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#27 Walter Ferguson: el rey del calipso

Finales de abril, una cabaña cualquiera junto a la playa en el Caribe costarricense está poco concurrida. Un matrimonio británico, él, frente a una fila de cervezas consumidas y la mirada perdida hacia el horizonte dorado y rojizo que perfila un nuevo atardecer caribeño, mira de reojo a una chica inconfundiblemente local que se pavonea en la barra del bar mientras canta en una  jerga irreconocible; su esposa, más interesada por los abdominales del camarero, de torso desnudo y unos pantalones descoloridos del salitre y tantos atardeceres, deja que se le caliente una pócima que podría ser una caipiriña. Un par de turistas recién llegados, deslumbrantemente blancos, animados tal vez por el aroma inconfundible a marihuana, se sientan junto al inglés para preguntarle por la música que suena de fondo. Molesto por la repentina interrupción de sus sueños, les contesta con un tono sospechosamente rudo: I have no idea. La chica de la barra, a lo lejos, les dice en “mekateliu”, el inglés criollo de Limón, Costa Rica, una especie de “déjame que te cuente” en un inglés macarrónico, que se trata del rey del calipso: Walter Ferguson.

            Dicen que el calipso es una música nacida en Trinidad y Tobago que luego se fue extendiendo por todo el Caribe, desde las Antillas hasta Costa Rica y Panamá. La singularidad del calipso es el asombroso mestizaje de idiomas. Mezclan por igual inglés, francés, español y cualquier idioma o dialecto de origen africano. Los historiadores musicales relatan que los primeros que empezaron a cantarlo fueron los esclavos africanos llevados por los ingleses para el cultivo de la caña de azúcar en la isla de Trinidad. Después, muchos de esos esclavos fueron vendidos, separados de sus familias y repartidos por todo el Caribe. Primero llegaron a la cercana Venezuela. El nuevo género musical se llamaría allí calipso de El Callao, pues hasta ese pueblo llevaron a centenares de esclavos para explotar las minas de oro del valle del río Yurnari. Allí desembocaron decenas de grupos de esclavos procedentes de diferentes puntos del Caribe y América. Como si de un sancocho se tratara, las culturas y las lenguas se fusionaron a través de la música, el mejor alivio para soportar las penas, la nostalgia y la desesperanza, pero también para dar gracias por seguir vivos.

            Las letras del calipso honran el origen de sus autores, orgullosos de sus raíces africanas. Cuentan chismes, noticias, bromean cuando la mala suerte les persigue, o hacen crítica social camuflada por la sorna en una época en la que la crítica del esclavo a sus amos era garantía segura de castigo. Algunos entendidos del arte musical comparan el calipso con los corridos mexicanos, las coplas de Cádiz o la canción protesta andina.

            Para acompañar las punzantes letras de un calipso, cualquier instrumento era bueno. En Trinidad empezaron acompañando los cánticos percutiendo barriles de petróleo destartalados. De tanto golpearlos, la base terminaba por ahuecarse, creando una forma cóncava que, con el tiempo, se transformaría en los Steel drums o tambores de acero. Guitarras, ukeleles, armónicas, clarinetes. Todo vale para el calipso, el revoltijo musical, que es la definición más precisa de la cultura afro caribeña.

            De entre todos los intérpretes de calipso hay uno que destaca por encima de todos. Se acaba de cumplir el segundo aniversario de la muerte de Walter Ferguson, el universalmente nombrado rey del calipso. Murió a la edad de 102 años en Cahuita, en la provincia de Limón, en Costa Rica, donde se crio y de donde no quiso marcharse ni cuando se convirtió en referente mundial del calipso. Su vida transcurrió entre pequeños huertos, que apenas le daban para vivir, y enfrentamientos musicales con otros calipsians que acudían atraídos por su fama para retarle.

            El origen familiar de Walter Ferguson es un ejemplo del caleidoscopio de culturas que pueblan el Caribe. Nació en Guabito, Panamá, a pocos kilómetros de la frontera con Costa Rica, una pequeña villa bañada por el mar por el que llegó su familia a finales del siglo XIX con la sombra de la esclavitud todavía persiguiéndoles. Su padre, panadero, llegó desde Jamaica y su madre, costarricense de origen jamaicano, buscaron algo de prosperidad en el cultivo del banano y el café. Cuando tenía apenas seis años, se mudó junto a toda su familia a Cahuita, atraídos por las oportunidades que brindaba la gran obra del llamado Ferrocarril Atlántico, un proyecto que pretendía unir la capital de Costa Rica, San José, con el puerto de Limón, el único puerto costarricense desde el que se exportaba el café y los bananos. Su ejecución fue tan caribeñamente parsimoniosa que, habiéndose empezado la construcción en 1890, habría que esperar hasta 1995 para verlo finalizado. 

Walter Ferguson, el padre del que fuera bautizado como calipso limonense, compuso más de 150 calipsos, muchos de los cuales han sido versionados por decenas de grupos musicales, desde mexicanos hasta andinos y norteamericanos. Le llamaban el rey de las bromas, pues el sentido del humor presidía todas sus composiciones. Una de las canciones más famosas de su repertorio es “Cabin in the whata”. Cuenta la historia de un buceador y pescador, Bato, amigo de Walter, que quiere construirse un lugar donde vivir. Bato, como otros centenares de familias, había sido expulsado a la fuerza de su casa para dejarle sitio al Parque Nacional de Cahuita y al ferrocarril. No le quedó más remedio que hacerse una casa sobre el mar. Pero ni siquiera así conseguiría su sueño. La funcionaria que vigila el Parque le dice que tiene que demoler su casa en el agua. Walter no termina de creerse que Bato se haya convertido en constructor, pero le reconoce que la casa estaba muy bien.

            Si necesitan darles rienda suelta a los sueños, busquen en cualquiera de las plataformas alguna de las canciones de Walter Ferguson, cierren los ojos y dejen que la magia de sus calipsos les meza en una playa caribeña. No traten de entender la letra. Sonrían. Cuando vuelvan a abrir los ojos, no se sorprendan si lo que ven es una puesta de sol sobre arenas plateadas y aguas de un turquesa insultante.

1 Comentario

  • Gustavo
    Al corriente 03/03/2025 en 16:24

    Nunca habia oido hablar de este tio… gracias Tomas!

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