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#008 Inmigración. ¿Una amenaza para la estabilidad política europea?

Tomás Aranda

La noticia duró un par de horas en Al Jazeera. Unos nómadas habían encontrado los restos de veintisiete migrantes en un paraje del desierto de Ennedi. Los que los descubrieron contaron a las autoridades que entre los fallecidos había por lo
menos siete niños. Todos rodeaban los restos de un viejo camión Toyota, de esos que se desplazan por las pocas y pésimas carreteras chadianas, o por cualquier camino de tierra, cargados de hombres y mujeres tapados con su turbante para protegerse del viento, la arena y las miradas indiscretas. Era un camión pequeño y, sin embargo, no dudarían en subirse a él, abarrotándolo con lo poco que merecería la pena rescatar de sus vidas junto a unos pocos bidones de agua para el camino.

El desierto de Ennedi, y su continuación, el imponente Tivesti, son la frontera sur del Chad con Libia. Cruzarlo es uno de los viajes más arriesgados del planeta. Cualquier contratiempo con el transporte te regalará una esperanza de vida de apenas unos días. Y, sin embargo, miles de desahuciados del África Central eligen la ruta del Ennedi en su viaje hacia el norte, hacia el Mediterráneo. Alguien les habrá contado que desde los puertos de ese país frustrado se sale hacia las costas europeas. Los que tienen suerte y son capaces de cruzar la masa desértica del Chad, o de Níger, caerán en manos de alguna de las mafias que controlan el tráfico de los desesperados. Allí les cobrarán lo que se les antoje por subirles en un ataúd flotante. Si hay mujeres y niños, puede que los seleccionen para prostituirlos. Un niño es un tesoro en manos de esos forajidos: pueden venderlo diez o veinte veces al día y, cuando su frágil cuerpo no dé más de sí, sus órganos aliviarán los males de algún occidental que no quiera preguntarse por el origen de su salvación. En las estadísticas que Naciones Unidas publica cada año, formarán parte de la legión anónima de las más de ciento ochenta mil almas que sufren algún tipo de perverso tráfico de seres humanos.

Chad es solo un ejemplo más de la bomba de relojería africana. La práctica totalidad del continente soporta niveles de pobreza inimaginables para los pijo-ricos occidentales, que no tenemos nada mejor que hacer que decirnos que trabajamos demasiado. Gobiernos de una corrupción burda, obscena y dictatorial, facilitan las cosas a las potencias económicas del planeta para que de los países africanos se lleven lo único que les interesa: sus materias primas. Chad podría ser, con un gobierno digno, un lugar aceptable para la vida. Tienen petróleo, oro, diamantes y otros metales valiosos. Y su gente es trabajadora y noble.

Mientras, en nuestra acomodada Europa, Manfred Weber, el presidente del Grupo Popular europeo, con el que el presidente Sánchez mantuvo recientemente una agria disputa en el Parlamento Europeo, ha hecho una de esas declaraciones políticas que no se sabe si son una amenaza, un consejo o un mensaje pensado como parte de la campaña de las próximas elecciones europeas: “La Unión Europea debe frenar la inmigración irregular para evitar el auge de la extrema derecha”. Es cierto que Europa está soportando un flujo migratorio excepcional. La guerra de Ucrania, el drama humanitario de Siria y el flujo desde el África subsahariana han llevado en los últimos años a crearse una sensación injusta de que estamos siendo poco menos que invadidos.

La migración va unida a la naturaleza humana. Éramos nómadas antes de que la agricultura y otras artes asentaran a la población en ciudades e imperios. En la actualidad, solo un 3,6% de la población mundial vive en un país o región diferente al de nacimiento y, aunque crece año a año, en 1970 representaba un 2,3%. Europa no es la peor región desde el punto de vista de la llegada de inmigrantes: desde 1990, la inmigración procedente de países no Unión Europea creció a un ritmo medio del 2,5%. Los Estados Unidos, por comparación, soportan un crecimiento de casi el 4% anual. En términos absolutos, ese crecimiento, que parece aceptable, significa un ingente flujo humano hacia nuestras fronteras. Si le unimos el bajo coeficiente de natalidad media de los europeos, es sencillo darse cuenta de que la proporción de inmigrantes asentados en nuestra continente crece de manera sostenida y, tal vez, dramática: en España, casi el 15% de la población ha nacido fuera de nuestro país, una cifra que en los años noventa no llegaba al 8%.

Es importante comprender que el movimiento migratorio ni es uniforme a escala mundial ni puede asociarse, como norma, a problemas de convivencia que den como resultado una excusa para ciertos movimientos políticos. Según Eurostat, casi dos terceras parte de las personas que migran lo hacen en busca de trabajo y, de entre ellas, los que lo hacen para aspirar a posiciones de salarios medio y elevados representa casi el 70%. No todos los migrantes son iletrados que aspiran a las peores posiciones del mercado laboral.

Otro factor que debemos tener en cuenta es la importancia económica de la emigración para los países emisores: en 1990, los inmigrantes hicieron remesas a sus hogares de origen por valor de más de veinticinco mil millones de euros mientras que en 2020 esa cifra fue de quinientos cincuenta mil millones, el equivalente a todo el PIB de Italia, por ejemplo. El mundo asiste a un mareante crecimiento anual del 70% durante los últimos treinta años en las rentas generadas por los migrantes. En un número singular de países de América Latina las remesas de sus emigrantes constituyen una de sus principales fuentes para el PIB.

En España, una parte significativa de los flujos procede de América Latina, algo natural en el modelo migratorio mundial: la primera opción es emigrar al lugar en el que culturalmente resulte más sencillo adaptarse. Pero las expectativas de progreso también resultan fundamentales. España también es, en ese sentido, una promesa de prosperidad para los africanos. Ello nos lleva a ser un destino destacado de la inmigración ilegal, esa que se emprende cuando ya no quedan otras esperanzas en la vida. De los más de doscientos ochenta mil cruces ilegales por las fronteras de la Unión Europea registrados en 2022, casi la mitad lo hicieron por el Mediterráneo, siendo Italia el país que soportó una mayor presión migratoria: ciento quince mil migrantes ilegales llegaron a sus costas, muchos de ellos a la isla de Lampedusa, a casi mil kilómetros de las costas de Libia, mientras que a nuestro litoral arribaron poco más de veinte mil, principalmente a Canarias.


¿Será acaso la inmigración ilegal por el Mediterráneo la excusa para el crecimiento innegable de Giorgia Meloni y su partido Hermanos de Italia? ¿Será la inmigración en nuestras ciudades el pretexto para afilar el verbo retorcido de Vox?


La ensalada de datos de la inmigración es una buena prueba del invencible propósito de superación del ser humano ante las adversidades. Cabe preguntarse si ello explica en parte el surgimiento de los movimientos populistas y, en particular, de la extrema derecha. Países como Holanda, Austria, Italia, Bélgica o Francia, pero también Alemania y los países nórdicos, soportan movimientos políticos de extrema derecha que reciben cada vez mayor apoyo. Como argumento común a todos ellos se encuentra el rechazo a la inmigración ¿Tan terrible es el impacto migratorio en esos países?


Veamos.


Las últimas elecciones en Holanda dieron la victoria al partido PVV, traducido del holandés como Partido de la Libertad, que se declara abiertamente antiislamistas y promueve la expulsión de inmigrantes. Las crónicas del resultado electoral, como de pasada, indicaban que las elecciones se celebraron en medio de una crisis de coste de la vida ¿En qué empeora la inmigración la vida en Holanda como para que el partido preferido por sus votantes proponga su expulsión? Aparte de la consabida cancioncilla de los populistas, “soluciones sencillas para problemas complejos”, hay datos que sí pueden dar claves que merezcan propuestas sensatas para evitar esa tendencia. De nuevo, Eurostat nos da alguna valiosa clave: más del 50% de los parados holandeses de larga duración de más de 50 años son ciudadanos nacionales mientras que en esa misma franja de edad no hay apenas paro entre los inmigrantes. Ya tenemos perfilado el Holanda para los holandeses. Además, otro dato escalofriante puede llevarnos a extraer unas cuantas conclusiones preocupantes. De entre los inmigrantes residentes en Holanda, nada menos que el 40% están en riesgo de pobreza… ¿Qué partido populista no se anima a correlacionar pobreza con delincuencia? Una combinación casi perfecta para que PVV crezca.


¿Seguirá España el camino que parece trazarnos Holanda? Aquí tenemos algunos datos tan alarmantes como los que soportan los holandeses. En nuestro país tenemos la dramática cifra de un 20% de la población nacional en riesgo de pobreza, un hecho que no nos deja demasiado bien como sociedad. Pero, si hablamos de la población inmigrante, esa cifra es todavía más dramática: un 56% está en el borde de ese abismo. En otros países amenazados por el crecimiento de la extrema derecha también coinciden en el reparto desigual de la riqueza entre población nacional e inmigrantes: en Francia, el riesgo de pobreza entre los inmigrantes es del 48%, el 40% en Italia y más del 50% en Bélgica. Sería atrevido concluir que el riesgo de pobreza lleva aparejado convertir a la inmigración en un problema, pero ciertamente no ayuda a pensar en una convivencia equilibrada.


Los que predican un muro, sea físico, político o legislativo, como solución a los problemas migratorios olvidan que la historia está llena de muros que, más tarde o más temprano, han sido derribados. Es evidente que la componente emocional de la política nos promete quebraderos de cabeza importantes en los próximos años. Europa envejece, necesita mano de obra, pero la estructura de la economía europea deberá acompasarse con planes razonables y realistas de integración de los inmigrantes. Sin esa integración, los populismos tendrán un semillero de votos inagotable. Y no habrá integración mientras exista un reparto tan desigual de la riqueza. Una sociedad en la que una proporción creciente de su población no puede aspirar a mayores cotas de la riqueza que les rodea, es una sociedad en riesgo de erupción.


Quines se llevan las manos a la cabeza con el imparable flujo de inmigrantes a nuestro país, y los que incluso van más allá, pretendiendo poner condiciones para su entrada, sean de naturaleza económica, de procedencia o lingüísticas, tienen una mala noticia: no va a parar. Muy al contrario. A nuestras costas y fronteras llegarán oleadas y oleadas de desamparados. Ninguno de los veintisiete que trataron de llegar a Lampedusa atravesando el desierto de Ennedi podrá ya soñar con una nueva vida en algún rincón de la rica Europa. Pero detrás suyo hay millones pensando en cruzar, ellos también, esa extensión de arena y soledad.

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