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#41 El collar

Me despertó la sed. Estaba en un rincón de algo parecido a un almacén de estiércol. Había alguien más, otros diez o doce cuerpos se rascaban la espalda, retorciéndose por el suelo. Un collar y una cadena los mantenían a distancia, unos de otros. Lo que un día, tal vez, fue una mujer bella, se levantó hacia mí. Gritaba, y de su boca salían espumarajos y miasmas a borbotones. Su vestido era un andrajoso puzle, raído y del mismo color sucio que moteaba el suelo.

No podía hablar. Me habían atado, como a los demás, con un grueso collar hecho de cadenas de acero. Notaba el frío tacto de los eslabones en la nuca. Lo habían apretado tanto que casi no conseguía respirar. Me dolía la cabeza, con la mano derecha, tan sucia que me pareció una zarpa, me tanteé la frente. Tenía sangre seca por todo el cuero cabelludo, se desprendía como desconchones de una pared olvidada de una mano de pintura. Un repentino recuerdo me asaltó mientras miraba mi mano enrojecida por la mezcla de sangre, sudor y roña. Yo tenía una larga melena. Paseaba de la mano con una mujer asombrosamente parecida a la que no paraba de gritarme. Vestía también un vestido rojo de verdad, con pliegues en la falda, que se agitaba por una suave brisa con la misma armonía con la que se movía su pelo y el mío.

He debido de volver a dormirme. O desmallarme. Ahora lo que me despierta son los gruñidos de una especie de hombre-perro. Su cara es inconfundiblemente idéntica a la de un pastor alemán. El hocico alargado y negro, la boca abierta, por los alaridos, muestra una amenazante hilera de dientes dispuestos a cerrarse sobre cualquier presa. Pero camina sobre sus patas traseras. Las delanteras parecen manos humanas, más grandes y leñosas, tal vez, como acericos a los que les hubieran salido unos pequeños muñones en forma de dedos. Arrastra un barreño mientras con la otra pata delantera sacude un látigo hasta hacerse un hueco en el centro de donde quiera que estemos. Luego, suelta de sus amarres las cadenas de los otros habitantes que me rodean. Enloquecidos, se lanzan todos como una avalancha sobre el montículo vertido por el hombre-perro. Pelean entre ellos, a mordiscos y patadas se van abriendo paso para llevarse a la boca una pequeña porción de lo que sea que el hombre perro haya tirado al suelo.  Cuando ya no queda nada que repartirse, se mueven lentamente, a cuatro patas, sin erguirse en ningún momento. Algunos se tumban, otros merodean en busca de cualquier resto en el lugar en el que el hombre perro vertió el balde.

La mujer que me gritaba antes se acuerda de mí, de pronto. Ahora, sin la correa que la sujetaba, llega con facilidad hasta mí dando un par de saltos a cuatro patas. Olisquea mi entrepierna y comienza de nuevo a gritarme, tan cerca de mi cara que sus babas resbalan por mis mejillas. Los demás también me descubren. Me rodean como una jauría. Uno de ellos se pone de pie y orina sobre mi cabeza. El ardor del ácido me vuelve a dejar en una especie de letargo que es rápidamente interrumpido por el vozarrón del hombre perro. A latigazos, me los quita de encima y los vuelve a amarrar a sus cadenas. Luego, me arrastra pasando por en medio de todos hasta una puerta.

El sol me deslumbra. Cuando consigo abrir los ojos, veo una explanada grande, como un campo de fútbol. Cada quince o veinte metros hay unas tolvas de las que parece caer agua y algo sólido. En lugar del que me saca es una especie de almacén. A derecha e izquierda hay una hilera de naves parecidas a la mía, todas ellas con su patio frente a la entrada. Aunque me resisto, me arrastra hasta una valla que delimita la plaza. Me ata con la cadena a unos ganchos que están dispuestos en el muro de la valla.

Me dejó allí, a la intemperie, a pleno sol. Debe de ser casi verano, no hay ni una nube en el cielo. Me quedé dormido, amodorrado. No sé cuántas horas habré estado bajo un sol impenitente. Estoy tan sucio que la mugre ha ayudado a que la insolación no termine conmigo. Estoy convencido de que se trata de una pesadilla. Que en cualquier momento me despertaré sobre la cama, empapado en sudor, dispuesto como cada mañana a darme una ducha antes de irme al trabajo. Sí, seguro que es eso, un ataque de angustia después de la discusión con ella, con mi mujer. Se marcó llevándose el perro.

Pero ahí está, otra vez, el mismo hombre perro. Esta vez vuelve con una manguera. Me apunta con ella y la abre. El agua a presión termina de despejarme, pero es tan intensa la fuerza que me hace rodar, enredándome con la correa metálica. Cuando al fin para, es cuando descubro que tras la valla pasean decenas de hombres y mujeres perro. El muestrario de especies es asombroso. Algunos son gruesos, con la cara atolondrada de los San Bernardos. Espigados y fibrosos, como Bóxers.  Pequeños y juguetones como los Terriers. Todos ellos caminan sobre sus patas traseras, erguidos, medio vestidos de cabeza para abajo. De pronto, una pareja de Labradores, negro él y marrón ella, se paran y empiezan a señalarme. El tipejo del látigo viene a por mí. Lleva algo en sus zarpas, como una jeringa.

Vuelvo a despertarme, estoy en una especie de salón. Los muebles están raídos, medio destartalados. Hay algo en el lugar que me resulta familiar. Por una de las ventanas observo que la vegetación cae desde los pisos de arriba. Hay decenas de cagadas de perro alrededor de un mueble en el que languidece una pantalla de televisión. De un sillón que hay en el centro viene un hedor inconfundible a orines avinagrados. El olor se hace tan insoportable que casi me devuelve a mi sueño.

—¡Mira! ¡Ya ha despertado! —dice la mujer perro, la que es marrón oscuro—, vamos a darle de comer para que recupere las fuerzas. Ya es hora de que nos ayude con las cosas de la casa…

—No te precipites, querida, puede que todavía sea peligroso. Nos dijeron que esperásemos un par de días hasta acercarnos a él —dice el de pelo de color negro mientras se me acerca caminando lentamente, con indiferencia.

—¡Pero es tan lindo! Se parece a ti, va a ser cierto eso de que los humanos se parecen a sus dueños —dice ella.

—Espera que le alivie del collar, se lo han puesto muy apretado…

—¡¡¡Quita tus sucias pezuñas de encima, perro sarnoso…!

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