Se llama Kristi Noem. Bien entrada en los cincuenta todavía mantiene la imagen de mujer perfecta, Barbie, que la llevó en su juventud a ganar más de un concurso de belleza. Nació en un pueblo de Dakota del Sur, en el centro-norte de los Estados Unidos. Un territorio de rancheros y ganaderos, de cazadores y buscadores de oro. Un territorio del que los inmigrantes venidos de Europa, con la ayuda del general Custer, expulsaron hasta liquidarlos a los guerreros sioux liderados por Toro Sentado. Kristi es la flamante Secretaria de Seguridad Nacional, nombrada por Trump para ejecutar la expulsión de miles de inmigrantes ilegales.
El gigante americano, que tantos dolores de cabeza está dando a todo el mundo estos días con las arremetidas de su presidente, es una gigantesca amalgama creada por la colonización de millones de inmigrantes llegados de todo el mundo, sobre todo de Europa. Según los datos registrados en el Departamento que dirige Kristi, que abarca nada menos que desde 1820, el territorio de los Estados Unidos acogió en los últimos doscientos años a cerca de cien millones de personas deseosas de construir una nueva vida, alejada de las penurias de sus lugares de origen. Ese flujo inmenso es un libro abierto que explica la historia, no solo de los norteamericanos, sino también de buena parte del mundo. Alemanes, irlandeses, italianos, entre otras muchas nacionalidades, plagaron con sus apellidos las raíces de los que hoy dirigen los destinos de América y del mundo. El propio Trump es descendiente de inmigrantes alemanes asentados en Queens, el barrio inmigrante por antonomasia de Nueva York.
Kristi creció en el rancho de su padre, en el condado de Hamlin, Dakota del Sur. Un Estado poco habitado, dividido de norte a sur por el río Misuri, en el que apenas quedan vestigios de sus pobladores originales y la inmigración es mínima. Más del 98% de los ciudadanos de Dakota son de raza blanca. Tal vez como una forma de ironía, los padres de la patria americana decidieron esculpir los rostros blancos de cuatro de los más significados presidentes de los Estados Unidos en las Colinas Negras, la montaña de los “seis abuelos” como la llamaban los sioux. En una colosal estructura de granito orientada hacia el sureste, dominando a lo lejos el valle del río Misuri, que sirvió y sirve como facilitador del comercio de norte a sur, el escultor Gutzon Borglum cinceló los bustos de Georges Washington, primer presidente de los Estados Unidos, Thomas Jefferson, el tercero, considerado padre de la Constitución americana, Abraham Lincoln, quien liderase las tropas de la Unión durante la guerra de Secesión, una guerra civil que llevaría a la consolidación del país y la abolición de la esclavitud, y Theodore Roosevelt, el presidente que se encargó de liquidar los últimos vestigios del Imperio español en América con la conquista de Cuba en 1898. Ahora, Trump pretende que se añada su propio busto a esa galería de ilustres. Quizás ande escaso de méritos reconocibles, pero con toda seguridad acumulará argumentos para nutrir el lado oscuro de los habitantes eternos de la montaña sagrada de los sioux.

Nada más llegar al cargo, Kristi se puso manos a la obra para ejecutar una de las promesas incendiarias de Trump: la expulsión ejecutiva de millones de inmigrantes que viven de manera ilegal en suelo americano. El propio Departamento que dirige estima en más de 12 millones la población que sería deportada. Para sortear las dudas legales sobre los métodos expeditivos que Kristie pretende imponer, la segunda Administración trumpista no ha tenido reparos en utilizar una ley del siglo XVIII, pensada para actuar en caso de guerra y amenaza al suelo que empezaban a llamar de los Estados Unidos. Una ley que nacía cuando cientos de miles de inmigrantes llegaban del otro lado del charco para poblar ese territorio.
En nuestras retinas ya han quedado las imágenes recientes de redadas contra barrios poblados por inmigrantes, collas de presos esposados caminando lentamente para ser embarcados en aviones militares y entrevistas a ciudadanos temerosos de que las patrullas de Kristi les atrapen en cualquier momento. Pocos días después de aposentarse en el despacho oval, Trump suprimió el parole humanitario, una doctrina a la que se acogían casi medio millón de cubanos, venezolanos o haitianos para seguir residiendo en los Estados Unidos pese a no cumplir con los requisitos exigidos para ser autorizados como residentes. Una figura legal que hace excepción en los casos en los que se dan circunstancias humanitarias o de interés especial, como, por ejemplo, ser testigos en procesos criminales. Ahora, también estos afortunados mirarán bien dónde se meten para evitar las redadas.
Pese al despliegue propagandístico y las promesas de una expeditiva expulsión de millones de ilegales, en los primeros meses del errático mandato de Trump el número de deportaciones no ha superado las cifras que se daban durante la Administración Biden. Según una investigación de The New York Times, durante los tres primeros meses en el cargo, Kristi ha sembrado 254 aviones con deportados, una media muy similar a la registrada durante los tres últimos meses en la Casa Blanca del presidente Biden. La única diferencia es que, de todos ellos, 31 fueron vuelos militares, un modo de transporte que apenas empleaba la Administración anterior.

El destino de los deportados viene siendo significativamente el mismo que antes de la parafernalia del hombre del tupé dorado. Ciudadanos procedentes de México, Centroamérica, Colombia o Venezuela concentran la mayor proporción de expulsados del paraíso americano. Pero los analistas del fenómeno de la inmigración americana destacan que el ritmo de deportaciones es más lento que durante el mandato del anciano y vacilante Biden.

¿Estaremos asistiendo a un nuevo farol de Trump? ¿Será la inmigración y las deportaciones ejecutivas otro ejemplo más de la pésima gestión del relato? Quizás la diferencia entre lo que se dice y lo que verdaderamente se ejecuta, en el caso de las deportaciones de inmigrantes, sea un signo de esperanza para entender qué podemos esperar para otras de las alocadas políticas de Trump.
Lo que resulta evidente es que los administradores del paraíso americano ya sean demócratas o republicanos, están dispuestos a acotar el número de afortunados a los que acoger en su sagrado suelo. Toro Sentado ya vio cómo se las gastaba el hombre blanco. Quizás, los que todavía se aventuran a cruzar el Río Bravo deberían verse antes algunas de las películas de indios que narraban, de fondo, la masacre y el exterminio de nativos americanos a manos de las tropas del general Custer. El que toca a rebato con su trompeta en estos tiempos no se diferencia mucho de quien lideraba el Séptimo de Caballería para defender de las flechas sioux a los ancestros nórdicos de Kristi Noem.
