En 2024, la escritora surcoreana Han Kang se convirtió en la primera mujer asiática en recibir el Premio Nobel de Literatura por su “intensa prosa poética”, según la nota de prensa de la Academia sueca. Su escritura es de lectura sencilla, pero no hay que confiarse. Poco a poco va dejando pequeñas bombas de profundidad en el ánimo del lector hasta descubrirle la fragilidad de la vida, atrapada por reglas invisibles y cotidianas. Su estilo nos descubre la conexión entre la vida y la muerte como algo intuitivo.
Descubrí “Imposible decir adiós” en uno de esos paseos aleatorios por una librería. Varios títulos de la escritora se apilaban en uno de los estantes destacados, junto a la entrada. Un sencillo rótulo recordando que se trataba del último premio Nobel capturó, naturalmente, mi atención. Han Kang comienza el relato después del accidente que sufre Inseon, la amiga de la narradora. Cuando piensas que se trata de un narrador en primera persona, empiezas a descubrir una historia con multitud de voces distintas. Inseon esculpía unas enormes figuras de madera que, más adelante, descubriremos su significado. Y le hace a su amiga un curioso encargo. Tendrá que viajar a la casa de Inseon para salvar a sus cotorras. En medio de una nevada de copos tan espesos que se confunden con pájaros, su avión casi sufre un accidente al despegar del aeropuerto de Seúl por la “cizalladura del viento”.
Enseguida nos sumergimos en la historia familiar de Inseon. Poco a poco descubriremos los horrores del pasado de su familia, que son los de un país, Corea del Sur, al que en el conocimiento popular actual identificamos como un prodigio en las nuevas tecnologías. Un amigo me dijo hace tiempo que, para saber cómo sería el futuro, bastaba con darse una vuelta por Corea del Sur. Lo que no esperaba con la magia de la literatura de Han Kang es descubrir un catálogo de los horrores en el pasado, no tan remoto, del gigante tecnológico coreano.

La península de Corea estuvo ocupada por los japoneses hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Los vencedores, americanos y soviéticos, se repartieron un territorio asolado por la guerra, creando una división antinatural de la península por el famoso paralelo 38. Cada zona erigió su propio país en 1948, pero ambos lados del paralelo mantuvieron el anhelo de un único país. En el norte mandaba Kim Il-sung, con la capital en Pyongyang. King Il-sung se mantuvo en el poder desde 1948 hasta su muerte, en 1994. Y no fue tan mal presidente como su pésima fama actual nos haría pensar. La caricaturizada Corea del Norte fue, durante muchos años, bastante más próspera que su vecina del sur. Repartió el 50% de la tierra, permitiendo una cierta actividad privada en el campo, impuso la jornada de 8 horas cuando en los países de la órbita soviética se trabajaba hasta la extenuación según las órdenes que emanasen del partido, y puso un gran énfasis en incorporar a la mujer al trabajo en condiciones de igualdad con los hombres. Quién sabe si los ideólogos de la izquierda occidental no habrán bebido, en secreto, de las políticas de King Il-sung para diseñar casi cien años más tarde sus planes de igualdad. Sin embargo, King Il-sung empezó a dejar rezagada a Corea del Norte al mismo tiempo que crecía su figura como emperador rojo. Tras su muerte, cuando ya había hecho aprobar la designación de su hijo como sucesor, Corea del Norte vivía la pesadilla de un país encerrado en sí mismo, entregado a una imposible autosuficiencia.
En el sur mandaba Syngman Rhee, un escritor, político, anticomunista feroz y nacionalista coreano, enfrentado, como resultaba lógico, a la ocupación japonesa. Era todavía un joven estudiante cuando fundó “el club de la independencia”, cuyo único propósito era alejar a japoneses y rusos de cualquier influencia en Corea. Tras la Segunda Guerra Mundial regresó a Corea en los brazos y en el avión particular del general MacArthur para hacerse cargo de Corea del Sur. Desde el primer momento, dejó claro que sus intenciones eran hacer realidad su sueño de un país único e independiente de cualquier influencia. Para ello, se embarcó como nadie en una cruzada anticomunista.
Las hostilidades de la guerra de Corea las iniciaron desde el norte el 25 de junio de 1950. Gracias al vigor militar y económico que soviéticos y chinos les brindaban a las tropas de King Il-sung, en pocos meses tomarían Seúl. La guerra parecía decantada hacia el norte. Hasta que el amigo americano de Syngman tomó cartas en el asunto. Tras dos años de atroces idas y venidas, del norte al sur, se alcanzó un armisticio que dejaría las cosas tal y como estaban antes de la guerra. El paralelo 38 seguiría separando a los hermanos coreanos. Más de tres millones de civiles pagaron con sus vidas los apetitos colonialistas de soviéticos y norteamericanos.
“Imposible decir adiós” nos transporta a aquellos años. Pero descubre algo más trágico que los horrores propios de una guerra. Syngman, el presidente del Sur, en su cruzada anticomunista, creó una lista, la llamada “Liga Bodo”, en la que obligaría a apuntarse a civiles que pudieran estar contaminados con las ideas comunistas. Su fin, les decía a los ingenuos habitantes de Corea del Sur, era “reeducarles”, sacarles de su alma y su cerebro cualquier brizna roja. La familia de Inseon, en el libro de Han Kang, se lamentaba de lo que le sucedió a su familia echándole la culpa a unos pocos rojos que atacaron a policías y militares, unos cobardes que luego se refugiaron en las montañas cuando ya habían dispersado la semilla del odio. Las huestes de Syngman animaban a la población civil a que se apuntasen a la Liga Bodo. Todo buen ciudadano tenía que limpiar su espíritu de las ideas falsas y peligrosas. Así, miles de civiles inocentes, sin el menor fundamento ideológico que les vinculase a los “rojos”, se apuntaron.
Tras la invasión de las tropas de Corea del Norte, Syngman Rhee ordenó la ejecución de todos los alistados en la Liga Bodo. Sin la menor piedad, con la formalidad y la disciplina de los asiáticos, comenzaron los fusilamientos. En las playas de la isla de Jeju, donde se desarrolla la historia de “Imposible decir adiós”, fusilaron a centenares de hombres, mujeres y niños. A otros muchos los arrojaron al mar, maltrechos pero vivos, con las manos atadas, después de haberles destrozado la espalda a culatazos. Cuando los americanos aparecieron en la escena, no hicieron muchos ascos a aquellas prácticas. Decían que no querían entrometerse en los “asuntos internos” de su defendido socio asiático. Sin embargo, cuando las cifras de asesinados alcanzaban ya niveles escalofriantes, recomendaron a Syngman que parase la masacre. Con poco éxito.
El lado oscuro de la historia de Corea del Sur ha estado tapado muchos años para conseguir el olvido colectivo. Los pocos supervivientes y sus familiares querían que se investigase. Seguramente, los diferentes gobiernos surcoreanos y los Estados Unidos no querían que el mundo se removiese con la incomodidad de los descubrimientos de fosas comunes con restos de miles de ejecutados. En 2006 se creó, al fin, la Comisión de la Verdad, con el propósito de documentar el horror. Los investigadores, guiados por los pocos testimonios todavía accesibles, rastrearon fosas, minas y hasta una de las pistas del aeropuerto de Seúl. Syngman era un anticomunista convencido, pero cuando se trataba de idear una salvajada impropia del ser humano, no dudaría en seguir el ejemplo de Stalin. El sátrapa soviético construyó una carretera de algo más de 2.000 kilómetros sobre los huesos de los señalados. Todo el mundo en Rusia la conoce así, la “carretera de los huesos”. El libro “Diarios de Kolimá”, del periodista francés Jacek Hugo-Bader, deja atónito a cualquier lector, por insensible que sea, con el relato de uno de los episodios más siniestros de la represión estalinista. Syngman se conformó con menos: fusiló a centenares de compatriotas junto a una fosa que muchos años más tarde sería tapada con el pavimento de una de las pistas del aeropuerto de Icheon, en Seúl.
Existieron muchas otras listas como la de la liga Bodo. Los habitantes de la Corea, que hemos querido llamar democrática, sufrieron durante la guerra y después de su fin la violencia de un régimen que en poco se diferenciaba, por entonces, del norte. El padre de Inseon, como cualquier otro hombre en la isla de Jeju, quedó atrapado entre dos opciones: quedarse en la isla y ser fusilados por estar en la Liga Bodo o apuntarse al Minbodan, el movimiento de liberación que lideraba Syngman al que se le atribuyeron las matanzas masivas perpetradas tras el inicio de la guerra de Corea.
Los libros de Han Kang refuerzan a los que pensamos que no existe una verdad irrefutable. Nada es lo que parece. La vida y la historia son más complejas que lo que se nos muestra en la superficie. Lean, amigos, lean como único alivio a los prejuicios, al olvido y a las doctrinas. Y lean, lean a Han Kang. Ni los horrores que encierran sus relatos contaminan la frescura y el encanto de su prosa.

2 Comentarios
Gloria
Apuntado. Solo he leído cuando ganó El Nobel La Vegetariana y me gustó mucho. Y la historia de las dos Coreas que desconocía con esa profundidad, muy interesante
Gloria
Interesante la historia de Corea, que desconocí a con tanto detalle y pensaba seguir leyendo alguno más de Hang Kang. La Vegetariana me encantó