En el taller de costura de una de las firmas más cotizadas por las mujeres de la sociedad madrileña, amantes del buen vestir y la elegancia, la llaman Beti. Podría llamarse Charo, o Costi. Fueron muchas las jóvenes, extremeñas y de otras regiones españolas, las que llegaron a la capital a la sombra de unos padres que tuvieron que emigrar en busca de un mejor futuro, para contribuir con su esfuerzo y su arte innato, muchas veces poco reconocido, al florecimiento de la alta costura española.
Beti, cuando solo era una niña de poco más de tres años, observaba a su madre cómo hacía la ropa de toda su familia. Sin estudios ni formación, era capaz de trazar patrones, lo mismo para unos pantalones que para un vestido o una falda, ajustaba con precisión la sisa de chaquetas de paño y pana de su padre, una prenda robusta para el trabajo recio que tenía en el ferrocarril; o marcaba con precisión de cirujano las pinzas en los primeros pantalones de vestir de su hermano mayor, que ya pensaba en marcharse a Madrid. Lo hacía por la noche, a la luz de un carburo, en el único rato que sacaba después de un día de faenas.
A Beti le daba sueño verla, pero se lo aguantaba para no perderse la rapidez con la que cosía los pespuntes. Las manos de su madre le parecían mágicas. El día de su cuarto cumpleaños quedaría grabado en la memoria de Beti para siempre. Su madre, le regaló un juego de agujas, una cajita metálica llena de alfileres con cabezas de colores y un dedal que, ¡oh maravilla, le ajustaba en su diminuto dedo corazón de la mano derecha! Después, su madre le enseñó a sobrehilar, y en un pequeño trozo de tela que había quedado de unos pantalones, guio sus dedos para hacer su primera abotonadura.
Desde aquel día, Beti y su hermana mayor libraban a su madre de hacer los remiendos, la tarea más sencilla de la costura. Les decía que las dos habían salido muy mañosas, que podrían ganarse la vida haciendo vestidos o cosiendo para las señoras de dinero. Una mañana, su padre y su madre se sentaron frente a ellas, en la cocina, las migas ya preparadas, para decirles que se irían a Madrid. Primero ellas y el hermano mayor. Luego se les unirían ellos. Se tenían que quedar unos cuantos años más al cuidado de las pocas pertenencias mientras buscaban otra ocupación en la capital.
El viaje en tren les pareció eterno. Su padre los había acompañado hasta el vagón para pedirle al revisor que cuidara de ellas y de su hermano mayor. En cada cuesta, la máquina de vapor parecía incapaz de coronarla. Asomándose a las ventanillas, vieron cómo se bajaba uno de los maquinistas para echar arena en los raíles, la única forma de que agarrase para seguir su lento deambular por las vías del ferrocarril que hacía la ruta desde Badajoz a Madrid. A Beti le pareció que era muy tarde, de noche, cuando al fin llegaron a la estación de Delicias. Luego se subieron a un tren subterráneo, que su hermano les dijo que se llamaba metro. Por fin, en la última parada, se bajaron para ir caminando con sus pequeñas maletas hasta una casa en la que vivían unos primos. La estación se llamaba Portazgo. A Beti le hizo gracia el nombre, pensó que se llamaba así porque habría unas puertas enormes.
Primero encontró trabajo su hermano. Había estudiado, por correo, una profesión que a Beti le sonaba intrigante. Delineante. Luego, de inmediato, a su hermana mayor la admitieron en un taller en el que fabricaban bolsos de tela. Pocos días después, sin saber cómo, la vio aparecer con una bolsa llena de postales con la figura de una mujer. Tenían que coserles un corpiño y una falda fruncida para vestirlas de traje regional.
A Beti se le daba muy bien. Era muy rápida y precisa con la aguja. Se pasaba todo el día, encorvada, frente a una pequeña mesa camilla que en los inviernos cubrían con una manta para que el calor del brasero no se escapase. Beti siempre ha sido friolera. Casi no salía de casa. Además, se encargaba de la comida de sus dos hermanos.
Una tarde llamaron a la puerta, poco después de comer. Le extrañó porque a esa hora todos los de la casa estaban en sus ocupaciones. Su hermana había conseguido un trabajo en el taller de unos grandes almacenes. Volvía muy tarde. Y su hermano mayor nunca llegaba antes de las nueve de la noche. Era una señora a la que no conocía de nada, bien vestida, con un abrigo que parecía caro. Le dijo que le habían contado que allí vivían dos hermanas costureras. Necesitaba un vestido para la comunión de su hijo.

Ese fue el primer diseño de Beti. No quiso decírselo a su hermana. Ya tenía doce años bien cumplidos, camino de trece, y se creía capaz de seguir los pasos de su madre. La hizo pasar, le preguntó qué tipo de vestido quería, la tela, el corte, si la falda la quería con vuelo o con caída, si le gustaría que tuviera algo de pedrería. Su primera clienta comenzó a explicarle mientras Beti comenzaba a tomarle medidas sin anotarlas. Era capaz de retenerlas en la cabeza.
No le importaba si el precio que había pactado era poco o mucho. Con el dinero que tenían en casa para la comida, se marchó todo lo rápido que pudo hasta Almacenes Pontejos, una tienda con todo lo que necesitaba para aventurarse con su primer vestido. Hilos, telas, adornos y complementos, papel para los patrones, tizas de jabón para marcar y unas tijeras de verdad. Su primera clienta quedó verdaderamente satisfecha. Al día siguiente de hacerle las últimas pruebas, el timbre de la casa de Beti volvería a sonar. Así daría comienzo una carrera que la llevaría a ser la costurera de referencia para algunas de las tiendas más selectas de Madrid.

Centenares de costureras como Beti se dejaron los ojos durante años, en talleres que servían a la alta sociedad madrileña, con jornadas eternas. O ejercían su oficio desde sus propias casas, sin descanso. La mayoría llevaban el arte dentro, pura intuición y genialidad. Pocas tuvieron la suerte de recibir formación, de conseguir lo que se llamaba el título de “corte y confección”. No cuesta imaginarse de lo que habrían sido capaces si hubiesen tenido la oportunidad de estudiar en La Escuela de Arte de París, por ejemplo, uno de los referentes de la moda universal. O en el Instituto Marangoni, el referente de la moda italiana.
La historia de este relato es tan cierta que cualquiera que se adentre en una de las tiendas de las calles de la moda descubrirán que, detrás de los escaparates con modelos de alta costura, hay un taller en el que una costurera callada, precisa y brillante, da las últimas puntadas al vestido de alguna señora de la alta sociedad. Pasen y pregunten por Beti. Si no está, tengan la seguridad de que habrá pasado por allí, dejando su huella, su cariño y su alma en cada vestido y en cada pliegue.

1 Comentario
Silvia
Que bello relato dedicado a tus hermanas, al esfuerzo y tesón de tantas mujeres en la sombra! Palabras que emocionan aún más en estos momentos…