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#002 Bienvenido Míster Aznar

Tomás Aranda

Aeropuerto de Gran Canaria. Uno de junio de 1993. Queda tan sólo una semana para las elecciones generales. La cita electoral se aproxima amenazante para Felipe González, asediado por un joven Aznar que vuela camino de conseguir que su Partido Popular eche a los socialistas después de once años en el poder.


          Nos toca recibir al líder de los populares. Estábamos los mismos que la anoche anterior habíamos recibido a Felipe. El comandante de la Guardia Civil, el que se trasformó repentinamente en felipista tras recibir el cálido saludo de su, hasta entonces, odiado Felipe, callaba. Tal vez estaría deseoso de recibir a Aznar para regalarle su voto, inesperadamente indeciso. Seguro que no defrauda, pensaría. Tampoco decía nada el delegado del Gobierno. En realidad, este delegado nunca dice nada. Babeó un poco alrededor de Felipe, eso fue todo.


          Aznar, como Felipe, volaba en avión privado. Tocaba hacerle el protocolo de autoridad. Es el líder de la oposición y según los reglamentos no queda otra que atenderle.


          —Ya llega —dijo de pronto, nervioso, el comandante, ensayando presuroso el saludo con gesto militar antes de que llegase el futuro presidente.


          Me llamó la atención el lento y cansino caminar del candidato al bajarse del avión, como si le molestase haber tenido que emplear tres horas de vuelo para visitar una isla casi africana.


          —Bienvenido a Gran Canaria —le dije mientras buscaba el encuentro de su mano, esquiva, para saludarle.


          —Enkantado —me respondió con una voz algo gangosa.


          Flácida, la mano más flácida y húmeda que recuerde. Y mira que llevo protocolos. Y es verdad lo que dicen, no se le mueve el bigote al hablar. Su rostro es como el de esas muñecas antiguas que sólo articulan la mandíbula inferior. Pero con cara de enfadado.


          —Ni nos ha mirado —me dijo con una indisimulada frustración el comandante al verle marchar sin una sola mirada hacia atrás. Le habría gustado un saludo, al menos tan efusivo y cordial como el de Felipe.


          Como si fusemos los vecinos y el alcalde de Bienvenido Mr. Marshall, vimos desaparecer la comitiva de Aznar que, como los americanos, se había metido en su coche sin dignarse a mirarnos.


          —Hasta mañana, comandante, su amigo Aznar nos va a hacer madrugar —le dije al desolado jefe de la Guardia Civil del aeropuerto, recodándole que al día siguiente nos tocará despedirle a las siete de la mañana.


          Debió dormir mal. O tal vez el mitin no le convenció. O presentía que su “¡márchese, señor González!” lo tendría que seguir repitiendo en otra legislatura. Lo cierto es que la arruga de la frente del candidato muestra un surco aún más profundo que la noche anterior. Su rostro de pocos amigos no anima a darle conversación.


          —Buenos días, señor Aznar, la sala de autoridades está a su disposición, ¿desea utilizarla? —le digo, mientras gira su rostro en un gesto que no distingo si es de asco o de hastío.


          —No me moleste, sólo indíqueme el camino hacia el avión —me interrumpe con brusquedad mientras el comandante, con su tricornio bien calado, acelera el paso para acercarse, sin conseguirlo, al líder.


          —Como desee, señor Aznar. Pero su avión reportó una avería anoche. Están tratando de resolverla. Puede que la espera en la aeronave le resulte incómoda.


          —Entonces esperaré en la sala. Pueden marcharse, no les necesitaremos —nos dice, sin que ninguno de los atónitos personajes que le rendimos honores lleguemos a comprender si se refiere al voto del domingo o a las tres horas de espera.


          Al avión le falta una pieza que tiene que venir de Madrid. Es una pieza de los flaps. Sin ella, el avión de Aznar no podrá ascender. El comandante, con su tricornio en la mano, baja su mirada al suelo y se marcha, con la misma tristeza con la que se despidió la comitiva de Aznar cuando casi era la hora de comer. Tres horas más tarde, la calima no nos deja ver el despegue de la aeronave.

2 Comentarios

  • Gustavo
    Al corriente 24/07/2025 en 11:03

    Años mas tarde, mi satisfacción por dejar de ver todos los dias en el telediario a Pablo Iglesias cuando dejó el gobierno, solo es comparable a la que senti cuando el charlotín perdio las elecciones en 2004!

    • Autor de la publicación
      Tomás Aranda
      Al corriente 01/08/2025 en 09:41

      Gracias Gustavo. La anécdota del aeropuerto de Las Palmas es imborrable. Recuerdo cómo, efectivamente, cuando hablaba no se le movía el bigote. Y las manos húmedas y flácidas.
      ¡Qué gente hemos tenido!

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