Nos acercamos a septiembre, el mes nueve del año. En un remoto lugar de Rusia ese número atrae la desgracia. Pero, como hay turistas dispuestos a todo, cada año recibe a cientos de miles atraídos por la leyenda de la montaña de la muerte para acercarse al paso de Diátlov, en los Urales, la cordillera que separa Europa de Asia. Allí, en 1959, nueve jóvenes montañeros perdieron la vida. Casi 70 años después, nadie sabría explicar con certeza lo que sucedió allí. Un año después, otra expedición terminó también con nueve muertos. En 1969, un avión con nueve tripulantes se estrelló en la misma zona.

Igor Diátlov celebraba el año nuevo de 1959 con algunos amigos y colegas de la Universidad Estatal Técnica de los Urales, en Ekaterimburgo, conocido en la época soviética como Sverdlovsk, la ciudad en la que fue asesinado en 1918 el último zar, Nicolás II, junto con su familia, cuando comenzó a fraguar una idea acorde con los tiempos. La URSS acababa de lanzar el Sputnik, primer satélite artificial, ganándole una primera batalla en la carrera espacial a los Estados Unidos. El terror de Stalin comenzaba a dejarse en el olvido y su sucesor, Nikita Serguéievich Jrushchov, sacaba del olvido a millones de represaliados. Los rusos comenzaron a descubrir que podían pensar con cierta libertad sin ser enviados a un Gulag y su economía se parecía a algo digno de ese nombre. De pronto, casi todo parecía posible.
Igor convenció a un grupo de amigos, todos ellos experimentados en el esquí de montaña, de que tenían que proponerse algo a la altura del momento histórico que atravesaba su país. Decidieron recorrer haciendo esquí de fondo más de 350 kilómetros a través de los Urales, en lo más crudo del ya de por sí crudo invierno soviético, con temperaturas por debajo de los treinta grados bajo cero, para llegar y escalar el monte Otorten, que en la lengua local significa “no vallas allí” o “no se te ocurra acercarte”.

Los Urales son una formación montañosa de altitudes modestas, que corta verticalmente Rusia desde los hielos del norte al desierto del sur. El monte Otorten que pretendían escalar no tiene más de 1.300 metros de altitud. En verano se asciende sin dificultad, accesible para un turista cualquiera. En invierno, en cambio, la región está azotada de fuertes vientos, frío y una soledad que se cuela en el cuerpo con más saña que la humedad. Muy cerca del destino de Igor y sus amigos, Stalin ordenó construir un Gulag, localizado estratégicamente, para que de allí no saliera nadie con la esperanza de seguir en este mundo.
La región que cruzaron está habitada por un pueblo indígena, los mansi, que se encuentra en peligro de extinción. Al contrario que cualquier ruso medio, son bajitos, y combaten la superstición con buenas dosis de vodka. El hábitat que ocupan sería más grande que toda la península Ibérica, pero en la época de la expedición de Diatlov y sus amigos estaban censados poco más de tres mil personas. En la tradición de los mansi hay una leyenda que relata que nueve de ellos fueron llevados por una gran bola amarilla que cayó del cielo. Nueve, ni uno más, ni uno menos.
Los habitantes de la zona aseguran que existen numerosas visualizaciones de grandes esferas doradas y anaranjadas que flotan en el firmamento. Ufólogos de todo el mundo acuden a las montañas a las que los mansi no quieren acercarse en busca de vivencias propias.
El grupo de Igor partió de Sverdlovsk en tren hacia Ivdel el 25 de enero de 1959. Desde allí, un camión los llevó hasta Vizhai, una ciudad creada por unos alpinistas en los años cuarenta como una base de partida para acometer la escalada del monte Otorten. Hacía tan mal tiempo que tuvieron que quedarse mucho más de lo planeado, construyendo unas cabañas de madera para pasar el invierno. Después, la ciudad se iría habitando para acomodar a los trabajadores de una de las bases secretas de los soviéticos, en la que producían y testaban armamento químico. Poco antes de la caída del muro la trasladaron a la capital, Sverdlovsk. Hoy ofrece casi el mismo aspecto que cuando lo crearon sus primeros habitantes, con unas pocas cabañas que ofrecen servicios a los turistas que se adentran por la zona.
La ruta de montaña que pretendían cubrir estaba catalogada como categoría tres: la máxima dificultad posible. El reto, sin duda, era comparable al sueño de los pocos rusos que se permitían soñar sin que el régimen de terror de Stalin les mandara a pasar unas largas vacaciones en Siberia. Todos los participantes de la expedición eran muy jóvenes, expertos en sistemas de radio, dispositivos nucleares e industriales. Menos uno de ellos, el décimo excursionista, Alexander Zolotariov, un militar e instructor de montaña que bien pudiera haber sido buscado por Igor Diátlov para asegurarse que alguien mucho más experimentado les ayudase a lograr la gesta. Entre las múltiples versiones que trataron de explicar lo sucedido, muchos encontraron en Zolotariov a un espía de la KGB con oscuras intenciones. Antes de abrir la marcha, uno de los integrantes, Yuri Yudin, se caería de la expedición por una fuerte lumbalgia. El grupo se quedó así reducido precisamente a nueve miembros.
La reconstrucción de los hechos analizó las fotografías que fueron haciéndose durante el camino. En todas ellas se les ve felices y confiados. Era el propio Diátlov el que las hacía, pues él raramente aparecía. El último fotograma encontrado despertó muchas de las sospechas y versiones que circularon después. Unas luces extrañas cruzan la imagen. Aunque los expertos en fotografía consideran que podía deberse a defectos de la película.
Diátlov había dicho a su club deportivo que enviarían un telegrama desde Vizhai cuando regresaran, después de haber escalado el monte. La previsión es que hubieran llegado el 12 de febrero, pero el telegrama no llegó. Pasados unos días, el club deportivo se alarmó y solicitó ayuda al ejército para buscarlos.

Los montañeros siguieron el cauce del río Auspiya que les debería haber guiado hasta la entrada a un paso de montaña. En un enclave llamado Labaz hicieron una parada para abastecerse de frutas del bosque, dejando una parte del equipo para su camino de vuelta. Se desviaron hacia la izquierda, quizás confundidos por una topografía parecida a la que tenían que seguir y el mal tiempo, terminando en las faldas de una montaña no muy elevada que los mansi llaman la montaña de la muerte. La confusión les hizo dudar, si seguir para recuperar el camino hacia el Otorten o hacer noche.
Cuando el servicio de rescate encontró los restos de la tienda, comenzaría una investigación que puede decirse que continúa viva en la actualidad. La tienda estaba derrumbada, con signos de haber sido abierta con un objeto cortador desde dentro. Lo que fuera que hubiese fuera les hizo entrar en pánico y algunos de ellos salieron de la tienda en ropa de dormir y sin botas. Encontraron huellas, pendiente abajo, durante cerca de 500 metros, pero luego desaparecieron. No había huellas alrededor de la tienda que sugiriesen que alguien o algo se acercase a ella con inciertas intenciones.
Los dos primeros cadáveres que encontraron estaban alrededor de los restos de una hoguera. Yuri Krivoníschenko y Yuri Doroshenko estaban descalzos y vestidos solo con ropa interior. La hoguera estaba debajo de un gran pino en el que se observaron cortes en las ramas en una altura de cerca de cinco metros. Los dos hombres tratarían de subirse al árbol, quizás en busca de mejor visión, tal vez para buscar a alguien. O para huir.
Tres cuerpos más, entre los que estaba Diátlov, mostraban aparentes intenciones de volver a la tienda. Estaban mejor vestidos, pero también descalzos. Los últimos cuatro estaban en un barranco, con más de cuatro metros de nieve sobre sus cabezas. Las órbitas de los ojos estaban vacías, a una de las mujeres le faltaba la lengua y los labios superiores. Todos ellos tenían fuertes golpes en el pecho y en la cabeza. Y unas dosis de radiación doble de las normales.
Se han barajado casi un centenar de explicaciones, incluyendo la leyenda del yeti, un monstruo legendario que vive en esas montañas, según la tradición popular. Para algunos, la razón estaba en algo oculto: algún arma secreta que el supuesto agente del KGB, el décimo hombre, habría quedado en entregarle a otro espía de la CIA. Hipótesis que se fueron cayendo por la evidencia de los restos y huellas. La leyenda de los mansi también sería descartada, aunque el primer investigador insistiría durante años en esa hipótesis. La versión final, después de decenas de versiones oficiales, concluyó que se trató de una avalancha. Pero en la zona era muy poco probable. Las pendientes no son demasiado elevadas y las temperaturas fueron tan bajas, por debajo de los treinta y cinco grados bajo cero, que difícilmente podría haberse desprendido una masa de hielo sobre la tienda.
El hallazgo más inexplicable era el de la fuerte radiación en cuatro cuerpos, en los últimos en ser descubiertos, los más alejados de la tienda. Las mediciones de radiación en esa zona eran normales y en los alrededores no había ninguna fuente de radiación que explicase su presencia en solo cuatro de los cuerpos.
El régimen soviético, tan cerrado para cualquier aspecto de la vida diaria, fue un buen aliado para que florecieran teorías de todos los tipos. Ajustes de cuentas entre espías, extraterrestres que aparecieron de noche para llevarse a los montañeros, como a los mansi de la leyenda, guardias del régimen dispuesto a liquidarlos por haberles confundido co unos fugados del Gulag cercano. Militares que se ensañaron por haberles pillado infraganti manejando cualquier arma secreta. En una de las versiones, acusaron a los mansi, que habrían atacado a los montañeros durante la noche. Pero, aparte de ser un grupo étnico pacífico, insistieron en que ellos jamás se atreverían a subir a la montaña de la muerte. Y mucho menos, al monte Otorten. Sus ancestros les inculcaron que allí nunca deberían de ir.
Por si acaso, les recomiendo que crucen los dedos o, los creyentes, recen a sus santos preferidos cuando llegue septiembre, el noveno mes, para ahuyentar la maldición del número nueve.


3 Comentarios
FERNANDO
Tan interesante como todos tus relatos.
Deberías seguir investigando sobre este asunto, tal vez en algún relato futuro nos informes de lo que realmente ocurrió.
Un abrazo.
Tomás Aranda
Muchas gracias, Fernando. Yo pienso que efectivamente fue una avalancha. Sentirían el peso de la nieve sobre ellos, rompieron la tienda como pudieron y lógicamente no pudieron ni vestirse para salir a 30 grados bajo cero. Estudiaron un tipo de avalancha que llaman de placa, es un poco ingenieril, pero en esencia dicen que la nieve/hielo estaba organizada por capas, por cambios de la temperatura, por ejemplo. La noche en la que sucedieron los hechos hizo, además, un viento del diablo, dicen que 70 km/h, que con 30 grados bajo cero significa congelarse nada más sacar la nariz del saco de dormir. El viento habría movido arriba, en la montaña, esas capas y una de ellas se habría deslizado, cayendo sobre la tienda de los excursionistas. Salieron de la tienda y el hielo y buscaron, cada uno, la forma de sobrevivir. Unos intentaron hacer un fuego, otros tiraron montaña abajo para tratar de llegar a una especie de base que habían dejado antes de subir a la montaña, otros trataron de volver a la tienda para recuperar ropa de abrigo. Con esas condiciones, se congelaron en pocos minutos, aunque como son rusos les daría para una hora o algo así de desesperación.
Los cuatro que encontraron en un barranco fueron los que tratarían de ir montaña abajo. Esos cuatro tenían radiaciones en proporción doble de la normal. No creo que se debiera a ninguna de las hipótesis raras, como que habían descubierto un arma secreta de los rusos. Por la zona sí que había instalaciones militares, quizás eso les significó una exposición diferente a los otros miembros. Hay que tener presente que la radiación penetra el hielo. A esos cuatro los encontraron después de muchos meses enterrados en hielo.
Lo de mantener el misterio, creo que es más bien un reclamo para el turismo, que crece año a año a esa zona.
Gloria
Interesante como el ser humano vuelve al lugardonde ocurrió una desgracia. Recordemos Chernobyl que año tras año incrementa el número de visitantes. Me parece muy interesante los relatos sobre los que decides escribir e investigar.