Su vida ha sido un ir y venir por todo el mundo. Es la consecuencia de haberlo apostado todo para hacer una brillante carrera profesional. Por el camino ha dejado a muchos que la auparon en sus comienzos. Era directora financiera de un gran grupo farmacéutico. Pero el destino es demasiado cruel. Ni su propia empresa fue capaz de ofrecerle una solución a los dolores de cabeza que le han robado su vida y su empleo. Ahora vive sola, en un gran apartamento. Rodeada de recuerdos y asolada por el dolor.
En España, casi siete millones de personas sufren algún tipo de dolor crónico. De ellos, un 5 % dicen que el dolor es insoportable, como el de Carolina, incapacitándoles para cualquier actividad laboral e incluso doméstica.
A Carolina le hicieron todas las pruebas posibles. Al principio pensaron que sería un cáncer en el cerebro, pero terminaron descartándolo después de hacerle pasar por mil y una perrerías. Quizás alguna neuropatía vírica, tal vez algún trastorno de la edad, un pequeño ictus no detectado. Todo el sistema sanitario privado, haciéndole pruebas durante meses sin rastros que dieran una pista razonable de su dolencia. El final del camino fue el de muchos otros pacientes: la unidad del dolor, un cajón de sastre al que se entra sin esperanza y nunca se sale.
Carolina era intensa, inagotable, siempre con la chispa suficiente para activarse y activar a los demás. Su dedicación al grupo farmacéutico era titánica. No escatimaba un ápice de energía para seguir creciendo, para abrirse nuevas oportunidades. Sentía que le debía algo a la vida, como si siempre tuviese que ganarse el reconocimiento de un mundo dominado por hombres. Tenía que asombrar. Cada día y en cada decisión.
Su familia y su pareja se alegraban de sus éxitos, claro. De la humildad de su padre ferroviario, que se recorrió decenas de estaciones alineando los raíles y reparando los cambios de vía, a codearse con gobiernos e inversores de todo el mundo que la respetaban hasta el punto de que un día dejaron de preguntarse de dónde había salido Carolina, de qué familia, de qué universidad. El precio que iba pagando a diario era el alejamiento. De tanto olvidarse de sus orígenes fue perdiendo el calor y el apoyo de sus hermanos y de sus amigas. Perdió a su pareja, su amor de toda la vida, quizás cansado de no verla o de verla apenas unas horas, siempre colgada al teléfono.
Un día, cuando volaba desde San Francisco a Londres para asistir a la presentación de resultados de su grupo, empezó a sentir un fuerte dolor de cabeza. Pensó que era debido al jet lag, puro cansancio. Se le hizo tan insoportable, tan desconocido, que no consiguió dormir nada en las cómodas butacas de la clase ejecutiva. Sabía que su agenda no tenía tregua. Un taxi al hotel, una ducha rápida, cambiarse y salir pitando para las oficinas. No podía fallar, era la ponente estrella del evento en el que, para satisfacción de los inversores, repasarían los excelentes resultados de su grupo.
En el hotel pidió alguna medicina para los dolores de cabeza. Con un ibuprofeno en el cuerpo, sin haber desayunado por culpa del tormento que perforaba su cabeza, pidió un taxi para que la llevara al centro de Londres. Por el camino comenzó a preguntarse qué podría causarle la sensación de que un cuchillo le atravesase el cerebro. Sentía su pulso, acelerado, cada vez que recibía una descarga de dolor.
Los asistentes a la presentación vieron en ella una inusual rigidez en su cara. No solo era brillante. Además, conseguía que sus interlocutores se sintieran afortunados al encontrarse con ella. Esa mirada pícara, chispeante. Siempre con la frase justa. Cuando estaba haciendo la presentación, se desplomó a cámara lenta, vencida por el dolor.
Al despertarse en el hospital, fue consciente de lo irremediable. Su vida iba a cambiar para siempre.
La Fundación Grümenthal, creada por el mismo grupo farmacéutico, es una entidad sin ánimo de lucro cuyo objetivo principal es trabajar para que el dolor crónico no signifique una renuncia al bienestar. Cada año hacen una estimación de su impacto económico. En 2023 calcularon que este tipo de dolencias representó una pérdida de 480.000 millones de euros, el equivalente al 33 % del PIB español. El barómetro del dolor crónico que publica esta Fundación aporta datos aterradores. Lo sufre un 26% de la población activa. Es más común en mujeres que en hombres. Y el deterioro de la vida diaria hace que hasta un 30% de los afectados tengan que abandonar sus ocupaciones laborales, causando bajas de larga duración o dejando definitivamente el empleo.

Carolina es consciente de su destino. Sobrevive a su dolor mientras intenta recuperar un mínimo de vida social. El grupo empresarial al que dedicó toda su vida prescindió de ella. Nombraron a un sucesor, hombre, de buena familia, título académico y máster en universidades de prestigio mundial.
Sabe que su dolencia no se resolverá. Después del calvario de pruebas, se retuerce a diario en la soledad de su apartamento, más por culpa del remordimiento que por el dolor. Todos los médicos a los que acudió, desde España a los Estados Unidos, han tirado la toalla con ella. Nadie sabe el origen ni el final del dolor. Mientras, con tratamientos que la adormecen un poco la intensidad, dedica las horas del día a mirar para atrás.
No para de hacerse la pregunta de si mereció la pena tanta dedicación a su profesión.
Se dice que quizás su cuerpo la está castigando por tanta ambición.
