En Europa se calcula que hay 40 millones de niñas menores de quince años. ¿Se imaginan que todas ellas hubiesen sufrido la mutilación de sus genitales? No, ¿vedad? Pues en el mundo hay seis veces más, 230 millones, según las estimaciones de la Organización Mundial de la Salud. Una práctica que nace no de una guerra, o de la represión de algún grupo de desalmados. Nace de los propios valores de las familias de esas niñas, algo que en sus creencias marca el paso de niña a mujer.
La práctica es un rito secreto. Las propias mujeres de la familia, la madre, las tías, las amigas cercanas, rodean a la niña, le sujetan piernas y brazos, le tapan la boca para que sus gritos de dolor no lleguen fuera de los muros del siniestro lugar. Y luego, una de las mujeres, la experimentada, armada con una cuchilla de afeitar, secciona el clítoris y los labios menores de la niña. Luego cantan, se abrazan, se felicitan, le dan la bienvenida al mundo de las mujeres de verdad, que llegaran puras al matrimonio, que no serán capaces de gozar, ni siquiera con el marido que les toque.

Se practica en 23 países de África, en Oriente Medio y en ciertos países asiáticos de y América Latina. En alguno de ellos, no en todos, está legalmente prohibido. Pero eso no impide que se siga con la tradición, que las madres sean las que empujen a sus propias hijas a esa tortura de por vida. Piensan que esa será la única forma de que sean castas. Una especie de circuncisión femenina que deja millones de víctimas cada año.
Si hablas con las madres, defenderán que es bueno para sus hijas. Nada más ser sometidas, entrarán a formar parte de algún Bondo, una sociedad que tiene raíces ancestrales, milenarias. Son una especie de club al que solo las mujeres que han pasado por la mutilación tienen derecho a entrar. Los maridos, los novios, saben que cuando su mujer está en el Bondo no podrán acercarse a ellas, no podrán exigirles que les prepare la comida, ni controlarlas. Ni someterlas sexualmente. Ni siquiera obligarlas a que estén tapadas, si son practicantes ortodoxos del islamismo. El su refugio. Un refugio que tiene un coste dramático.
Pese a los esfuerzos de la ONU y de todas las organizaciones de derechos humanos, la práctica sigue arrojando las mismas dramáticas cifras. Más de dos millones de niñas cada año, como un goteo inexorable que jamás tendrá fin, engrosan las cifras oficiales. Sin embargo, empiezan a verse ciertos signos de esperanza. Algo bueno tenemos que reconocerle a las redes sociales. Las niñas que han sido sometidas ahora se comunican, comparten, descubren que otras muchas como ellas han sufrido, o están a punto de sufrir la misma experiencia traumática a la que las llevaron sus propios seres queridos. Y empiezan a hacerse preguntas, a dudar, a decidir que ellas no les harán lo mismo a sus hijas.

Se llaman Dorcas, Stacy, Cynthia, Purity, Macrine e Ivy. Son unas adolescentes de Kisubu, en Kenia, compañeras de colegio que idearon una herramienta para ayudar a que otras niñas como ellas estuvieran acompañadas en su decisión de oponerse. Se hacen conocer en redes como The Restores, las restauradoras. La aplicación para móvil que han desarrollado se llama i-cut y es una App que permite a cualquier víctima, o potencial víctima, buscar ayuda o informar a las autoridades de que están a punto de sufrir la atrocidad.
The Restores ya han conseguido logros impensables. Fueron nominadas al premio Sájarov a la libertad de conciencia que otorgó el Parlamento Europeo en 2019. No ganaron, el jurado prefirió dárselo a un hombre, Ilham Tohti, un activista de la minoría uigur, que por entonces seguía en una prisión china por su defensa de los derechos de esa minoría musulmana en el pétreo gigante asiático. En 2017 fueron las únicas participantes africanas en una cita tecnológica en Silicon Valley para los jóvenes de todo el mundo con ideas originales, el Technovation Challenge. Ese año ganaron unas niñas mexicanas que habían desarrollado una aplicación para buscar empleo en los Estados mexicanos más asolados por el secuestro y violación de mujeres. En África, sí fueron galardonadas como las africanas del año en 2018.

El drama de la mutilación genital de mujeres, pese al amplio consenso, incluso de los países donde se practica, por su ilegalización, seguirá dejando millones de mujeres traumatizadas, tal vez fallecidas. Quizás, como en muchos otros patrones de conducta ancestrales, incompatibles con las sociedades modernas, será la educación y el conocimiento las únicas herramientas verdaderamente eficaces contra semejante barbaridad.
Europa, a veces tan idealista y naif, se ha propuesto eliminar la práctica en el territorio europeo. Sí, también en países europeos a los que han llegado miles, millones de inmigrantes procedentes de países africanos se practica la mutilación. Las tradiciones, las creencias primitivas siguen en la mente, en las creencias de muchas mujeres, aunque pisen un suelo con más garantías, en el que no necesitan de un Bondo para poder sentirse libres y protegidas de sus hombres.
Quizás nos cruzamos con ellas por las calles, cada vez más multiculturales, de las ciudades europeas. Tal vez esa mirada de tristeza que atrapamos con un tímido vistazo a los ojos de alguna adolescente subsahariana oculte un drama más.
Ojalá estuviéramos todos más atentos a los dramas que nos rodean.
No tengo influencia alguna en los jurados de los prestigiosos premios que se reparten por la acomodada España. Si pudiera, recomendaría con todas mis fuerzas para que le dieran el galardón que más reconocimiento aporte a esas chicas que decidieron llamarse The Restores.
Vivimos en una sociedad en la que hay demasiadas causas nobles para tan poca gratitud.
