En los veranos, las sendas costeras del norte español se llenan con miles de peregrinos que se aventuran a los caprichos del tiempo en su camino hasta Santiago de Compostela en busca de la bendición del Santo. Cuando se adentran en Asturias, habiendo dejado atrás el fiero Cantábrico de la costa vasca y las animadas playas cántabras, después de serpentear decenas de calas, la mayoría de ellas vírgenes por su inaccesibilidad, con las montañas de los Picos de Europa siempre vigilantes, les espera todavía una larga caminata para hacerse con la compostelana.
A veces, la silueta inabarcable de picos se aparta del mar, hacia el interior, delineando valles de un verdor resplandeciente que, cuando raras veces sale un día soleado, inundan la vista con un fulgor inesperado, el aire cristalino deja atrás la espesura grisácea de los días de lluvia y el olor penetrante de los eucaliptos alivia los espíritus y agranda el anhelo de mayores aventuras.
Cuando pasan por Llanes, el primer concejo de la provincia de Asturias en el camino del norte, se asombrarán al ver cómo las montañas se adentran hacia el mar buscando las caricias de la arena en sus diminutas playas. La cercanía de la sierra del Cuera al mar deja una estrecha e irregular planicie moldeada por mesetas y pequeños cerros. Alrededor de ese paisaje único se agazapan numerosos pueblines, administrativamente gestionados desde el concejo de Llanes, en los que nada pasa inadvertido a sus pobladores cuando el tiempo planea como las gaviotas y la vida es densa como el agua del mar. El ir y venir de los vientos, casi siempre soplando de oeste a este, el gallegu como se le conoce por estos recovecos del litoral cantábrico, azota libremente sobre las verdes praderas acomodadas entre el mar y la montaña que, en su racanería, hurta los rayos del sol a los moradores del valle, engatusando a las nubes en lo alto de sus collados o deslizándolas a lo largo de la costa. En un mismo día, este vaivén de nubes y vientos regala a los llaniscos una sucesión de estampas soleadas veteadas con despiadados chaparrones.

Los foráneos, fascinados con este paisaje y la gama de colores, luces y silencios que se entremezclan en cada rincón, perdonan todas las inclemencias y, si la lluvia arrecia, se refugian entre los muros de alguna casa rural o en su segunda residencia. Abundan las casas esparcidas entre prados y retazos de bosques de robles y hayedos, castaños y nogales, plátanos de sombra con sus ramas entrelazadas como amantes abrazados, avellanos y laureles en la ribera de los riachuelos que calman la sed del mar con las cristalinas aguas de la montaña. Ya sean lugareños o visitantes de otras tierras, se ocultan agazapados tras los miradores y ventanales, sobre todo en los meses de invierno y otoño, cuando el orbayu y el viento arrecian. Solo salen de su encierro para las tareas imprescindibles: a cuidar del ganado, que era oficio arraigado por estos parajes, a atender las obligaciones o quizás a dar un corto paseo aprovechando una efímera tregua del clima. Tanto refugio interior conforma el carácter reservado, a veces hosco y antipático, de los llaniscos, siempre alertas para reconocer al forastero y, a su manera, también hospitalarios y de una nobleza mesurada ejercida con compostura.
La vida en estas tierras no ha sido sencilla. Hace algunos años, todavía no muy lejanos, se vivía de las vacas, un poco del campo y, en los buenos tiempos, de la industria y la pesca. Tan dura ha sido la subsistencia a lo largo de la historia de los llaniscos que muchos de ellos emigraron en busca de mejor recompensa para sus esfuerzos. Marchaban al interior, como braceros en trabajos del campo castellano y, los más audaces, a Europa o a las Américas, a las indias. Por nostalgia, muchos de los que se fueron decidieron volver. Algunos acumularon buenas fortunas y, en su retorno, alardearon de sus ganancias, construyeron magníficas casonas y sembraron el territorio asturiano de palmeras, antes nunca vistas en Asturias, acaso como un deseo de mantener viva la unión con esas tierras que les acogió. Las casas de indianos, tan características en su arquitectura, fueron inspiradas en el exilio, delineadas y adornadas con un mestizaje característico en el que se mezcla la austeridad del norte con los colores y el salvaje esplendor del nuevo continente.

Hoy es el día grande de Llanes, la fiesta de San Roque. Pese a su condición de concejal del ayuntamiento de Llanes, Javier Ardines se dejó seducir por Blanca para que la llevase en su barco esta mañana a fotografiar el amanecer. Javier compagina su trabajo en el Ayuntamiento con la pesca, pero hoy no tiene previsto salir a faenar y, aunque puede que alguien murmure por su ausencia en los actos de un día tan señalado, él se considera excusado por ser del bando de la Guía.
La villa estará repleta de visitantes, dispuestos a amontonarse en sidrerías, asadores y mercados. Los llaniscos seguidores del bando de San Roque prepararán sus mejores galas al despuntar el día. De porruanu ellos, austeros en el porte con su garrote en mano. De llaniscas ellas, con sus delantales y relucientes abalorios de azabache. Todos prestos para la disputa que cada año divide al pueblo en tres bandos por ser los más destacados: los que hagan la joguera más alta o los que reúnan más asistentes durante los bailes típicos. El pericote, la danza de la magdalena o la danza prima. El bando de la Magdalena, que la tradición oral relata que la santa llegó a tierras astures en una pequeña embarcación acompañada de sus hermanos Lázaro y Marta. El de San Roque, al que se honró con una hospedería para dar cobijo a los peregrinos del Camino. Y el de la Virgen de la Guía, el bando preferido de los marineros en agradecimiento al auxilio que la Virgen prestó a los pescadores atrapados y condenados al naufragio por una feroz galerna.
Nadie echará hoy en falta a Javier. Blanca le llamó anoche, justo cuando entraba en casa. Palpándose los pantalones fue como se dio cuenta de que no llevaba el teléfono encima y, al volver al coche, allí estaba vibrando, dando saltos por el salpicadero. Ya tenía seis llamadas perdidas de ella.

perdidas.
Es todavía de noche, los peregrinos más madrugadores, a los que poco les importa el colorido de las calles, la música y el bullicio, se han lanzado ya hacia Santiago. Sin siquiera molestarse en parar para un breve desayuno, cruzarán las calles de Llanes que ya están expectantes a la espera del gentío. Al entrar en la calle principal, algún caminante pensará que han llegado a un pueblo dominado por las sombras y sentirán un escalofrío imaginando que los fantasmas esperan a la vuelta de una imponente casa de indianos. Es el Palacio de Partarriú, donde hace muchos años había un internado. Las voces de niños, invisibles, inundan todavía el abandonado jardín. Dentro, en lo alto de la torre, una luz amarillenta tintinea, como queriendo apagarse. Huyendo del sordo y casi imperceptible sonido de una campana, de esas que llaman a iniciar las clases, acelerarán el paso sin percatarse de los nombres de las calles, ni siquiera se pararán en una plazoleta en la que vociferan algunos jóvenes con evidentes signos de embriaguez que se resisten a dar por perdida la noche. Como si el tiempo y los lugares se repitieran, una última casa de indianos despide a la villa antes de que el camino empiece a discurrir por una carretera que en pocos minutos los llevará hasta Poo.
Los menos despistados, acostumbrados a buscar las flechas amarillas que muestran el buen camino, descubrirán la senda costera, a la derecha, en una bajada de la carretera que cruza el pueblo, junto a la depuradora. La camino desplegará una sucesión de playas y calas. Algunas reciben ya, desde antes de la salida del sol, a los primeros bañistas procedentes de un camping cercano, a paseantes y a surfistas. O tal vez a los que decidieron pasar la noche mecidos por la sueva brisa y el sonido de un mar en calma. El día será soleado y, aunque la fiesta de San Roque es una tentación, más lo es todavía el deseo de disfrutar del amanecer mecido por las olas.
Belén y Marcos se conocieron hace tres etapas y desde entonces no se han separado. A Belén le anima la fuerza y la determinación de Marcos, siempre dispuesto a avanzar, aunque el día amanezca inclemente. Y a Marcos le divierte la sabiduría de Belén: se conoce todas las ermitas y los tesoros del camino. Por eso esta mañana se dejó conducir por un estrecho camino hasta el borde de un acantilado en busca de la ermita de San Martín, con su puerta románica eternamente abierta, sin cubierta, sus muros vencidos quién sabe si por las embestidas del mar y el viento o por el resoplido violento de los modestos y traicioneros bufones que se ocultan bajo sus pies. Pero hoy no es día de bufones, la mar quiere ser benevolente por mediación del santo y los caminantes no podrán sorprenderse con los fieros resoplidos de la mar en el castro de San Martín, un islote horadado por decenas de grutas que expulsan las arremetidas del mar, embravecido y enfadado, con atronadores bufidos.
Tras dejar atrás Celorio, Belén y Marcos, guiados por la espectral silueta de la ermita de Nuestra Señora de los Dolores que, cuando sube la marea, se queda completamente rodeada de agua, van en busca de las playas de Toranda y Torimbia. Javier Ardines bien podría haber dejado su vida por evitar que Toranda, cercada por un prado majestuoso, se convirtiera en un inmenso aparcamiento de coches para los turistas. Lleva tres años haciendo enemigos como responsable de playas en el ayuntamiento, pero cuando anoche recibió la llamada clandestina de Blanca, no sospechó que nunca podría mostrarle el amanecer desde su barco, Bramadoria.
Los dos peregrinos recorrieron con serenidad el inmenso prado que custodia la playa de Toranda antes de subir por un empinado camino que conduce hasta una de las perlas de la zona. Torimbia, impoluta y libre de cualquier invasión urbanística, la preferida de nudistas y enamorados de la naturaleza pura por la que Javier peleaba apasionadamente. A eso de las ocho, los peregrinos escucharon un ruido como de disparos de cañones que les hizo detenerse un instante antes de iniciar la bajada a la playa, justo en un mirador desde el que dominaban en toda su amplitud su hermoso perfil en forma de concha. Con sólo alzar la vista vieron cómo la imagen del mar se funde, abrazado por los prados en una sucesión de acantilados, con el esplendor de las montañas de los Picos de Europa. El ruido seco les hizo girarse, al fondo se divisaba la silueta de Llanes, moteada de nubecillas blanquecinas producidas por el estallido de decenas de cohetes, enlazadas de forma efímera a los rojos tejados de la villa con un hilo apenas perceptible. Es la señal del comienzo de las fiestas que han dejado atrás.

Torimbia es un buen sitio para hacer un alto en el camino, la primera parada desde que, al alba, Belén y Marcos dejaron el albergue de Llanes. Apuraron un ligero desayuno antes de dejarse seducir por las serenas olas, se desprendieron de las pesadas botas y las vestimentas para zambullirse libres, desnudos, mecidos por las aguas algo frías pero serenas de la mañana. Impregnados de salitre y emocionados por el baño casi solitario, emprendieron de nuevo la marcha perezosamente, retomaron el camino por una empinada cuesta mientras se preguntaban cuál sería la siguiente maravilla que les concederá la jornada. Sudorosos, cuando alcanzaron el alto de San Antolín, se detuvieron un instante para volver a conmoverse con las vistas de la sierra del Cuera y los Picos de Europa, justo detrás, vigilantes como un hermano mayor. Al final de una abrupta bajada les espera la playa de San Antolín, salvaje y amenazadora, aunque antes tendrán que cruzar las frías aguas del río de las Cabras. En el solitario chiringuito de la playa le preguntaron al único camarero que atiende a horas tan tempranas por el camino a la playa de Gulpiyuri, una playa asombrosa, rodeada de tierra firme por todos los lados, conectada al mar por uno de esos laberintos escondidos que horadan la costa asturiana. En el albergue, otros caminantes les explicaron que a unos dos kilómetros de esa playa están los bufones de Pría, un salvaje encuentro entre el mar embravecido, enojado y cruel con la tierra que, en forma de acantilados, acuna sus embestidas. Pero Belén había leído en su guía que no muy lejos de Gulpiyuri está la ermita de San Pedro y no quería perderse una nueva reliquia religiosa.
Comenzaron a caminar hacia el interior, el ruido de una carretera cercana les confundió y comenzaron a errar por caminos que cada vez les alejaban más del mar. Junto a un cartel que anunciaba Belmonte de Pría preguntaron a unos aldeanos por el camino hacia los bufones. Apenas mejor orientados que antes, siguieron por una senda asfaltada que los debería llevar hasta Llanes de Pría. Belén se fijó en el nombre de una casa que le resultó divertido, el Ñeru, y aunque no sospechó su significado, husmeó por encima de un muro en busca de la vivienda escondida entre nogales y avellanos.

Pocos pasos más adelante se toparon con un camino asfaltado que se abría a su derecha y, confundidos, empezaron a ascender entre la sombra de espesos árboles y monte bajo. Al fondo del camino, un hombre sujetaba a un perro que ladraba enfurecido y, al verlos, les gritó pidiendo ayuda. Sorprendidos, aceleraron su marcha hacia el lugar en el que el perro, muy nervioso, tiraba con fuerza de su amo que a duras penas podía contenerle. Tumbado boca abajo yacía el cuerpo de Javier Ardines, las mangas de su camisa a cuadros, azul y blanca, remangadas, un pequeño charco de sangre bajo la nariz, el pelo ensortijado colmado de sangre espesa y oscura, un hilo de saliva unido como una estalactita a la arena en la que reposaba su cabeza inerte, como si la tierra quisiera tirar de ese hilo para arrastrarle hasta sus profundidades, sus ojos azulados miraban hacia un lado, enrojecidos y saltones, su brazo izquierdo pegado al cuerpo, el derecho retorcido en un escorzo sobre la cabeza, como para tratar de protegerse del impacto de algo.
Unos metros más atrás, a la altura de unos olivos y hayedos, un coche con la puerta del conductor abierta, el motor en marcha y las luces encendidas. Unas vallas de obra, de un amarillo herrumbroso, cerraban el paso del camino, una de ellas, volcada, rompía la alineación de las otras dos, como si en un desesperado intento ese hombretón hubiese tratado de franquear el muro invisible que le separaba de la vida para no llegar tarde a su cita con Blanca.

4 Comentarios
FERNANDO
Creo que no serás capaz de no empezar con esa novela.
Adelante, disfrutaremos leyéndola.
Tomás Aranda
Sabes que siendo medio llaniscos no sería sencillo hacerlo. Pero este verano tendremos ocasión de discutirlo en el Fresnu
Fernando
Tomás, tu relato es un enorme estímulo para visitar esa porción costa asturiana. Describes de tal modo el entorno esa naturaleza que con la excusa del Camino de Santiago invitas a recorrerlo. Es magnífico el texto que has desarrollado.
Tomás Aranda
Muchas gracias Fernando. La novela no la escribiré. Es un caso real, con personas involucradas que incluso conozco. Asistí al juicio (por streming). Tengo guardadas todas las sesiones. Material para completarla no me falta, pero dudo que pueda encajar la historia alejándome completamente de los personajes.
Sigo dándole vueltas, de todos modos.