La culpa fue del flaco, ese tísico que me perseguía sin desmayo antes de la entrada al colegio y que me esperaba cada día, invariablemente, a la salida. Él y su banda. Nunca supe por qué me eligieron a mí; tal vez porque era nuevo, o simplemente porque necesitaban una víctima. La banda del tisi no soltaba a una presa, así como así. Sentía un nudo en el estómago cada vez que los veía en la puerta, aunque ya no me temblaran las piernas como antes. Era lunes de la última semana antes de las vacaciones de Semana Santa. Me esperaban en la misma puerta, con una familiaridad que ya no me provocaba ni temblores en las piernas, solo una mezcla de resignación y abatimiento.
Aparecieron los de siempre. El gordinflón, que era el que quería pegarme, un rubio con cara de pan y tres dientes rotos, que miraba al tisi esperando la orden para soltarle el primer mamporro a la presa seleccionada por el jefe. Los dos gafotas, con cara de asustados y mirada de desconfianza, que se asociaron a la banda para no verse perseguidos ellos mismos. Y el larguirucho, encorvado y maloliente, vestido con los mismos pantalones de cada día, demasiado anchos para sus raquíticas piernas y manchados de orines por las palizas que le daba su padre antes de escaparse de casa por las mañanas.
“Para enterrarte, después de la paliza que te vamos a dar”, masculló el tisi, viendo en mi cara la sorpresa por las herramientas que llevaba. Balanceaba con una mano una pala que habrían robado de cualquier obra. En la otra llevaba una llana. La movía como si de verdad estuviera allanando algo. Sentí que el aire frío de Entrevías se colaba por todo mi cuerpo, mientras la vena que divide mi frente palpitaba tan fuerte que parecía a punto de estallar. Rogelio, el gordinflón que siempre iba a su derecha, se reía con una tos seca mientras se tiraba contra mí para empujarme. Le apodaban hogaza, por su padre, panadero del barrio, de los que se levantan cada mañana a las tres para ir calentando el horno mientras descubre que le resulta imposible que el holgazán de su hijo le ayude. Los dos gafotas, Mario y Santi, murmuraban entre ellos, cubriéndose la cara con bufandas gastadas y aceitosas, observándome intranquilos, deseosos de que no tuvieran que demostrarle al jefe lo que no eran. El larguirucho, apodado Pescaíto, caminaba a la zaga, oliendo a tabaco rancio y a sudor frío, soltando alguna palabrota de vez en cuando.
La indiferencia de los demás compañeros del instituto, todos apresurados en su carrera hacia la camioneta, como las sombras alargadas de los atardeceres de invierno en Madrid, procurando alejarse de nosotros con la vista clavada en la acera y las manos apretujando contra el pecho la cartera, hacía que me sintiera tan desamparado como de costumbre. Esa tarde tuve suerte, solo me llevé un par de collejas del gordinflón. El conductor del P13 gritaba: “¡Vamos, que nos quedamos helados!”. El tisi tuvo un raro gesto de piedad, dejando que pudiera correr para refugiarme en la camioneta verde. Me pasé el trayecto con la cabeza pegada a la ventanilla. Cuando llegamos a la última parada, la mía, sentí por un instante la rutina del barrio. Las voces familiares del Puente de Vallecas me devolvieron un poco el ánimo para cruzar la Plaza Vieja. Afortunadamente, los macarras de la banda del carnicero no habían aparecido todavía por sus esquinas.
Esa noche llegó el primer sueño.
Había un revuelo enorme en la entrada del Instituto. “Han matado a la profesora de lengua, a tu novia”, me dijo Luis, el compañero de pupitre, con la misma cara de guasa que ponía mientras ella daba clases y yo la miraba alelado. Se abrió un pasillo formado por los alumnos. También reconocí a varios profesores. A la de matemáticas, con su cara de hombre bigotudo, el pelo peinado y aseado como los varones decentes; al de física, calvo y risueño, tarareando la primavera de Vivaldi detrás de sus gafas de sabio loco. Mientras caminaba hacia el interior, vi cómo todos empezaron a señalarme, en silencio. Caminaba y caminaba mientras el pasillo se iba haciendo cada vez más estrecho y oscuro. Sentí un fuerte golpe en la cabeza… Me había caído al suelo de mi habitación.
Al día siguiente teníamos lengua a primera hora. En medio del alboroto de la clase, yo me mantuve en el pupitre, en silencio, todavía dolorido por el coscorrón que me había dado al caerme de la cama. Pasados quince minutos de las nueve, llegó la directora. Nos dijo que Clara, la profesora, se había sentido indispuesta y no podía darnos clase. Que tendríamos esa hora libre y que podíamos bajar al patio de recreo. Preferí quedarme sentado en mi lugar. La pesadilla de la noche me daba vueltas por la cabeza. Lo último que me apetecía era otra hora más de empujones, cuchicheos, bromas pesadas y zancadillas.
El tisi llegó puntual para acosarme durante mi camino a casa. No llevaba la pala, solo la llana. “Hemos cavado tu fosa, pitagorín, te está esperando”, me dijo, provocándome, entre empujones y nuevos insultos. Hablaban poco, los de su banda le tenían más miedo que yo y no se atrevían a decir nada. Las palabras gruesas se las dejaban a él. Yo pensaba que eran tan zoquetes que ni hablar sabían. El segundo sueño me despertó empapado de sudor. Arrastraba el cuerpo de Clara por detrás del edificio del instituto, junto a una vieja fábrica de cerámica a la que íbamos a escalar. Era de noche, pero se escuchaba de fondo el murmullo de las clases y el griterío de los alumnos. Yo arrastraba el cadáver cogiéndola por los sobacos. Siempre daba clases con unas camisas de colores, sin mangas. Mi compañero se reía de mí porque, decía, les prestaba más atención a sus sobacos desnudos de pelos que a las explicaciones. De pronto, el murmullo de las clases empezó a convertirse, en un susurro. Poco a poco fue creciendo. Mientras corría y corría arrastrando a Clara, comencé a escuchar mi nombre a lo lejos, coreado por todos, bien claro e inconfundible. Como si me hubieran descubierto, como si todas las miradas me estuvieran persiguiendo en mi desesperado intento por ocultar el cuerpo.

El viernes vino a darnos clase una profesora suplente. Todos los profesores del día nos dieron las notas, antes de las vacaciones de Semana Santa. Menos lengua. La suplente no sabía nada de nuestros exámenes, ni de Clara. Era una señora bastante malencarada, casi vieja, que no paraba de mirar su reloj de pulsera. No le debió hacer gracia que la llamaran para darnos una clase inútil. Clara había terminado toda la materia del trimestre. Yo seguía su clase muy nervioso, me intrigaban los dichosos sueños y que nadie nos diera noticias de ella. Mientras repartían las malas calificaciones para unos y regulares para la mayoría, la clase estaba inusualmente callada, respirándose un ambiente casi solemne. Habían repartido una buena ristra de suspensos. Con el fin del curso ya cerca, sin mucho tiempo para recuperarse, estarían temiéndose la cara de sus padres. Me sentía señalado por todos, como si susurraran mi nombre. ¿Qué culpa tenía yo de haber sacado sobresaliente en todas?
Durante las vacaciones, la misma pesadilla no dejó de visitarme. Había conseguido enterrar a Clara, pero cada noche añadía unas cuantas paladas más en la tumba. “¿Qué mosca te ha picado?”, me repetía cada mañana mi madre. “Tienes cara de lechuga, las ojeras te llegan a los talones”, me decía, haciendo que me ruborizase. ¿Cómo explicarle que no dormía porque estaba enterrando a mi profesora de lengua?
El último sueño fue la noche anterior al primer día de clase. Había conseguido enterrarla por completo. Me pasé toda la noche allanando la capa de cemento con la que tapé la tumba. Cuando creía que ya había terminado, de pronto, me daba cuenta de que la cara de Clara aparecía en la superficie. Al principio parecía una mancha de humedad, pero poco a poco fue apareciendo su cara, como las fotografías al meterlas en el líquido de revelado. A toda prisa, empecé a repasar y repasar con la llana la tumba, una y otra vez. Cada vez que creía haber terminado, su cara aparecía de nuevo, poco a poco, como si quisiera salir de la tumba, como si quisiera decirme algo…

A las nueve en punto llegó Clara. Nos dio los buenos días antes de empezar a leernos las notas. Cuando llegó mi turno, me dijo que me quedase al final de la clase, que quería hablar conmigo.
Me había suspendido.
“Llana se escribe con doble ele… no entiendo qué te ha podido pasar, todo el examen con faltas de ortografía. Después de un sobresaliente en el primer trimestre…”
No estaba yo como para contarle que me había pasado toda la noche con la dichosa llana…
Callé y me fui de la clase.
En la puerta del Instituto, estaban esperándome el tisi y sus secuaces. Ya no llevaban la llana.

2 Comentarios
Jose
Me gusta mucho. Sencilla, cercana y creíble. Muy creíble. El suspenso fue su salvación?
Tomás Aranda
Muchas gracias, José. Seguro. Al menos, terminó con sus pesadillas. Al tisi el suspenso de su presa no creo que le diera más placer que arrearle unos sopapos.