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#015 Un dilema moral: otra genialidad del incombustible Clint Eastwood

Mi frase favorita de Clint Eastwood se la dedicó a un conocido cantante de country, Toby Keith. El músico estaría seguramente sufriendo los primeros amagos de una enfermedad letal, un cáncer que terminó con su vida, cuando en un encuentro con Eastwood le preguntó: “¿Cuál es tu secreto para seguir activo y brillante a tu edad”? El cineasta, prolífico como pocos, genio indiscutible por consenso universal, ya frisaba los 90 años cuando le planteaba semejante pregunta un jovenzuelo, aunque algo cascado, de poco más de 40. Su respuesta es todo un ejemplo para cualquiera que aspire a afrontar con dignidad la vida: “Cuando me levanto todos los días, no dejo entrar al viejo. Mi secreto es mantenerme ocupado”.

            A Clint le llamaban en su infancia “Sansón”. Su madre seguro que estaba de acuerdo con el apodo, el niño pesó casi seis kilos al nacer. Con los años se convertiría en un tipo apuesto, muy alto, estrábico y con cierta tendencia a escupir las palabras a través de los dientes. Lo que al comienzo de su carrera de actor era visto como un inconveniente, terminaría convirtiéndose en su seña de identidad. Cosas de Hollywood, capaces de convertir algo peculiar, como la ingenuidad de la rubia y explosiva Norma Jeane, más tarde Marilyn Monroe, en una marca única y de éxito.

            Eastwood nació para ser un hombre duro, resiliente que dirían los dueños de los relatos en la actualidad. Era mal estudiante, saltaba de un trabajo a otro cuando le llamó el ejército americano nada más declararse la guerra de Corea. Eastwood es tan longevo que sus traumas de guerra no se sembraron, como para tantos otros mitos americanos, en Vietnam. El bombardero en el que viajaba se precipitó al océano, pero fue capaz de nadar casi cuatro millas hasta la costa para salvar su vida.

            Su carrera cinematográfica es tan extensa, con más de 50 películas, muchas de ellas como director, que bien podría calificársele como un estajanovista del séptimo arte. Y eso que, en sus comienzos, le criticaban por sus diálogos insulsos. Como toda carrera profesional de éxito necesita una pizca de buena suerte, a Eastwood se le cruzó de manera inesperada un ofrecimiento singular. Remoloneaba como actor secundario en una serie, de cierto éxito a finales de los años 50, en la que hacía de chico bueno, simplón y azucarado, cuando le ofrecieron hacer de vaquero en una película que cambiaría el cine de western: “Por un puñado de dólares”, el primer western rodado enteramente fuera de Hollywood, en los desiertos de Almería. La industria del cine americano encontró en España todas las facilidades y, además, un elenco de excelentes profesionales del cine dispuestos a contribuir al abaratamiento de los costes producción en suelo californiano. La oferta que no podía rechazar se la hizo un director todavía poco conocido, Sergio Leone.

             De repente, el insulso y espigado Eastwood comenzó a brillar en papeles de antihéroe. Leone diseñó un personaje que encajaría perfectamente en una larga saga de películas que con el tiempo se denominarían “espagueti western”. Le hizo fumar, cuando Eastwood detectaba el tabaco, le vestía con una mezcla de estética mexicana y gringa y perfiló el carácter de un personaje de dudosa moral, siempre dispuesto a desenfundar su revólver antes que darte los buenos días.

            Su éxito en las historias del Oeste le convirtieron definitivamente en una estrella. Nadie imaginaba que, en el desierto de Almería, se comenzaría a fraguar un auténtico maestro del cine, alguien que será eterno e irrepetible.

            Tras casi veinte años de películas con el patrón común de tipo duro, en 1971 su vida vuelve a encontrarse con un puñado de buena suerte. Le ofrecen la posibilidad de dirigir su primera película. Desde entonces hasta el 2024 que acabamos de dejar atrás, cumplidos ya los 94 años y acercándose a la centena, Eastwood no ha dejado de hacer buen cine, de maravillarnos y emocionarnos. “Mystic River”, “Million Dollar Baby”, “El Gran Torino” …Ha ganado cinco veces el Óscar, dos como mejor director y tres a la mejor película, habiendo sido nominado una decena de veces más.

            El bueno de Eastwood no para, no quiere que el viejo se adueñe de él. Su último regalo es una película que, por su título, parece la segunda de una saga. Se trata de la historia de un hombre que es seleccionado para ser miembro de un Jurado en un caso de posible asesinato. El procedimiento judicial americano asigna un número a cada miembro seleccionado para un caso determinado. Al protagonista de la última propuesta de Eastwood le asignan el número 2.

            La película plantea un dilema moral que no te deja salir indemne del cine. Puede resultar una paradoja de la historia que alguien como Eastwood, que fundó su éxito interpretando personajes de moral relajada, sea capaz de proponernos un dilema filosófico con su última entrega O, quizás, sea precisamente por ello por lo que está facultado mejor que nadie para hacerlo. Para los amantes de la crítica fácil, de los de estereotipos inalterables, Eastwood es sospechoso. Puede que piensen que el argumento de una película centrado en los valores humanos no puede llevar su firma. Apoya a la Asociación del Rifle y es votante asiduo de los Republicanos. Pero al mismo tiempo, critica ferozmente la venta indiscriminada de armas y confiesa que en más de una ocasión se ha decantado por la opción Demócrata. Un hombre libre, podríamos decir de él los menos intransigentes.

¿Quién no ha tenido que enfrentarse en su vida a decisiones incómodas? El drama que nos relata “Jurado número 2” afecta a la vida del personaje principal de la historia, claro, pero también a la de terceras personas que se ven envueltos en una cadena de mala surte y peores decisiones. El resultado, una muerte y un sospechoso que reúne todos los requisitos para que le condenen, es el hilo que nos guía por la encrucijada que nos plantea Eastwood.

            El beneficio propio suele ser el que determina las decisiones complejas. Casi todo el mundo lleva en su interior una cierta dosis de bondad, de valores grabados a fuego. Hasta que se ponen a prueba. La historia está plagada de casos incómodos. Podríamos hacer una lista infinita. Por ejemplo, el ascenso de autócratas y dictadores ha sido, desde siempre, una cuestión moral para las sociedades que se han visto en esa encrucijada. De eso sabemos mucho en España. Hay un libro magnífico, “La casa herida”, de Horst Krüger, en el que se expone de manera ejemplar ese dilema. La sociedad alemana no solo vio el ascenso del nazismo sin excesiva repugnancia, muchos lo aplaudieron y colaboraron con entusiasmo a su despliegue. Otros, a los que les causaban reparos las formas de los fanáticos de Hitler, comenzaron a calcular las ventajas de dejarse arrastrar por la corriente aun sabiendo que estaban apoyando a una banda de criminales. Quizás, ni ellos fueron capaces de predecir la inmensidad de la maldad que estaban fraguando para todo el mundo.

            Proteger a la familia, aspirar a un patrimonio improbable o tapar algún desliz son buenas excusas para justificar decisiones inmorales. El desconocimiento de los resultados de las propias decisiones es otro de los atajos favoritos empleado en todos los ámbitos. En algunos casos, si llegasen a juzgarse los hechos, la ignorancia de los efectos de nuestras decisiones hasta podría considerarse una circunstancia eximente. Pero si se es reincidente, lo que empieza con una duda moral termina por convertirse en complicidad. Bien que lo sufren en sus conciencias los alemanes.

            En cualquiera de los ámbitos de la vida pública, en el devenir de gobiernos y gobernantes, de nuestro país y, en realidad, de todo el mundo y en todos los tiempos, se precisa una inmensa legión de personajes que, ante cualquier duda moral, tengan clara su decisión. Yo les llamo los colaboradores necesarios, tipos de poca integridad, como la que lucían los personajes que encarnaba Eastwood en los westerns, que frente a manejos manifiestamente indecentes deciden mirar hacia otro lado. Me gustaría suponer que llegan a semejante catadura tras un ejercicio de valoración de daños y beneficios. Ya seas un prestigioso científico o un reputado historiador, si tu subsistencia económica y tu progreso dependen de que veas arrastrarse a tus jefes por la indigencia del conocimiento y la decencia sin el menor rictus de asco, entonces entenderás muy bien la decisión tomada por el personaje principal de Jurado número 2.

            No se la pierdan. Y díganse a ustedes mismos qué decisión habrían tomado. Con la honestidad de saberse impunes a cualquier crítica. Mientras, esperemos a que el viejo nunca sea capaz de derribar la puerta de la casa de Clint Eastwood. El mundo perdería a alguien con la lucidez y el coraje suficiente como proponernos, en su próxima película, algún nuevo dilema de los que, como si de un duelo al sol se tratase, merezca la pena encarar. 

 

2 Comentarios

  • MAR BELTRAN
    Al corriente 16/01/2025 en 03:20

    Creo que alguien con la vida personal de Eastwood, que no ha reconocido ni a la mitad de los hijos que ha tenido, puede dar verdaderas lecciones de filosofía an nadie! Como director soy indiferent, pero como persona lo detesto!!

    • Autor de la publicación
      Tomás Aranda
      Al corriente 16/01/2025 en 11:29

      Gracias, Mar por el comentario. Me gusta provocar, en parte de eso se trata. La película sí plantea un debate moral sobre los valores. Es cierto que, con frecuencia, es aplicable aquello de “dime de que presumes y te diré de lo que careces”. La vida de pocos mitos del séptimo arte es modélica. Picasso era un sátrapa y no por ello era menos genio. Quizás, con tu comentario, buscaré para otro artículo el dilema de admirar o no a un personaje malvado. Que creo es un debate necesario. Una parte de la sociedad (mundial) sataniza y quiere prohibir películas, libros y exposiciones de quienes se conoce que no fueron precisamente un ejemplo de valores. “Lo que el viento se llevó”, los libros de Alice Munro, los poemas de Neruda, las películas de Eastwood… Veré qué puedo hacer en el siguiente artículo…

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