El viento sur, abrasador, arrecia sobre Madrid, cubierto de una densa capa de humo arrastrada desde el suroeste. Copos de ceniza caen formando una fina capa sobre los coches. Por las calles, todavía en la madrugada, pasan grupos de jóvenes indiferentes al intenso olor a madera quemada. En la habitación de al lado, Luzía ya se prepara para el viaje. Sin ella, no se habría atrevido a emprenderlo. Ella lo sabe todo, es la sabiduría personificada, el orden y la razón en la vida de Darío, que vive desorientado, sin rumbo, perdido entre la podredumbre de la vida diaria y los olores a putrefacción que emanan desde las torres de los dos castillos.
La torre azul preside el centro de la ciudad. En ella, habita la reina Isabel, que pretende los reinos de la torre roja en la que habita don Pedro, rey y reyezuelo al mismo tiempo. Las huestes de los dos reinos enfrentados pelean a diario por todo el vasto reino de España. En las tabernas y mentideros, en la radio y en las televisiones, no se habla de otra cosa desde hace dos lustros. La reina Isabel y el rey don Pedro han conseguido una división entre los súbditos. Cada una de las dos mitades se enfrenta a la otra en batallas sin fin, con el olvido y la inquina como armas arrojadizas. Dario, que es un hombre piadoso, toda su vida dedicada procurarles el bien a los demás, ya no sabe cómo evitarle al pueblo la guerra cotidiana que convierte a todo el reino en una legión de pecadores, condenados al infierno. Quiere rescatarles, hacerles ver que existen otros caminos. Por eso emprende el viaje. Por eso le ha pedido a Luzía que le guíe.
Salen de la casa de Darío, un cuartucho en el barrio de Usera, cuando en la Almudena repican seis veces las campanas. El alba ya clareaba las calles con un color más negruzco que dorado. Miran a su alrededor. Ya no se ven grupos de trasnochadores. Las ventanas de las casas están cerradas, la mayoría con las persianas bajadas. Alguien dijo en la televisión que era mejor que la gente no saliera de sus casas y que se pongan una mascarilla si tienen que hacerlo y la población, obediente, sumisa y entregada como una manada de borregos a su pastor, han convertido las calles de Madrid en una ciudad desierta, sin vida ni aliento. Dario y Luzía no llevan mascarilla. No se respira mal, aunque el olor profundo a madera quemada les irrita levemente la garganta. Llegan a la Puerta del Sol, la torre azul tiene su puerta principal cerrada, pero hay un grupo de fieles a doña Isabel que la rodean formando varias filas casi en perfecta formación militar. Con la cabeza alzada al cielo, rezan plegarias que a Luzía le parecen de pecadores impíos en busca de la bendición de la reina.
— Quizás fueron tibios en su defensa. O tal vez muestran un arrepentimiento por haber dudado, levemente, —dice Lucía mientras se encaminan, desde el centro de la plaza, hacia las calles que conducen a la Gran Vía.
A su lado, un grupo de mujeres y hombres armados con grabadora y móvil, hablan y hablan sin parar.
— Esos son los que todavía no han sido bendecidos por la reina, paganos que hacen méritos alrededor del castillo. Pero no saben que la reina los detesta tanto como a sus enemigos. No hay nada que moleste más a la reina Isabel que los paganos que se creen virtuosos, listillos de pacotilla que en el fondo encierran malos deseos y pensamientos confusos. No los quiere a su lado. Por eso tiene las puertas cerradas a cal y canto, — le explica Luzía a Darío, que se queda como abobado por la inmensidad de la muchedumbre.

Suben por la calle de El Carmen, repleta de mujeres medio desnudas, mostrando con impudicia y sin el menor recato bien la entrepierna, bien sus generosos pechos. A su alrededor se mueve una muchedumbre de hombres bien vestidos, pero sin embargo babosos, con los ojos ensangrentados como si no hubiesen sido capaces de cerrarlos durante toda la noche. Van ofreciéndole dinero, joyas y lisonjas a las mujeres que apartan a los más sucios y repugnantes. Al fondo, la Gran Vía soporta el azote de un viento ardiente. Darío y Luzía tienen que apoyarse contra las paredes de las tiendas y restaurantes, la mayoría de ellos cerrados. Por la gran avenida se revuelven, arrastrados por el viento, cientos, tal vez miles de hombres y mujeres. Las vestimentas, violentadas por la furia del vendaval, vuelan sobre sus cabezas componiendo un collage de colores que convierte las calles en un palio inmenso bajo el cual los cuerpos desnudos de aquellos para los que su vida es la lujuria, el vicio y la molienda se retuercen y lloran como si fueran niños recién nacidos. Tal es la confusión de colores por encima de ellos que resulta imposible distinguir si entre la masa humana asolada por el viento dominan los seguidores de doña Isabel o don Pedro.
—Mira, Dario —le dice Luzía. Esos son los que se han entregado a la lujuria. Convencidos de que el manto protector de sus reyes ocultaría sus vergüenzas, han dedicado su vida a los placeres más mundanos y abyectos: roban sin medida ni control; fornican en cada ocasión a su alcance; mienten sin parar. Amenazan a todo el que les enfrente como reyezuelos que fueron. Los que ves ahora son solo unos pocos. A estos que ruedan arrastrados por el viento ya los han descubierto. Míralos, con sus vergüenzas al aire, desnudos y desarrapados, a la espera del perdón de los reyes, —le dice Luzía mientras esquiva una masa interminable de zombis.
—¿Los reyes pueden perdonarlos? —pregunta Dario.
—Los reyes algún día serán arrastrados también por este viento infernal.
Conforme avanzaban hacia la salida de Madrid, por la calle de la Princesa, el viento parecía más calmado. En cambio, la lluvia de ceniza se hacía más intensa y pesada, convirtiendo en un lodazal la calle. A la altura del arco de la Victoria, vieron a un denso grupo intentando abrazar el monumento. Eran tan gordos que les resultaba imposible asirse a nada. Rebotaban y rodaban por el suelo, negro de un barro negruzco y resbaladizo que les hacía imposible levantarse. Viéndolos a lo lejos resultaban cómicos, como un grupo de payasos chocando entre sí para provocarles la risa a los más pequeños. De cerca, en cambio, Dario y Luzía observaron las caras descompuestas, las carnes maceradas y las piernas llenas de bubones.
—¿Por qué aquí hay más ciudadanos vestidos de rojo que de azul? —preguntó Dario.
—Don Pedro paga bien a sus huestes y muchos son los que se le acercan para beneficiarse. Estos que ves son tan zoquetes que, habiéndolo tenido todo, prefirieron gastarlo en comida y bebida sin freno ni razón. Son pocos en comparación con otros pecadores. Pueden dar lástima. Pero no te confundas, son inteligentes, gente preparada. Paniaguados de lujo, muchos de ellos. Adoctrinan a las masas sin piedad y sin vergüenza. En televisiones y redes sociales. Son tan peligrosos que sin ellos ni doña Isabel ni don Pedro serían capaces de hacernos todo el daño que nos hacen. Déjales ahí, esos ya han perdido la gracia de su señor y de su dueña. Ya no valen nada. Morirán ahogados en su propio vómito.

Ya pasaban por delante del palacio de don Pedro, en las afueras de Madrid, atemorizados. Hasta Luzía parecía perdida. Temblaba por una mezcla de frío repentino y temor, algo que Dario nunca había observado en su compañera. Tal era la fuerza maligna que desprendían aquellos edificios y la alta torre de ladrillo rojo en la que habita don Pedro. Un alto muro impedía ver de cerca los jardines y callejuelas que adornan el complejo. Una auténtica ciudad. A Darío le dijeron que son miles los que trabajan alrededor de don Pedro. El paisaje que ofrecía la entrada era aterrador. Miles de almas, casi todos vestidos de rojo se abalanzaban los unos contra los otros, como en una pelea interminable por arrancarle al de al lado un trozo de sus vestimentas o de sus joyas. Del cuello les colgaban grandes pesos que, bien mirado, se observaba que eran grilletes de oro y piedras preciosas. Arrastraban una pesada cadena a la que llevan atada una bola de oro macizo. Se veía que había diferencias entre ellos por el tamaño de la bola. Los que llevaban las más grandes, aunque quisieran no podrían moverse ni un palmo. Otros, quizás más bobalicones, retozaban como podían entre la masa adornados por una carga mucho más liviana.
—¿Por qué gastaste tanto?, —chivaban unos.
—¿Por qué robaste tanto? —, respondían los otros.
Dario, asombrado, se dirigió a uno de los guardias que custodiaban el palacio.
—¿Pero porqué pelean entre sí, por qué siguen ahí?, le preguntó Darío.
—Todos ellos ya fueron descubiertos. Abusaron del poder de don Pedro. Llevan ahí meses, penando entre llantos e insultos. Ninguno quiere alejarse de las murallas de nuestro rey; esperan a que les conceda el perdón. Todos confiamos en el perdón de don Pedro. Por eso le seguimos. Ve usted, mire, miles de soldados de nuestras huestes caminan hacia el oeste, hacia el resplandor de fuego que ya se divisa cercano. Es nuestra señal, nuestra guía… — contestó el soldado, extasiado, mudo y con la mirada perdida en el horizonte rojo y negro que domina todo el valle que se extiende al oeste de Madrid.

—Subiremos al monte Abantos; desde allí veremos cómo se libra la batalla —le dijo Luzía a Darío.
Como Luzía y Darío no vestían de rojo, aunque tampoco de azul, los soldados, hombres y mujeres, que marchaban por la carretera de La Coruña los miraban de reojo. Los más furibundos les escupían insultos y amenazas. La mayoría sospechaba de esa pareja extraña que conformaban Darío, vestido de cualquier manera, con unos vaqueros y una camiseta verde, y Luzía, que llevaba un pantalón de montaña y una camiseta naranja. A Darío era al que más le insultaban. Algunos de los soldados de don Pedro iban diciendo que ese tipo vestido de verde era sospechoso de formar parte de una partida de insurrectos que no respetaba ni a las huestes de doña Isabel ni a las de don Pedro. Del color naranja nadie se acordaba ya, aunque en un pasado cercano también se alzó contra los dos reinos una muchedumbre, callada y sensata, que se oponía a las tropelías de doña Isabel y don Pedro. Aquella marea naranja fue aplastada por los ejércitos de ambos, la única vez, que recuerde Luzía, en la que ambos reinos se pusieron de acuerdo.

Desde lo alto del monte Abantos pudieron ver dos inmensas legiones avanzando hacia Ávila y los montes de Toledo. El fuego devoraba gran parte de los cerros y, aunque había algún avión que otro echando más bien poca agua, las llamas avanzaban hacia Madrid sin que ninguna de las dos formaciones pareciera preocupada por ello. Hombres y mujeres de ambos bandos se adentraban en el fuego, los de doña Isabel por el norte, los de don Pedro por el sur, en la espesa capa de humo para ser devorados por las llamas. Por el camino, algunos de los soldados rojos se atrevieron a confesarles a Darío y Luzía que una parte de la legión en marcha tenía el mandato de iniciar otros fuegos en los territorios de doña Isabel.
—Pero así, el fuego también devorará las tierras de don Pedro, —le dijo con sensatez Luzía a uno de ellos que parecía el más calmado. Poco nos importa, con tal de que ardan tierras de doña Isabel, hasta el infierno preferiríamos.
A la tarde, cuando ya los pocos y renqueantes aviones se retiraban a sus bases, Darío y Luzía llegaron a la cercanía del pantano de San Juan. Todo a su alrededor ardía, territorio de doña Isabel abrasado por lenguas de fuego tan altas que las llamas llegaban hasta el cielo. En el lago, rodeados por el fuego, chapoteaban decenas de cuerpos que habían saltado de sus barcos en llamas. Gritaban iracundos contra don Pedro y, algunos de ellos, contra doña Isabel.
—Esos son los perezosos, los que no muestran su partido, los indolentes, poderosos la mayoría de ellos, que tanto sirven a doña Isabel como a don Pedro en función de su conveniencia. Mira cómo gritan, enfadados; seguro que no comprenden cómo puede pasarles esto a ellos. Con los silicitos que siempre fueron con los dos reinos. No sientas compasión ni simpatía. Ellos son los más abyectos. Los pusilánimes que se benefician sin importarles a quién servir.
Darío escuchaba a Luzía perplejo, convencido de que sus peores augurios terminarían cumpliéndose.
Se adentraron por caminos todavía limpios de fuego. Llegaron a algunos pueblos, abandonados, sin gentes por las calles. Perros y otros animales vagando, perdidos y horrorizados por las llamas y el humo. Un grupo de perros ladraba sin parar a un lado del camino, en una vaguada profunda de la que subía un humo pestilente, como de carne quemada. En el fondo, Darío y Luzía vieron cómo ardían decenas de cuerpos vestidos de azul, todavía vivos, retorciéndose del dolor y de la angustia de la muerte segura. Un poco más adelante, vieron otro gran agujero, más grande si cabe que el anterior, en el que se consumían otros cientos de hombres y mujeres vestidos de rojo.
—¿Y estos quiénes son, Lucía?, — le preguntó Darío.
—Son los traidores, herejes de los dos reinos. Prometieron servirles a sus dos amos. Pero, les fallaron. La saña de doña Isabel y don Pedro es infinita, Darío. No perdonan la traición ni la réplica. Sus reinos están llenos de agujeros apestosos como estos en los que yacen seguidores que les fallaron. Les basta una sospecha, una frase mal dicha, una foto en un lugar inadecuado. Cualquier mínimo desliz es castigado incluso con mayor crueldad que la que les aplican a sus enemigos. El sustento de los dos reinos es la fidelidad ciega.
Pasaron cerca del río Alberche. Sus aguas estaban tintadas de un rojo sangre, mezcla del reflejo de las llamas y de las propias miasmas de miles de cabezas que flotaban lo mejor que podían. Vieron cómo uno de aquellos cuerpos, cercano a la orilla, intentaba salir del río arrastrándose y mirando con desesperación hacia el cielo. Como las piedras y guijarros no le permitían seguir arrastrándose, intentó ponerse en pie. Justo en el momento en el que el desventurado terminaba de erguirse, un rayo negro cayó sobre su cabeza, convirtiendo su cuerpo en una masa negruzca y humeante. Otros cuerpos cercanos en el agua, a la vista del sucedido, hacían como que nadaban en huida hacia el centro del cauce. En la orilla contraria, unos soldados de don Pedro asistían a algunos de los que chapoteaban más cerca de la orilla. Les ayudaban a salir y les protegían del rayo negro con unas planchas de hormigón y plomo que aguantaban como podían entre decenas de soldados.
— Esos son los más tiranos de cada reino, asesinos sin piedad que penan por sus crímenes en las tierras de doña Isabel. En la otra orilla, sin embargo, las tropas de don Pedro están dispuestas a ayudarles, aliviando sus penas y salvándoles de una muerte segura. Dicen que don Pedro les necesita, que sin ellos no habría conseguido hacerse con el reino. Han ahuyentado a los centauros, que son los que lanzan los rayos en el lado de doña Isabel. No pasaremos a aquella orilla, Darío, nada bueno puede esperarse de esa gente recién rescatada del río.

Volvieron a subirse a lo alto de los montes de Gredos. Desde allí vieron cómo vagaban por la tierra quemada miles de almas, unas de rojo, otras de azul. El fuego seguía abalanzándose sobre ellos y, desprotegidos e indefensos, miraban hacia el cielo en busca de respuesta.
— Con toda seguridad, Darío, ellos fueron los que provocaron los incendios. —
—¿Pero los hay de las huestes de doña Isabel y también de las de don Pedro?
—¿Qué esperabas, Darío? El mal vive en los dos reinos, así nos va… Sigamos caminando hacia el oeste. A lo lejos se divisa un lago limpio y transparente.
Conforme andaban, la temperatura iba bajando. Tuvieron que rebuscar en sus mochilas una prenda de abrigo, pues, de repente, parecía que hubiese caído sobre ellos el invierno más frío y feroz. Por fin, junto al lago, helado con una densa capa veteada de tintes azules y rosáceos, vieron la figura de un hombre que vestía una túnica blanca. De largos cabellos, a Darío el anciano que tenía delante le recordaba a los druidas de los cuentos que leía cuando era un niño. Luzía tiraba de él para acercarse al viejo.
—Es Lucifer, hemos llegado al final de nuestro viaje, Darío.
En el centro del lago había una estatua de hielo de esas que cambian de cara según del lado que la mires. Desde donde estaban Luzía, Darío y Lucifer, se distinguía con claridad el rostro de don Pedro, congelado en el tiempo, con esa cara de fría crueldad dibujada por el corte de sus mejillas enrojecidas.
—No quieran ver el otro lado de la estatua, —les dijo Lucifer. Silo hacen, quedaréis congelados de por vida junto a ella.
Darío, incrédulo, no quiso escuchar a Lucifer. Ya divisaba los matices del otro lado, algo como una melena de mujer, cuando comenzó a sentir en sus pies un frío eterno.
Luzía vio desde cerca cómo su amigo se convertía en una estatua azulada por el hielo mortal.
