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#69 La casa abandonada

Juliet, Issa, Tania o Philippe no se conocen entre sí y las posibilidades de que algún día coincidan son tan escasas como sus propias posibilidades de progreso. Tienen en común, sin embargo, que todos ellos dejaron atrás sus hogares, el lugar en donde nacieron, se criaron y soñaron con una vida digna para ellos y sus familias.

Juliet salió de su aldea en La Gardule, al norte de Haití, no muy lejos de la frontera con la República Dominicana. Durante 2023 su vida acumulaba ya una sucesión incalculable de episodios de mala suerte. En un país que compite cada año por ser el más pobre del mundo, en el que la sucesión de terremotos y los continuos e impredecibles fenómenos naturales asolan sus ciudades y campos, se le ha añadido una violencia extrema. Bandas de forajidos, policías y militares corruptos, compiten por hacerse con lo poco de valor que quede en el extremo occidental de la Isla Española, la que sirvió como punto de partida para la llegada de los españoles al nuevo continente. Juliet no quería que sus cuatro hijos siguieran sufriendo. Y emprendió la huida, sin otro tesoro que las ropas que habían salvado de su casa, su maltrecho hogar.

            Issa sueña, montado en una vieja moto que repara hasta la saciedad, con marcharse a Europa. Su familia, en comparación con la inmensa mayoría de los chadianos, no vive mal. Cuidan ganado, camellos y cabras, hacen un queso asombroso metiendo la leche en botellas de plástico, y comen carne unas cuantas veces al año. Él es el hermano mayor de una prole compuesta por casi cuarenta miembros. En la casa conviven cuatro generaciones. Su abuelo habría sido un buen atleta si hubiese nacido en otro lugar del mundo. Alto, casi dos metros, mantiene el orgullo de los Borore, la tribu que todavía hoy se desplaza por una de las regiones más conflictivas de África: el Sahel.  Si le hubiesen enseñado a jugar al baloncesto, tal vez habría sido una estrella en las ligas francesas. O en Estados Unidos. Pero fue acumulando hijos y nietos. El rebaño cada vez rinde menos y un día, su nieto mayor le dijo que quería irse a Francia, aunque para ello tenga que cruzar el terrible desierto del Enedi y el Tivesti, antes de adentrarse en Libia para que alguna mafia le permita subirse en un ataúd flotante camino de Lampedusa, la isla italiana más cercana a sus costas.

Tannia vivía en una aldea cercana a Chernigov. En Ucrania. Cuando su vida echó a andar, la Unión Soviética todavía existía y dominaba ese extenso territorio que con los años se convertiría en una República independiente que en estos días se encuentra asolada por la Rusia del presidente Putin. Con seis hijos repartidos entre tres maridos, todos ellos aficionados a la violencia, el maltrato ciego y la bebida, empezó a ver un ápice de esperanza gracias a una de las mayores desgracias de la historia soviética: el accidente nuclear de Chernóbil. Tal fue la magnitud del desastre que los soviéticos, nada propensos a reconocer sus debilidades, no tuvieron otro remedio que abrirse a la solidaridad europea. Miles de niños de familias afectadas por la elevada exposición a las radiaciones fueron acogidos por familias de la mayoría de los países europeos. Así, Tania, fiel a sus padres, hasta que ellos también la abandonaron, fue repartiendo a sus hijos por Europa.  Ahora vaga por algún lugar de Alemania, deseosa de que alguien le ayude a comprar lienzos y pinceles para hacer realidad su sueño de convertirse en una pintora reconocida.

            Philippe tenía una pequeña embarcación pesquera en Senegal, en las playas de N´Bour. Uno de los miles de modestos pescadores que veían cómo día a día la pesca, antes abundante, era esquilmada por grandes bancos pesqueros, auténticas factorías que arrasan con todo lo que sus inmensas redes son capaces de arrastrar. Barcos propiedad de empresas chinas, francesas o españolas que, gracias a unos gobiernos burdamente corruptos, han ido recibiendo autorizaciones para la pesca sin contraprestación alguna, dejando sin su modo de vida a cientos de miles de pescadores como Philippe. No dejaba de decirle a su esposa que las cosas cambiarían algún día, que pronto podrían volver a ganarse la vida y darles un futuro a sus hijos. Pero una noche, después de quitarle a las redes la raquítica pesca del día, esperó a otros como él y se adentraron al mar dejando atrás su casa, camino de Canarias, las costas más cercanas para el sueño de llegar a la rica Europa.

La migración va unida a la naturaleza humana. Éramos nómadas hasta que descubrimos la agricultura y con ello los asentamientos. El ADN de los habitantes en las grandes potencias mundiales tiene rastros de decenas de razas y etnias. La vida se ha construido gracias al intercambio y el mestizaje y todas las aventuras de pureza étnica han terminado demasiado mal para que sean un referente para el futuro de nuestro planeta.

Y, sin embargo, no corren buenos tiempos para la migración. Está mal vista. Maltratada. El discurso de los políticos se va amoldando para posicionarse en contra. Desde Trump y su cruzada contra la inmigración ilegal a la Alemania industrial, que vio cómo su reconstrucción fue posible gracias a un flujo masivo de turcos a sus ciudades después del final de la Segunda Guerra Mundial.

En Estados Unidos, Trump insiste en su obsesiva guerra contra los inmigrantes. Les sucede como a casi todos los tiranos, que son capaces de encontrar siempre a un culpable de los males que han ido creando ellos mismos para construir un relato sobre todos los males que los migrantes nos causarán. En Irán han elegido a los afganos que huyeron de los talibanes. Los alemanes construyeron una industria de la muerte, con su precisa disciplina, para eliminar a los judíos. Netanyahu piensa que echando y matando a todos los palestinos de su tierra seguirá en el gobierno, y con ello evitará ser juzgado por los crímenes que ordena a diario. La historia se repite una y otra vez.

Se les acusa de inadaptados. Incapaces de seguir las costumbres locales. Se les asignan guetos, zonas solo para ellos, como hicieran los franceses con los argelinos que tuvieron que huir de su país por la guerra que los mismos franceses provocaron. Se les señala como responsables de crímenes cometidos por los más radicalizados, o los que no encuentran una forma de vida decente. Con frecuencia son contratados con salarios de cuasi esclavitud, fuera de la economía declarada.

Juliet, Issa, Tania y Philippe seguirán buscando su casa, su hogar. De vez en cuando, si nos fijamos bien y somos capaces de penetrar a través de la espesura del odio, descubriremos retazos de habilidades sorprendentes. Juliet prepara bebidas a base de ron con un sabor inimitable, un arte que lleva dentro, combinando los olores, las hierbas y el buen ron que había en su tierra. Pero Juliet, no podrá ganarse la vida en los Estados Unidos haciendo sabrosos cócteles. Trump se encargará de que la deporten de nuevo fuera de las fronteras del sueño americano.

Issa compone canciones que son una mezcla de rap y cánticos que le escuchó desde que era niño a su abuelo. No se sabe si conseguiría cruzar el Enedi vivo, si aguantó el mal trato y los chantajes de las mafias de Libia, si su patera llegó a Lampedusa. Quizás esté en una calle transitada por turistas de alguna de las precisas ciudades italianas, tocando su música a cambio de unas monedas que para el serán un tesoro. Puede que algún taller de motos haya descubierto su pericia reparando motores. O tal vez su cuerpo reposa en las profundidades del Mediterráneo.

Tania es una magnífica pintora. Sus cuadros podrían cotizarse en las afamadas galerías de Francia o Italia. Es capaz de pintar un paisaje que ella lleva en su memoria, en cualquier papel, o en un cartón de los muchos que los europeos tiramos a diario. Tiene un indomable empeño por conseguir que sus hijos sobrevivan y progresen en la vida. Ya se ha hecho a la idea de que su casa de Ucrania quedó perdida para siempre. Busca y rebusca en los rincones de la vieja Europa un nuevo hogar. De vez en cuando se cruza con alguien que la valora, que se asombra de su talento. Pero la mayoría la ignorarán, la mirarán como una extraña inadaptada más. A poco que el virus antiinmigración se expanda en Alemania, terminará expulsada, de vuelta a la nada.

Philippe domina el rap africano como nadie. Destacaba en las fiestas que organizaba en el viejo caserón que le servía de almacén para las artes de pesca. Si había ido bien, su padre le daba algo de dinero con el que compraba unas pocas cervezas para escuchar música y bailar con sus amigos. No sabremos si llegaría con su patera a la isla del Hierro, en Canarias, si su barco fue arrastrado hasta la costa o sucumbió en las aguas del Atlántico. Quizás ya esté camino de Francia, su sueño, trabajando en negro, en la recogida de frutas, en el sur. O puede que, si la suerte le ha acompañado, esté por alguno de los barrios marginales de París, dormitando en cualquier sitio, desplegando su música por las calles, o vendiendo imitaciones. O sucumbiendo a las mafias, repartiendo droga.

Philippe, Issa, Tania y Juliet han perdido su casa. Y nadie parece que vaya a ayudarles a construir una nueva.

2 Comentarios

  • Carlos
    Al corriente 18/08/2025 en 20:15
    4.6/5

    Cada día que sigo en este mundo,me viene a la cabeza la misma idea: Realmente después de miles de años hemos avanzado tan poco en las ideas? El sentido de pertenencia,por color de la piel,de la lengua de la cultura,se me va quedando atrasado..y me vuelvo con esto de la inmigración cada más radical..quedar tan marcado por tu origen en este mundo el el que la RRSS invaden,llegan a casi cualquier parte del mundo, y sin embargo ese ciudadano del mundo Tierra no puede deambular por el libremente..porque hay fronteras,poderes,dinero,codicia ….como el bautismo para los cristianos.Atrapad al recién nacido y educarle con conceptos ,para mi anacrónicos… Gracias Tomás por poner el tema de la migración encima de la mesa,con esa forma tuya de escribir limpia y amena

    • Autor de la publicación
      Tomás Aranda
      Al corriente 19/08/2025 en 18:44

      Un comentario realmente alentador, Carlos. A este paso, algunos volveremos a los principios de mayo del 68 y el hipismo. Es lamentable que se maneje la migración con tan poco sentido de la humanidad. Trump, hijo de inmigrantes alemanes, casado (al menos eso dicen los papeles) con una muñeca balcánica. Vance, el VP, casado con una mujer de origen hindú. Y tienen todo un entramado para perseguir a los que hacen los trabajos que nadie quiere hacer en los EE.UU. Aquí, nuestro triste panorama, con los de Vox, muchos de los cuales en el mundo rural contratan a migrantes magrebíes en B, que presionan a las mujeres para cepillárselas a cambio de un trabajo (no lo denuncian, pero hay datos que demuestran que es una práctica común durante las campañas de la fresa, en Huelva, las vendimias, la recogida de la pera y los frutos de verano), esos tipos están marcando la agenda del inútil de Feijoo, regalándole un nuevo relató al doctor ego.
      Efectivamente hace falta un partido de gente honrada, con valores, trabajadora, con experiencia en la vida civil, que no dependa su salario del partido. Pero me temo que es una utopía como la de los hipees de los 60.

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