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#78 El vuelo soñado de Sunita

La vi marcharse hacia su casa. Su andar era lento, la espalda algo encorvada. Me sentía culpable por haberle despertado de nuevo los horrores vividos tras la toma del poder por los talibanes en Afganistán. Sunita Nasir es ingeniera civil. Quería ser piloto. Trabajaba para UN-Habitat, una organización de Naciones Unidas empeñada en la reconstrucción de las ciudades afganas, devastadas por demasiados años de guerra civil e intervenciones de rusos y americanos. Cuando la perdí de vista, ya en mi coche, las noticias anunciaban el Premio Nobel de la Paz para la venezolana María Corina Machado. Mujeres valientes, como Sunita, quizás también serían merecedoras de ese galardón.  

En 1996, cuando los talibanes llegaron por primera vez al poder, declarando el Emirato Islámico, Sunita tenía tan solo cinco años. En esos tiempos, su padre era asesor del primer ministro que sería depuesto por los talibanes. Procede de una provincia, Panjshir, al norte de Kabul, un territorio plagado de bellas montañas y valles. En esa provincia se desarrolló, en tiempos de la invasión de la Unión Soviética, un grupo de resistencia encabezado por Ahmad Masoud, un héroe nacional afgano. En 2021, cuando los talibanes se hicieron nuevamente con el poder, la guerrilla de la Alianza del Norte, dirigida por un hijo de Masoud mantuvo a raya a los talibanes, siendo la única parte del territorio afgano que no colapsó ante el avance imparable de los talibanes.

Afganistán es tierra de nómadas, viajeros, comerciantes y guerrillas. Enclavado en un rincón estratégico del Asia Central, paso obligado de caravanas en la Ruta de la Seda hacia el Mediterráneo y hacia la India, sus habitantes sufrieron hasta seis formas diferentes de gobierno durante el último siglo. Los talibanes declararon por primera vez un Emirato Islámico en 1992, obligando a Sunita y su familia a emigrar a Pakistán. Después de los atentados del 11M y la posterior intervención de los Estados Unidos, tuvieron un tiempo de razonable tranquilidad bajo la tutela militar y económica internacional. El 15 de agosto de 2021, la pesadilla volvió a caer sobre las cabezas de todos los afganos, en especial sobre las mujeres, borradas del mapa hasta convertirlas en la nada.

Sunita, junto a su familia, se mantuvo refugiada en Pakistán hasta 2001. Cuando vuelve a Kabul tiene diez años y ya soñaba con ayudar a su país. El ambiente que se respiraba en Kabul era similar al que hoy en día existe. Las mujeres sufrían todo tipo de limitaciones y discriminaciones, agravadas ahora por la interpretación extrema que los talibanes hacen de las enseñanzas del islam. Para ella, al principio fue muy duro. Habían dejado Pakistán, donde estudiaba en un colegio internacional, podía vestirse y comportarse como cualquier chica occidental, ponerse unos vaqueros y no tener que taparse la cara, ni el pelo. No le quedó otro remedio que adaptarse.

Con quince años piensa en ser piloto, algo que solo podía conseguirse siendo parte del ejército, un imposible para las mujeres afganas. Su familia, pese a tener fuertes vínculos militares, no le permitió intentarlo. De manera que optó por estudiar ingeniería civil para volcarse en la reconstrucción de su país. En su curso, eran 52 estudiantes. Solo tres de ellos eran mujeres, pero, durante el período 2004-2021, muchas otras mujeres se incorporaron a la vida civil, con profesiones muy diversas, no solo enfermería, medicina y profesoras, las profesiones toleradas.

Terminó sus estudios en 2013 y de inmediato consiguió unas prácticas en un proyecto de reconstrucción en el que participaba una ingeniería americana Tetra Tech. Le hace gracia cuando le comento que nuestras vidas profesionales tienen un punto en común. Los dos hemos trabajado para Tetra Tech en algún momento de nuestras vidas. Al poco tiempo, ingresa en UN-Habitat, la organización de Naciones Unidas que coordina los esfuerzos de reconstrucción en más de 60 países y que, en el caso de Afganistán, puso el foco en la manera de aprovechar los fondos internacionales no solo para la reconstrucción física de viviendas e infraestructuras: también para devolverle derechos a las mujeres.

Su trabajo la llevó por 15 provincias de Afganistán. En las más remotas, las condiciones de vida y los derechos de las mujeres eran todavía más penosos de las que se daban en las principales ciudades. Allí, el legado oral de las tradiciones islámicas imponía mayores restricciones, si cabe, a la vida de las afganas. La financiación internacional era una excelente oportunidad para mejorar sus condiciones de vida: el que pone el dinero puede imponer sus condiciones. Y, entre esas condiciones, estaba la recuperación de derechos elementales para las mujeres.

Participó en proyectos para la construcción de casi cien escuelas, para niñas, especialmente para niñas, y 35 parques para mujeres. Desde el comienzo de su vida profesional comprendió que participar en proyectos que beneficiaran a las mujeres era la mejor manera de defender sus propios derechos y crearles un futuro digno a sus descendientes. Gracias a esos proyectos, supo de primera mano lo que estaban sufriendo las mujeres afganas. Hasta cierto punto se consideraba una privilegiada. Ella solo tuvo que soportar en su propia familia la oposición a estudiar algo que no fuera tolerado por las tradiciones islámicas. En el mundo rural, apartado del bullicio de las capitales, las mujeres solo optaban a encerrarse en sus casas.

Todos los proyectos, financiados por Estados Unidos y la Unión Europea, se diseñaban en talleres con la participación de mujeres, lo que les permitía salir de sus casas para decidir sobre qué servicios necesitaban. En cada localidad, se creó un consejo en el que, por mandato de los donantes, se exigía que la vicepresidencia la ocupase una mujer. Si en una comunidad no aceptaban a las mujeres, no recibían fondos y no se ejecutaban las inversiones. Gestos que resultaron esenciales para devolverles algo de dignidad a las mujeres afganas, aunque fuese durante un breve paréntesis. Tuvieron que enfrentarse a la fuerte oposición de las tradiciones y los clanes familiares dominantes, pero consiguieron muchos de sus objetivos. También dieron apoyo a más de dos mil mujeres con microcréditos para facilitarles la puesta en marcha de sus propios negocios.

Uno de los mayores logros en su colaboración con UN-Habitat fue el programa de legalización de viviendas construidas ilegalmente. Más del 70 % de las viviendas en la ciudad de Kabul son ilegales, levantadas en cualquier lugar y, de cualquier forma. El flujo hacia las principales ciudades era imparable como consecuencia de las guerras y la crisis económica. Sunita se encargó de que, por primera vez en la historia de Afganistán, las mujeres fuesen titulares del 50% de la propiedad de la vivienda. Sencillamente, impusieron ese criterio: si querían la legalización, y con ella el derecho a acceder a los servicios de la municipalidad. Tenían que aceptar la cláusula del 50%. El presidente de Ghaní, que lideró Afganistán durante el período 2014-2021, apoyó este plan y entregó en persona los primeros certificados.

Después vendría el colapso del gobierno, la salida apresurada de los americanos y el terror de un nuevo período talibán. Todos los logros para las mujeres, que desde nuestro occidente acomodado podríamos decir que eran mínimos, fueron rápidamente enterrados por una voracidad legislativa dirigida por los talibanes contra la mujer. Hasta 139 leyes han aprobado para arrancarles cualquier derecho. Hasta el punto de que cualquiera que escuche las vivencias de mujeres como Sunita se tenga que preguntar cómo es posible una mente con una fijación tan obsesiva contra la mujer.

Sunita me dice que es culpa de la ausencia de educación. Incluso en una interpretación ortodoxa de las enseñanzas del Profeta, la mujer no tendría que sufrir la humillación y el borrado al que las someten los talibanes. En la puerta de muchas de las madrasas, las escuelas islámicas, está escrito que todo musulmán, hombre o mujer, tiene la obligación de estudiar. Pero, generación tras generación, transmitiendo de manera oral las creencias, las sunnas, que definen la forma de vida musulmana, y las sharías, que detallan el código de conducta, han deformado hasta un absurdo casi medieval el papel de la mujer en la sociedad afgana.  

Después del Black Day, Sunita ha conseguido establecerse en Madrid. Pero no puede olvidar lo que ha dejado atrás. Por eso, ha creado y preside una organización, AMAE, Asociación de Mujeres Afganas en España, desde la que pelea para que otras como ella salgan de Afganistán y, al llegar a España, puedan insertarse en la vida laboral y social. Una tarea menos ardua que la reconstrucción de los pueblos afganos, pero no exenta de retos y dificultades burocráticas. Las administraciones, los gobiernos y muchos políticos, utilizan con frecuencia los dramas humanos, como el de las mujeres afganas, para un rápido relato que les beneficie. En cambio, cuando llega la hora de materializar las promesas, no siempre resulta sencillo.

Ojalá que Sunita pueda conseguir muy pronto el sueño de volar por el cielo de un Afganistán librado de tiranías, un vuelo para disfrutar de las montañas y las bellezas naturales de un país que, hoy, castiga de forma inhumana a sus mujeres.

1 Comentario

  • Jose
    Al corriente 26/12/2025 en 22:41

    Ojalá, Tomás ojalá.

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