Sentado sobre las ruinas del edificio donde antes estaba la tienda familiar, tiene la vista clavada en un grupo de niños que se pelean para hacerse con las últimas migajas de comida que reparte una oenegé. Uno de ellos es Khalil, su nieto. El único superviviente de la familia de Mahmoud.
Eran afortunados, regentaban un negocio que siempre fue bien. Vendían frutas, tomates y hortalizas que se las proporcionaban los pocos agricultores que se rebelaban a las restricciones de agua y la persecución impuesta por las tropas israelíes. También vendía dátiles de los palmerales de Gaza. Mahmoud siempre se negó a vender los que se cultivan en los asentamientos de los judíos, más allá de los límites de la Franja, en tierras arrebatadas por los colonos a los palestinos. Especias, comida enlatada, té y otras bebidas, papelería, libros para las escuelas. Y todo lo que podría encontrarse en las viejas ferreterías de cualquier ciudad.
La tienda la atendían sus hijas. La que mejor vendía, la preferida de Mahmoud, era Noah, la madre de Khalil. Siempre estaba alegre, confiando en la vida. Por más que las bombas y las explosiones se acercaban al edificio en el que vivía toda la familia de Mahmoud, ella era optimista. Decía que pronto terminaría la pesadilla, que todo volvería a la normalidad, como había pasado siempre. Los judíos no se atreverían a meterse entre las calles de las ciudades de Gaza. Pronto se cansarían de tirar bombas y se retirarían más allá de la frontera. Siempre había sido así, decía Noah.

El día que cayeron las bombas sobre el edificio, Noah trataba de vender las últimas naranjas de la temporada, las más sabrosas. Las que caían al suelo amodorradas de tanto zumo. La masa de cascotes y polvo gris vieron cómo las naranjas escapaban de las manos de Noah, rodando hacia el centro de la calle. Cuando todo estalló, Noah estaba volviéndose hacia el interior de la tienda. Un último cliente le había pedido algo, tal vez alguna bombilla, esperanzado de que volviera la luz a su casa. O alguna especia de las que Noah guardaba para los mejores clientes. Mahmoud lo vio todo desde la acera de enfrente. Aturdido, se giró hacia la tienda justo cuando la primera bomba explotaba. Rígido, como una estatua de sal, no se movió para esquivar los cascotes. Uno de ellos le golpeó en la pierna. Ya era tan insensible al dolor, que no se dio cuenta de que le habían roto la tibia. Khalil estaba en la escuela. Las bombas, ese día, respetaron a los niños.
Rebaña como puede el barreño. Después se echa a llorar y vuelve hacia Mahmoud. Tiene hambre y sed. Encontrar agua se ha convertido en una tarea imposible para él. Cuando llegan las oenegés y hacen el reparto, Khalil, con sus ocho años, pequeño, de ojos casi negros, como su madre, anegados de lágrimas y suciedad, con los brazos convertidos en dos alambres, siempre pierde la batalla contra los mayores, o contra las mafias que se hacen con buena parte de la poca comida que llega. Cuando comienzan las peleas, llegan los militares, disparando, vaciando sus rifles contra la multitud. Mahmoud no puede meterse en esos líos. Espera en pie, apoyado en un trozo de tubería de plomo que lo usa como bastón, con la esperanza de que Khalil consiga un poco de agua, o algo de comida.
—Yadd, Yadd, tengo hambre, ¿por qué?, ¿por qué? — le grita Khalil, hipando.
Mahmoud no tiene respuestas para su nieto. Sabe que les quedan pocos días, tal vez horas de vida. Lo único que desea con toda su fuerza es que Khalil sobreviva, aunque para unirse a la riada de palestinos que huyen hacia el sur, hacia la frontera con Egipto.
—Te voy a contar una historia, Khalil —le dice Mahmoud abrazándole, sentados sobre dos cascotes —. Érase una vez un Hombre, un miembro de los hachemíes, que eran las familias más poderosas. Tenían comercios, como nosotros, viajaba con su madre a Siria, hasta el gran mercado de Damasco, para comprar las mejores especias y las telas más caras venidas de Oriente. Se quedó huérfano muy pronto, como tú, y su tío Abu Talib se encargó de cuidarle. Dios ha querido que yo cuide de ti ahora… Siendo todavía muy joven, ese Hombre comenzó a recibir la inspiración divina.
“Dios comenzó a revelarle una guía para la vida, para que se la narrara a toda la humanidad. Emprendió su caminar en solitario, explicando a todos los que salían a su encuentro que existe un solo Dios. Se sentaba en las plazas, o en medio de las calles, como nosotros, para recitar unas letanías. Pronto se le unieron otros que creyeron en las revelaciones que recibía ese Hombre. Pero las autoridades y los infieles empezaron a perseguirles por sus rezos. Arrestaron a muchos de ellos, igual que hacen los judíos ahora con nosotros, los palestinos. Los maltrataron y lapidaron. Pero nuestro Hombre estaba tranquilo y convencido de que su credo era justo.Algunos de sus seguidores le abandonaron para evitar ser perseguidos.
“Sus enemigos crecieron en número y acorralaron a sus prosélitos. Una noche, entraron en su casa y mataron a su tío, el que le había protegido desde niño. Desalentado, se preguntaba si estaba en el buen camino, se arrodilló para rezar y entonces recibió otra revelación. Dios le dijo que tenía que eliminar a los infieles de la faz de la tierra y que solo los que comprendieran sus mandatos merecerían seguir viviendo.
“Con todo su esfuerzo y enorme devoción, consiguió que sus fieles crecieran y crecieran hasta llegar a convertirse en un ejército tan poderoso que podría vencer a las legiones enemigas. De entre todos ellos, los más fuertes e impíos eran los judíos que reclamaban que el único Dios verdadero les pertenecía. Viendo la fuerza que acumulaba nuestro Hombre, las tropas judías se organizaron para atacarle y convertir a todos los habitantes de la tierra a la fe que ellos defendían. La guerra era inevitable. Las tropas de nuestro Hombre, inferiores en número, pero ungidas de la fuerza de su fe, consiguieron hacer retroceder a los ejércitos judíos hasta ´más allá del Jordán. Desde entonces, los judíos viven diseminados por estas tierras, habiendo sido expulsados de la Meca y de Medina, de Siria y de los territorios al este del gran río Jordán.
“Las tropas de nuestro Hombre aplastaron la última ciudad judía que se le resistía. La cercaron durante treinta días. Sin agua ni comida, casi todos perecieron. Pensando que no encontrarían a nadie con vida, las tropas de nuestro Hombre entraron en la ciudad. No quedaba ningún edificio en pie, como aquí. A lo lejos, nuestro Hombre vio a una niña. Asombrado de que hubiera sobrevivido, se acercó a ella. Se llamaba Noah, como tu madre, y su familia tenía una tienda muy parecida a la nuestra. Conmovido, nuestro Hombre se apiadó de ella y ordenó a sus ejércitos que la cuidaran y dieran de comer.
—¿Quién era ese Hombre, abuelo?—le preguntó Khalil.
—Ese hombre era el Profeta, nuestro guía. Y su historia y el Gran Libro cuentan que árabes y judíos llevamos siglos peleando y matándonos. Ahora, los judíos son más poderosos, pero son infieles y un día pagarán por lo que nos están haciendo. Tienes que sobrevivir, Khalil, para que tú también guíes a nuestro pueblo contra los herejes.
El sueño empezaba a adueñarse de Khalil. Durante los últimos dos días, no habían sido capaces de encontrar un sitio donde dormir. Mahmoud le acunó, tapándole las piernas con su chaqueta, sucia y rota pero todavía cálida. Empezaba a anochecer. Las explosiones seguían avanzando, ahora más al sur, quizás persiguiendo a la riada de palestinos que huían hacia Egipto. El atardecer dorado, tan bello, pintaba de rojo las ruinas de los edificios que estaban frente a la tienda de Mahmoud. Un poco más lejos, se escuchaba el ruido inconfundible de tanques y vehículos pesados.
El latido del corazón de Khalil y su cuerpo, tierno y cálido, hicieron que Mahmoud cerrase los ojos por un instante. El sueño fue muy breve, como un pestañeo. Era verano, las calles estaban llenas de hombres, mujeres y niños que entraban y salían de los bazares. La música de la tienda de telas y vestidos que estaba justo frente a la suya latía en su cabeza. Sonaban melodías yemeníes, danzas que bailaba la reina de Saba.
El sol caía despacio, muy despacio.
Hasta que la oscuridad se adueñó de todo.
