Cada vez que lo recuerdo, se me eriza la piel. El 15 de agosto de 2021, yo ya había cambiado y no era la misma niña de cinco años de cuando los talibanes tomaron el poder por primera vez. Para ellos, yo era una mujer significada. Inaceptable. Trabajaba en UN-Habitat, una organización de Naciones Unidas dedicada a apoyar la reconstrucción de zonas urbanas en más de 90 países. Proyectos financiados por la comunidad internacional, dedicados en gran medida a devolverle derechos a las mujeres afganas a través del acceso a la propiedad de las viviendas y la educación. Solo por eso, los talibanes ya me tenían en su punto de mira.
Como trabajadora en proyectos humanitarios, no tenía permitido participar en partidos políticos, o ser miembro de cualquier gobierno. Pero, eso no me libraba de la amenaza de los talibanes. Siendo una mujer de Panjshir, con los vínculos de mi padre con el gran líder de la Alianza del Norte, el único grupo que todavía se oponía a los talibanes, con mi marido siendo el director de Correos, todo estaba en contra mío y de mi familia desde que los primeros tiros y bombas sonaron por las calles de Kabul.
Yo estaba en la municipalidad, a pocas cuadras del Palacio presidencial. Teníamos una reunión con el alcalde, explicándole que, pese al hostigamiento y cercanía de los talibanes, los proyectos avanzaban bien. Por el riesgo de ataques, trabajábamos en lugar de los proyectos, sin ir por las oficinas de UN-Habitat. Procurábamos movernos de un lugar a otro con perfil bajo, extremando las medidas de vigilancia. Cuando terminamos la reunión con el alcalde, mientras comentaba con mi equipo ya fuera del despacho los próximos pasos, empezamos a escuchar las explosiones y los disparos…
Por los corredores de la alcaldía, la gente empezó a gritar, horrorizada: “los talibanes ya están aquí, se han hecho con el poder, ¡tenemos que huir!, ¡huyan!, ¡huyan! …”. Yo había llegado a la municipalidad en un vehículo de Naciones Unidas. Durante los dos últimos años, con los talibanes ya infiltrados en buena parte del país, mis desplazamientos a casa los hacía en un vehículo oficial, escoltados con guardias de seguridad. Algunos de mis colegas ya habían sido asesinados… Todo mi equipo y yo nos metimos como pudimos en el coche de Naciones Unidas.

Las calles estaban atestadas por una muchedumbre que no sabía hacia dónde huir. Los que corrían en una dirección se encontraban de frente con otra masa de gente que corrían en la dirección contraria. Las explosiones y los disparos no cesaban, venían de todos los lados. Había dejado a mi hija en casa, con un familiar. Mi marido también estaba en su trabajo, en el otro extremo de Kabul. No funcionaban los teléfonos. No había forma de comunicarnos.
Normalmente, desde la alcaldía a mi casa tardaba diez minutos. Esa mañana, el mismo trayecto nos tomó cuatro horas. Cuando al fin llegué a casa, me puse como una loca a destruir documentos, tarjetas de identidad, ordenadores, fotos… todo. Todo lo que les pudiera revelar la vida profesional que, con gran honor, había venido llevando los últimos años. En pocas horas tenía que convertirme en una mujer anónima, sin rastros de mi trabajo, indocumentada, una mujer de hogar, como ellos quieren que todas las mujeres sean en mi país…
Al día siguiente, los talibanes entraron tres veces en el bloque de apartamentos en el que vivíamos. Afortunadamente, no entraron en mi casa. En el mismo edificio vivían dos altos cargos del gobierno. Escuchamos como los talibanes entraron para llevárselos y confiscarles sus pertenecías. No volvimos a saber de ellos.
Los siguientes cinco días los viví con absoluto terror. Sentía que mi alma me había abandonado. Éramos incapaces de plantearnos salir del apartamento. Yo, ni caminar por la casa podía. Ni quería mirar por las ventanas, ni salir al corredor. No tenía miedo a morir, de verdad… Lo que no podía soportar es que me matasen delante de mi hija y mi marido.
Cuando se recuperaron las comunicaciones, pude hablar con mis colegas. Con miedo a que las llamadas fuesen intervenidas. Todos habían empezado a mover contactos para tratar de buscar la forma de salir del país. Las embajadas de Estados Unidos y Canadá trabajaban a destajo para evacuar a sus ciudadanos y sus colaboradores. Recibimos hasta tres llamadas para ir a un punto de encuentro para ser evacuados a los Estados Unidos. Pero, después, nos llamaban de nuevo para decirnos que no saliésemos, que era muy peligroso. Con los canadienses también nos dijeron que fuéramos al aeropuerto, a una puerta concreta. En una ocasión salimos, al fin de casa, pero por el camino nos dijeron que nos volviésemos, que buscásemos un lugar seguro.
Apenas nos quedaba ya algo de comida, estábamos casi sin agua, con mi hija llorando porque no la podía alimentar bien. No sabíamos casi nada de nuestros padres, ni del resto de la familia. Se habían repartido por diferentes lugares, con amigos o conocidos. Podíamos hablar con ellos de vez en cuando, pero siempre con el miedo a ser descubiertos.
El día 22, una semana después del asalto de los talibanes al Palacio presidencial, recibí una llamada de un número local que no conocía. Reconocí la voz de un antiguo colega de trabajo. Estaba trabajando como colaborador con la Embajada de España. “Shunita, ¿dónde estás?” —me dijo. Me preguntó si quería ser evacuada a España… Le dije que estaba dispuesta a ser evacuada a cualquier lugar, incluso a Pakistán si no había otra alternativa. Teníamos que salir de Kabul a toda costa… Mi marido, como director de Correos, también era objetivo claro para los talibanes.
Mi colega me dijo que intentaría que nos evacuasen a los tres. “Espera mi llamada”, me dijo. A las dos de la madrugada, recibí otra llamada suya. Mañana a las cinco de la tarde, te llamaré para darte la localización exacta de un autobús. Shunita, no puedes decírselo a nadie…. Me dijo que en las puertas del aeropuerto, los militares americanos, que todavía mantenían cierto control del aeropuerto, tendrían una lista con nuestros nombres.
Llamé a mi padre. Le expliqué la oportunidad que nos ofrecía mi colega. El corazón se me partía solo de pensar que mis padres tuviesen que quedarse en Kabul, expuestos a las garras de los talibanes… Con los americanos y los canadienses la idea siempre fue que nos evacuarían a toda la familia. Pero, no había funcionado. Ahora yo tenía la oportunidad de salir con vida con mi hija y mi marido. Mi padre me dijo que, aunque solo una persona de la familia se pudiese salvar, el estaría feliz. Me dio su bendición y me dijo que teníamos que aprovechar la oportunidad. “No puedo irme sin vosotros”, le dije. Me volvió a calmar. “Buscaremos nuestro sitio”. Mi padre estaba con mi madre y una hermana. Al resto de mi familia no conseguimos localizarles.
El punto de encuentro estaba muy cerca de casa, a mitad de camino hasta el aeropuerto. En el autobús me encontré con otros tres colegas. Todos nos emocionamos… Había un caos absoluto alrededor del aeropuerto. Teníamos que acceder a la plataforma por los la puerta B, pero, los militares americanos solo dejaban pasar a sus propios evacuados.
Nos pasamos dos días dando vueltas alrededor de las puertas. La última botella de agua se la fui reservando a mi hija, pero apenas quedaba ya nada. Nos metimos en el autobús el día 24 y hasta el 26 no conseguimos acceder al aeropuerto.

Nuestro avión fue el penúltimo en despegar antes de la gran explosión. Dos terroristas del ISIS se inmolaron, provocando la muerte de decenas de personas, americanos y afganos, mientras se estaban acelerando las evacuaciones masivas. Ya no vivimos de cerca el caos que se originó, la huida desesperada de miles y miles de afganos que invadieron las pistas tratando de subirse a cualquier avión.

Estuvimos muy cerca. Podríamos haber muerto. Pero, la vida nos ofreció otra oportunidad. No puedo olvidar a mi pueblo. Quiero seguir haciendo todo lo que esté en mis manos para ayudar a mis compatriotas. A las mujeres y niñas afganas… Por eso creé la asociación de mujeres afganas en España. Para ayudarlas a salir de allí y que puedan integrarse en la sociedad española, que consigan trabajo, que puedan estudiar…
Paró la grabadora por un instante. Estaba exhausta. Volver de nuevo a aquel, día, el día negro, la ha dejado sin fuerzas. Le pregunto si ha conseguido la felicidad en Madrid.
Los talibanes nos han robado la felicidad a todos. No puedo compartir con mis hermanas la felicidad por ver cómo mi hija progresa en el colegio. Ya tiene cinco años. Es muy lista, aprende mucho en la escuela. Mis sobrinas, las hijas de mis hermanas, no podrán estudiar mientras nos gobiernen los talibanes. Quieren borrar a todas las mujeres de la faz de la tierra.

1 Comentario
jose
Fantastico