Hacía mucho frio. La madre de Félix llevaba un buen rato llamándole para que se comiese las migas de cada mañana, pero él se resistía a salir del camastro, tapado hasta las cejas con un par de mantas. El fuego se había apagado esa noche y la casilla, la casa que le dejaban a su padre por ser el capataz de los trabajos de conservación de las vías, en la estación de Brazatortas-Veredas, estaba congelada. Por la ventana se veían carámbanos colgando del marco. Pegó un respingo cuando vio la cara de su amigo Antonio pegarse contra el cristal helado. El vaho que salía por sus narizotas se convertía en hielo al instante al pegarse al cristal. Eran como pequeñas estrellas congeladas que caían por debajo de su nariz, como un moquillo de polvo plateado.
Habían quedado para un juego nuevo. Se le ocurrió a Antonio. Él tenía una tapa de latas de sardinas, de las grandes, bien adiestrada. La había aplanado a base de martillazos. Decía él que así volaría mejor. Se pasaban las mañanas por el campo, lanzando la tapa como un disco, contra el viento. Así subía más alto y llegaba más lejos. La apuesta era sencilla: el que más alto llegara se quedaba con todos los gorriones que pillasen ese día. Antonio se aburria de ganar a Félix, al que, en realidad, no le importaba. A él nunca le habían gustado los pájaros fritos. Le daban pena, le decía a Antonio.
El nuevo juego consistiría en hacer una guerra de discos en el aire. Primero lanzaría uno y luego el otro tendría que tirar su disco de tapas de sardinas para hacerlo chocar con el primero. El que acertase, dijo Antonio, tendría derecho a todas las moras de la morera. Hasta hartarse. No había nada en el mundo que le gustase más a Antonio que las moras del árbol que estaba justo en frente de la casa de Félix.
Félix le pidió a su madre una de esas tapas. A regañadientes se la dio, todavía pringosa del aceite de las sardinas. A su padre, las migas le gustaban con sardinas. Y como no había manera de conseguirlas de verdad, las compraba en el economato de Puertollano, la siguiente estación de la línea. Antonio esperaba, nervioso y aterido de frío, en la misma puerta. No quería pasar. Le daba vergüenza. Pese a que la madre de Félix le insistía, él se negaba. Pensaba que olía mal. A las cabras que guardaba su padre y que eran el único sustento de su familia. Ni en invierno se atrevía a meterse entre las cuatro paredes de la casilla, como si fuese una casa de postín, de gente bien vestida y limpia. Antonio era así, respetuoso y tímido.
Apuró sus migas, ya frías, y salió corriendo al encuentro de su amigo, armado con su tapa voladora. Cogieron unas piedras del balastro de la vía y aplanaron los bordes de la tapa de Félix machacándola contra los carriles. Cuando Antonio dio el visto bueno, salieron corriendo por un camino que discurría por detrás de la casilla y llevaba hasta un riachuelo que, en verano, tenía poca agua, pero era suficiente para darse un chapuzón y quitarse la tierra pegada al cuerpo con el sudor. Esa mañana, el agua era puro hielo, blanco y grisáceo. Se entretuvieron intentando mantenerse de pie sobre una charca ancha. Después de darse unos cuantos costalazos, decidieron que había llegado la hora del gran duelo.
Primero lanzó Antonio. Félix, poco después, lanzó su tapa voladora. Quiso hacerlo con tanta fuerza, para que llegase tan alto como la de Antonio, que al girarse cogiendo impulso la lanzó contra la sien de Antonio. Los dos se quedaron mudos, expectantes, hasta que Antonio se desplomó, No paraba de salirle sangre de la cabeza. Asustado, Félix empezó a llamar como loco a su madre y, gracias a que estaba en ese momento fuera de la casa, seguramente dándole de comer a las gallinas, pudo escucharlos.
No tenían nada para curarle. Tan solo un poco del alcohol y aceite. La madre presionaba todo lo que podía la cabeza de Antonio con un paño limpio, hasta que la hemorragia se paró. Antonio no quiso que le acompañasen a su casa, pese a que estaba a más de dos kilómetros de la estación.

Félix ya no volvería a ver a Antonio. No se atrevía a ir a su casa, temeroso de que el padre le atizase con un garrote por el daño que le había hecho a su hijo. Pasaron los días y, ya en la primavera, la madre de Félix empezó a quejarse de dolores en el pecho. Decía que le dolía el corazón, pero Félix sabía que lo que más le dolía era la soledad. Pensaba que cada noche pasaban sombras de fantasmas repartiendo sacos de soledad. Por eso cada mañana amanecía frente a su puerta un saco negro. Una vez se lo contó a su padre. ¡Qué tonterías dice este niño! ¿No ves que es un saco de carbón?. Pero aquello no le terminaba de convencer a Félix y, cada mañana, cuando veía el saco, pensaba que los fantasmas le habían traído más soledad a su madre.
Una mañana, mientras sorbía las migas canas, la radio hablaba de algo que a Félix le llenó de extrañeza. Decían en el parte que, en un país muy lejano, en América, un señor había trasplantado el corazón a una persona. “Mamá, ¿qué es eso de trasplantar el corazón?”, le preguntó a su madre. “Pues, que va a ser, so tonto. Cambiar un corazón roto por uno nuevo, para que ya no le duela el corazón”.

De pronto, Félix supo lo que tenía que hacer. El también buscaría un corazón nuevo para su madre, para que el suyo dejase de dolerle y pudiese ahuyentar la soledad. Y, seguro que, si Antonio seguía malito, también tendría el corazón estropeado.
Durante varios días, Félix no paró de marear a su madre con más preguntas. Y ella, más por quitárselo de encima que por saberlo, le decía que se tenía que abrir el pecho, con un buen cuchillo, cortar el corazón malo y luego pegarle uno nuevo, uno que funcionase. Aquello, a Félix le resultaba muy complicado. ¿Cómo le iba a cortar el pecho a su madre con un cuchillo? ¿O a Antonio? El pobre ya habría tenido bastante con el corte en la sien. No, tendría que practicar. Antes de hacérselo a su madre, tendría que aprender a cortar el corazón malo y pegar uno nuevo.
Una mañana, pensó que ya tenía la solución. Buscó la red con la que Antonio y él cazaban gorriones y se fue a la vereda del riachuelo. Las ramas de los olmos se vencían con el peso de todos los gorriones que se posaban para darle caza a los mosquitos y los insectos que se movían alrededor de las aguas estancadas en los recodos. Sin gran dificultad consiguió pillar seis. Los metió en una bolsa y se fue corriendo para casa.
Cogió a dos hembras, porque, pensaba, seguro que los corazones de las mujeres son diferentes a los de los hombres. Las ató con una cuerda a la pata de una mesa y fue en busca de un buen cuchillo. La madre estaba atareada con las sábanas. Con una piedra de la vía, afiló el cuchillo tal y como le había enseñado Antonio. Sujetó al primer gorrión y se dio cuenta que antes de abrirle el buche tendría que quitarle las plumas.
Con los primeros tirones, el gorrión se volvió loco de dolor y no paró de picotearle las manos hasta hacérselas sangrar. La madre salió de casa para ver qué le sucedía a Félix. Cuando se lo explicó, a su madre empezaron a caérsele unas lágrimas.
“No llores mamá, aprenderé cómo cambiarte el corazón, para que deje de dolerte”

2 Comentarios
Mar
Me ha gustado mucho esta historia!! Me alegro de que los gorriones existan todavía en el imaginario popular 🙂
Tomás Aranda
Gracias, Mar. Me inspiré el día que estuvimos tomando algo contigo. Thomas no paraba de intentar coger uno de los gorriones que revoloteaban cerca de nuestra mesa.
Bss