El 22 de marzo se han cumplido 130 años desde la primera proyección pública de algo que podría considerarse una película. Fueron tan solo 52 segundos que mostraban la salida de trabajadores de una fábrica en Lyon, la fábrica de los hermanos Lumière. El título no podía ser otro que “La salida de la fábrica”, un documento sin sonido que, sin embargo, maravillaría a los afortunados asistentes al evento, todos ellos miembros de la Sociedad para el Desarrollo de la Industria Nacional, francesa, se entiende, unas 200 personas que fueron los primeros espectadores de una industria que, más de un siglo después, es uno de los motores económicos y culturales más importantes de nuestro mundo.

Las celebraciones no han parado de repetirse, algunas de ellas no exentas de controversia. En 1935, cuarenta años después de la invención, Louis Lumière, uno de los genios que cambiarían el mundo, no tuvo ningún reparo en conmemorar su gesta en un acto en Roma, con Mussolini, que pretendía competir con la industria del cine americano como parte de su sueño de una gran Italia. Benito, cansado de que sus ciudadanos emigrasen a los Estados Unidos para, desde allí, contribuir al boom del cine de Hollywood, pensó que nada mejor que hacerse con la simpatía de aquel francés, que, años más tardes, tampoco le haría ascos al gobierno de Vichy. Nada de ello impediría que le nombrasen primer presidente del Festival de Mundo Libre, más tarde convertido en el glamuroso certamen de Cannes.
La más original de las celebraciones fue, sin duda, la del centenario. En 1995, el guionista francés Philippe Poulet tuvo la ocurrencia de convencer a 41 de los mejores directores de cine mundial para rodar un corto con unas reglas muy precisas y retadoras. La duración no debería exceder de 52 segundos, tenía que rodarse usando las mismas técnicas que emplearon los hermanos Lumière, con su cinematógrafo, podían tener sonido de fondo, si bien no sincronizado con la imagen, y no podían realizar más de tres secuencias diferentes. El resultado es un documental genial, con historias breves, pero no exentas de valor dramático en muchas de ellas (https://www.youtube.com/watch?v=N0FaEuL49-M&list=PL_85xDL_t7aV72gKuFBi8SQYbhxJIo_hN&index=32).
Si Auguste y Louis Lumière hubiesen sido conscientes de lo que estaban creando cuando trasteaban con aparatos de fotografía, seguramente habrían deseado la inmortalidad más que los incontables, actores, actrices, directores o guionistas que la han alcanzado en los 130 años transcurridos. A la magia de los contadores de historias, que desde el origen de la civilización nos hacían soñar mediante la palabra, el relato o la poesía, se le añadió un medio imbatible para que broten las emociones: la imagen. La industria del cine y el entretenimiento generó en 2023 más de 100 mil millones de dólares en todo el mundo. Hay centenares de países cuyo PIB es inferior a ese valor. Además, crece a una media aproximada del 10% anual. En 2030 se estima que el tamaño del mercado cinematográfico alcanzará los 200 mil millones.

La larga historia del cine y el entretenimiento ha asistido al crecimiento de un líder indiscutible. Se llama Hollywood. Y, pese al auge reciente de otros monstruos, como China, Bollywood (India), Nigeria, Corea o Turquía, que han ido creciendo por el impulso propio de su población, las producciones americanas vienen siendo consistentemente las más taquilleras. Los grandes mitos del cine, actores, actrices y directores se han fraguado desde los albores de esta industria en los estudios de California. No hay actor, guionista o director que no sueñe con pasearse por las calles de Los Angeles y, tal vez, tener una estrella en el Paseo de la Fama, donde hay más de dos mil estrellas de cinco puntas recordándonos el nombre divos y divas que han escrito algunos de los mejores episodios de la historia del cine.
A España no tardaría mucho en llegar el nuevo arte. Solo dos años después de la proyección de los hermanos Lumière, se proyectaba la que se considera primera película española, un corto de poco más de un minuto titulado “Salida de misa de doce del Pilar de Zaragoza”. Se conoce que a nosotros nos importaban más los asuntos religiosos que los industriales.
Los avances de esta industria se fueron sucediendo en España, casi en paralelo con lo que sucedía en otros países. Los primeros directores españoles se afincaron, sobre todo, en Barcelona. Allí se hicieron famosas las películas llamadas “españoladas”, documentales, la mayoría de ellos, pero también relatos, que mostraban la vida cotidiana de los españolitos de a pie, un cine repleto de estereotipos que no nos dejaba demasiado bien como sociedad.
Durante guerra civil española, ambos bandos utilizaron el cine como otro artilugio con el que combatir al enemigo, como una herramienta propagandística e ideológica. Mientras Hollywood ardía de esplendor, en España nos tocaba lidiar, también en el cine, con un largo período oscuro. La censura se convertiría en el actor más importante en aquellos años de oscurantismo y muchas de las películas más deseadas, de las que sabíamos a escondidas por la recomendación de algún afortunado que había viajado fuera de nuestras fronteras, solo podían disfrutarse si viajabas a Hendaya o Perpiñán. Para muchos de mi generación, no nos quedó otra alternativa que esperar a la llegada de la democracia para hartarnos de buen cine.
En la actualidad, la industria del cine en España presenta un escenario contradictorio. Según el anuario del cine que publica el Ministerio de Cultura, correspondiente a 2023 (https://www.cultura.gob.es/cultura/areas/cine/mc/anuario-cine/anuarios/ano-2023.html), el número de largometrajes producidos prácticamente se ha duplicado desde 2013, mientras que la recaudación de las películas españolas muestra un declive que no parece tener suelo. Ello ha ido en paralelo con la ingente aportación de ayudas de las administraciones, gobierno central —135 millones destinó en 2023— y gobiernos locales, así como con medidas de fiscalidad que han favorecido también la multiplicación del número de productoras. En la actualidad hay más de 600 productoras afincadas en España, más del doble de las que había en 2013.

Los resultados económicos del sector en España muestran una realidad preocupante. De media, la producción de un largometraje cuesta aproximadamente tres millones de euros, más del 50% destinados a personal, mientras que la recaudación no llega a los 300 mil euros. Es decir, por la vía de las ventas, el sector solo recupera, de media, un 10% de los costes. Un número notable de las películas producidas no llegan a las salas de exhibición o, si lo hacen, duran en la cartelera muy pocos días. La conclusión es evidente: sin la ayuda pública, el cine español tendría un horizonte deprimente.
Hay un debate en la sociedad que se pregunta si no se estará cometiendo, de nuevo, el mismo tipo de errores que se cometían cuando el cine era, sobre todo, herramienta para la propaganda y el castigo al adversario, un estigma que solo podrá limpiarse con el buen cine, la mejor solución para los males económicos de la industria inventada por los hermanos Lumière.
