Vivimos tan acelerados, que no nos importan ni la magnitud ni el sufrimiento que esconden las malas noticias. Pasamos sin pestañear de la muerte de decenas, centenares de palestinos por un nuevo ataque israelí a un accidente aéreo con cuatrocientos muertos en la India. Si acaso abrimos los ojos, entonamos un “qué pena” y luego volvemos a la rutina diaria de la indiferencia.
¿Quién se acuerda ya de las mujeres afganas? ¿Recuerdan las imágenes dramáticas de miles de afganos intentando subirse a un avión militar huyendo de los talibanes que acababan de hacerse con el control del país? ¿Alguien se conmueve pensando qué será de ellos?
Duele pensar que nuestra sociedad es capaz de digerir las imágenes de hambrunas en Sudán, o Etiopía, apenas unos segundos en algún noticiario, mientras comemos en el salón de casa. Que dedica un leve levantamiento de cejas ante la masacre y violaciones de miles de mujeres en algún punto remoto del continente africano, en el Congo, tal vez, o en Ruanda, sin saber muy bien dónde se encuentran esos países.
¿Qué deberá suceder para que nos emocionemos? ¿Qué guerra o crimen alejados alimentará en nosotros un sentimiento que dure más de unos segundos? ¿Más de un clic? ¿Acaso somos marionetas cuyos hilos mueven otros? ¿Vemos los acontecimientos que otros eligen? ¿Realmente, somos individuos indiferentes a cualquier dolor?
En estos días asistimos a un notable número de manifestaciones y declaraciones de apoyo a los palestinos, atrapados en la Franja de Gaza y sometidos a un bombardeo diario. Diferentes organizaciones políticas y oenegés intentan acudir en su auxilio. Hasta se han fletado barcos para llevar ayuda humanitaria a alguno de los asolados puertos de la zona. El resultado de estas iniciativas es decepcionante. Ninguna de las proclamaciones, sean hechas por la Unión Europea, España o partidos políticos diversos, ha conseguido torcerle el brazo a Benjamín Netanyahu, el líder israelí que ha embarcado a su país en una de las más criminales guerras contra Hamás, Hezbolá e Irán.

Puede que las malas noticias no pasen el fino filtro de los intereses de gran parte de la sociedad. Solo de ese modo podría entender que, en conjunto, nos mostremos indiferentes al dolor, el abuso, a la muerte dolorosa e injusta de millones de seres humanos, tan dueños del derecho a una vida justa como los que observan, por un instante, desde un cómodo sofá cómo se la arrebatan.
Quizás sea una cuestión de la distancia donde ocurren los hechos. Tal vez seamos indolentes por naturaleza. Apáticos a cualquier dolor lejano.

POLITICA SUR DE SUDÁN INTERNACIONAL
SIEGFRIED MODOLA/REUTERS
Mientras escribo este relato, la Agencia Efe informa que han muerto 35 civiles en el sur del Chad, en la localidad de Mandakao, en el sur del país. Según las fuentes oficiales, los enfrentamientos se deben a una guerra abierta entre agricultores y ganaderos por el control y el uso de la tierra. En el Chad cada vez hay menos zonas fértiles debido al cambio climático. Los agricultores se ven forzados a buscar nuevas tierras en el sur, cerca del lago Chad. Justo en la zona por la que transitan las tribus nómadas con sus rebaños recorriendo el Sahel, una tradición milenaria .
En la República Democrática del Congo han muerto centenares de civiles. La persona que ha informado a las agencias se llama Macauré. Cuenta que aquello fue una masacre perpetrada por las FuerzasDemocráticas Aliadas (FDA), uno de los múltiples tentáculos del Estado Islámico. Macauré no sabe decirles a los periodistas la cifra exacta de muertos. Muchos se ahogaron intentando huir a nado por el río Lubero. En una zona en la que no hay cobertura telefónica ni de datos, es imposible saber cuántos muertos llevan a sus espaldas las FDA.
El grupo M23, que son tutsis congoleños, ha tomado la capital de Kivu Norte, en Goma, República Democrática del Congo. Tras su entrada en la localidad se contabilizan miles de muertos, los hombres y niños asesinados a machetazos. Las mujeres y niñas violadas y después asesinadas. El M23 se opone a las Fuerzas Democráticas para la liberación de Ruanda (FDR), integrada por hutus. ¿Recuerdan el genocidio de tutsis que se saldó con millones de seres humanos desplazados y asesinados? Y, a su vez, ¿la matanza de hutus por parte de los tutsis? La guerra y el odio siguen instalados en esa zona del planeta.
En Sudán, dos fracciones del ejército, enfrentados entre sí para ver quién se hace con el control de las minas de oro del país, están provocando la mayor hambruna y el mayor flujo de desplazados desde la guerra de Ruanda. Se miden por miles los muertos diarios, por hambre o por masacres perpetradas por alguno de los bandos.

En el alto Nilo, Sudán del Sur, la ONU alerta de otra gran hambruna. Han localizado un asentamiento de más de 30.000 personas sin agua ni comida, asediados por grupos armados rebeldes opuestos al gobierno establecido. El 70 % de la población de Sudán del Sur se encuentra en situación de hambruna.
Fuerzas libias, más exactamente uno de los generales que controla una parte de la frontera de ese país con Sudán, han atacado a las Fuerzas de Apoyo Rápido sudanesas, forzando el desplazamiento masivo de 300.000 personas.
¿A quién le importan estas guerras? ¿Hace algo la comunidad internacional, la ONU? ¿Qué nombres hay detrás de cada vida arrancada?
No quiero molestar más. La lista de guerras olvidadas es solo eso. Un clic en nuestro móvil. Un rápido movimiento de nuestros dedos en busca de otra noticia. Pura indiferencia.
