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#003 Farina

Tomás Aranda

          Agustí Roig es un vecino de Cervelló que decidió salir a limpiar la maleza que quedó esparcida por su terreno durante las grandes ventadas del 2011. No había vuelto por el lado derecho de la finca desde hacía una eternidad. Empezaba a temer que una colilla mal tirada desde la carretera provocase un incendio en ese lado apartado de sus tierras. Miraba con curiosidad hacia el fondo de un barranco en el mismo límite de la carretera. En ese mismo punto, muchos años antes, un guardia civil le había echado el alto.


          Al principio, pensó que serían restos de algún animal, pero la calavera era inequívocamente humana. Los Mossos corroboraron más tarde sus presagios. Se trataba del cadáver de un hombre. Agustí escuchó que era el cuerpo de un tal Farina, que había desaparecido hacía 32 años.


          Antonio Urquiza, Farina, alto, bien parecido, era un impropio peón de la construcción que sentía devoción por el flamenco. La mañana del trece de octubre de 1984 se levantó mucho antes que otros días y su primer pensamiento fue para Macarena, la cantaora con la que había quedado esa tarde para entonar unas soleas. Macarena tenía algo, un no sé qué, que le volvía loco. En cuanto cobrase el cheque por los salarios atrasados, iría a la oficina de la caja de ahorros para sacar unos miles de pesetas para comprarle a Macarena ese vestido que le había prometido. Se vistió en silencio, se puso sus mejores botines y salió en busca del coche cuando todavía las campanas del pueblo no habían dado la señal de las siete y media.


          Su jefe, Anastasio Costa, llevaba toda la noche tratando de poner en orden el caos de sus últimos años como gerente de las obras de un nuevo bloque de pisos a las afueras de Cervelló. Le había pedido que se pasara por la oficina de la obra antes de las nueve. No quería que otros obreros se percataran de que, al fin, el patrón cedía a la justicia. Podía ser su ruina. Antonio le había prometido no decir nada para que no se corriera la voz de que el dinero había vuelto a sus manos. Con tal de cobrar, todo lo demás le importaba poco.


          No eran ni las ocho cuando una mujer que le dijo ser la esposa de Antonio llamó a Anastasio para decirle que no podía ir al trabajo, que se encontraba en cama. Muy mal debe de estar, pensó Anastasio, que había tenido que aguantar las amenazas de Antonio para que le entregara el cheque cuanto antes. No recordaba haberle dado el teléfono de la oficina a Antonio. Cuando la mañana levantó, le extrañó ver su coche frente a la valla que daba entrada a la obra. La puerta del conductor parecía estar abierta.


          Antonio, adormilado con el calorcillo del coche, había estacionado su coche para esperar la llegada de su jefe. Manuel, el guardia civil amante de Macarena, golpeó con los nudillos en el cristal. Los tres tiros con su recortada dispersaron una bandada de grajos que picoteaban entre la maleza. Por más que rebuscó, no encontró el dinero que Macarena le había asegurado que llevaría encima Antonio. Valiente saco de patatas dijo, maldiciendo al romperse la correa del reloj de Antonio de la que tiraba para arrastrarle hasta la furgoneta. Menos mal que llevaba el uniforme listo para cambiarse, pensó, al reventarle la cara se había puesto perdidos de sangre los pantalones. Casi se ahoga de tantas patadas como tuvo que dar hasta que el cuerpo fofo de Antonio se despeñó por un barranco junto a la carretera.


          —¿Qué miras, pasmao? —le increpó el guardia civil Manuel Marrero al joven Agustí Roig, sin aliento después de cubrir con piedras el cuerpo de Antonio y echar una meada sobre el borde del barranco—, ¿es que no has visto mear en tu vida?


          —Nada agente —dijo Agustí mientras se giraba para correr hacia su casa, sin volver la vista atrás. Su padre le había dicho que se mantuviera siempre alejado de los del tricornio.

1 Comentario

  • Susana
    Al corriente 08/10/2023 en 09:45

    Me encanta Tomás! Gracias por este buen relato!
    Susana

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