempo… —Se decía doña Julia, repentinamente decaída y a punto de caerse de la cama.

Isabela, su cuidadora, llegó a su vida nada más cerrarse el capítulo más amargo de su amarga vida. Acababa de llegar al instituto, temprano, como todas las mañanas. Como jefa de estudios, se reunía cada mañana con los profesores para ponerse al día de la evolución de las clases y para comunicarles cualquier novedad en los reglamentos y en las instrucciones del Ministerio. Acababa de comenzar la reunión cuando la secretaria del centro le dijo que saliera, que tenía una llamada urgente. Su hijo Antonio y su esposa habían tenido un accidente, a pocos metros del colegio de los niños. Unas vallas de obra cedieron justo cuando pasaban. La muerte fue también puntual con su hijo Antonio.

De pronto, se vio al cargo de su propia vida y la de seis niños varones, a los que decididamente tendría que cuidar más de lo normal para evitarles el destino que perseguía a los varones de la familia. Con la criada que limpiaba su casa no le bastaba. Necesitaba a alguien más, alguien que la ayudara con los niños. Isabela, boliviana, con apenas tres meses en España, desesperada porque no le reconocían su título universitario, se plantó en la entrevista con doña Julia. Si no le quedaba más remedio, trabajaría de empleada del hogar.

Julia supo al instante que Isabela era la persona que buscaba. Llevaba más de 30 años enseñando matemáticas, tiempo de sobra para distinguir con una sola mirada a los buenos alumnos de los que aprobarían a secas. En el instituto, cuando sucedió la trágica muerte de su hijo, tenía una clase de COU en la que había dos alumnos que seguían el patrón a la perfección. Una se llamaba Julia, como ella, y era a la primera que acudía en busca de la solución a alguna pregunta cuando ya todos los demás habían fracasado. A la Julia alumna le brillaban los ojos como si fuera a llorar cuando se dirigía a ella con un “vamos a ver, Julia, denos la respuesta”. Las raras veces que Julia no acertaba, a la Julia maestra no le quedaba otra alternativa que Tomás, un pequeñajo, gafotas, con pinta de pasar hambre: “Venga, don Tomás, díganos de una vez la solución”. Tomás, que no fallaba una, se delataba con un leve brillo en los ojos. El mismo brillo leve que Isabela le mostró a doña Julia cuando le contó que había estudiado matemáticas en la Universidad de San Simón, en Cochabamba, la más prestigiosa del país andino. Desde ese momento, la entrevista solo versó sobre matemáticas.

  • Has sido mi vida todos estos años, Isabelita. No dejaré que los buitres de mis nietos te dejen sin lo que te pertenece —le decía doña Julia de camino al baño, del brazo de Isabelita.
  • Señora, ya sabe que usted ha sido como una madre, no me emocione, que ya voy siendo también algo grande y no me aguantan las lágrimas —le dijo Isabela mientras la sentaba en la ducha, dispuesta a lavarle el pelo blanquecino.
  • Son unos desagradecidos, lo dejé todo bien escrito… Pero ya verás cómo te hacen la vida difícil. Los únicos varones que me aguantaron en vida me salieron bien pendejos, como dices tú…

Llegaba la Navidad. Isabela siempre viajaba para encontrarse con su familia en Cochabamba. Su mamá todavía vivía. Como cada año, una sustituta se hacía cargo de doña Julia en las dos semanas que faltaba Isabela. Doña Julia presentía que ya no la volvería a ver. Sola en su cuarto, a punto de las doce uvas que daban la bienvenida al 2026, sintió que todos los recuerdos se le agolpaban, que toda la vida pasaba ante ella como una sucesión, como una serie matemática que ya alcanzaba su límite.

Sus nietos supieron de su muerte el día dos, cuando la asistenta se la encontró sentada en su sillón favorito frente al televisor todavía encendido. Le brillaban los ojos, abiertos y felices. A miles de kilómetros, en una casa humilde de Cochabamba, Isabela sintió de pronto unas ganas repentinas de llorar. Sus ojos no vertían lágrimas, pero brillaban como cuando, en una tarde cualquiera, sentada junto a doña Julia, descubrían juntas la solución a alguna ecuación compleja.

Los nietos cerraron la casa. Al notario le dijeron que no conocían a ninguna Isabela. Pero el registrador público hizo bien su trabajo y mandó a un colega de La Paz los documentos que otorgaban a Isabela la propiedad del piso del Retiro, con todos sus libros de matemáticas repartidos entre las paredes de sus seis habitaciones.

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