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#82 Crispina: La reina del comercio de esclavos

Un puerto en la costa occidental de África, Cacheu, de los más transitados en el boyante negocio de la exportación de esclavos hacia las américas. Una ciudad dividida en dos: Villa Fría, donde vivían los hombres y mujeres respetables, y Villa Caliente, donde se agolpaban negros, mestizos y gente de mala vida. Es el siglo XVII. Crispina Peres, casada con un comerciante portugués, destaca como una de las mujeres más poderosas de entre las muchas mujeres que dominan el negocio negrero. Los hombres llevan mal las habilidades de sus esposas. Para salvar su honor, no dudan en acudir a la asistencia del Santo Oficio, la Inquisición, para arrebatarles la riqueza. Transformaron la destreza de Crispina con las tribus del interior de Guinea en prácticas de brujería. Un juego entre deleznables protagonistas en el que, naturalmente, las mujeres fueron las perdedoras.

La historia de Crispina llegó a mí por una noticia de estos días. Un golpe militar se ha hecho con el poder en Guinea Bissau. No es el primero, ni será el último, en un pequeño país, repleto todavía de ríos, selvas, playas de ensueño y una interminable ristra de islotes en los que es sencillo cualquier trapicheo marino. El país es hoy uno de los más pobres del planeta. Malviven de la agricultura y la pesca: algo de cacao, nueces de cajú, cacahuetes, sorgo. Y poco más. El contraste con la riqueza que se movió durante más de tres siglos en sus ciudades, gracias a la exportación de esclavos, es abismal. Se calcula que de sus puertos partieron más de doce millones de esclavos para el continente americano: Brasil, las islas del Caribe y hasta Perú y Colombia, recibieron una ingente población de indígenas recolectados por personajes como Crispina Peres. Los portugueses, desde finales del siglo XV, destacaron por su frenético intento de hacerse con el mercado procedente de Oriente. Sabían de las rutas terrestres, pero el dominio que sobre ellas tenían el Imperio Otomano y otros en el Asia Central los llevó a arriesgarse a recorrer las costas africanas para llegar hasta el Índico. De ese modo, fueron estableciéndose en lugares como Guinea y Angola. La Corte de Castilla, en cambio, financió una expedición que nadie sabía que era errónea: llegar a las Indias por el oeste. El resto de la historia es bien conocida. Con un nuevo mundo en manos del enemigo castellano, los portugueses se centraron en maximizar sus aventuras africanas. Desde las islas de Azores, Cabo Verde y las cercanas costas peninsulares de lo que se terminaría llamando Guinea, lanzaron las primeras expediciones hacia las costas brasileñas, poblándolas con indígenas africanos. Varias generaciones de portugueses, anteriores a la familia de los dos esposos de Crispina, hicieron fortuna con el comercio esclavista

Los comienzos de tan provechoso, al tiempo que infame, negocio fueron protagonizados por los europeos. Pronto se amancebarían, mezclándose con las mujeres africanas hasta el surgimiento de una estirpe mestiza en la que las mujeres resultarían fundamentales para penetrar en las profundidades de las selvas y las tribus próximas a las costas. Algunos historiadores las describen como socias, concubinas, “intermediarias culturales”, esposas de conveniencia, en definitiva. En otras palabras, pareciera que, sin la inestimable ayuda de las mujeres de la zona, la grandeza que alcanzaría el comercio de esclavos podría haber sido mucho más modesta, pues, de otro modo, tendría que haberse fundamentado en la pura violencia contra las tribus y pobladores de la selva. Las mujeres hacían todo lo que se esperaba de ellas en la época, desde la atención a la casa, la comida, el cuidado de los niños y hasta de sus propios maridos, muchas veces acudiendo a prácticas medicinales locales, prácticas que, más tarde, serían utilizadas en su contra.

Crispina Peres nació cuando los europeos ya negociaban con negros al sur del río Gambia. Estos, como forma de hacerse con el control de los jefes tribales, no dudaron en casarse con mujeres africanas, hijas de los administradores de las tribus. Tras varias generaciones, la familia de Crispina ya era una mezcolanza de razas y procedencias. Su madre era de la etnia bathuns, habitantes de una zona al norte de Cacheu, que podían considerarse comerciantes locales en la región. Hasta tres generaciones anteriores a la madre de Crispina habían destacado en diferentes áreas del comercio, incluyendo el comercio de esclavos, en un matriarcado asombroso sobre una actividad que muchos pensaríamos requiere de una fuerza y brutalidad más propias del género masculino. El padre, Rodrigo Peres Baltazar, portugués, había nacido en las Azores, en la Isla Terceira, y ya hacía negocios en la región en el momento de su casamiento.

Crispina nació en 1615 y formaba parte de lo que los europeos consideraban una élite: era una mujer luso-africana, pues entre sus antepasados ya existió el mestizaje étnico y cultural. Ese privilegio les ofrecía la posibilidad de desempeñar un papel destacado en la sociedad y, gracias a sus habilidades culturales, resultaban imprescindibles para el progreso económico de sus maridos. La historia de Crispina, escrutada por el Santo Oficio, desvelaría un buen número de mujeres como ella, emprendedoras y resueltas, capaces de controlar y desarrollar por sí mismas negocios como los que pretendían sus maridos. Destacaron tanto, que muchos de los europeos, heridos en su orgullo y hombría, no tuvieron otra mejor idea que atribuirle a fuerzas sobrenaturales y a prácticas perversas el éxito de sus esposas.

Crispina se crio en la Villa Caliente, la zona menos favorecida de la ciudad de Cacheu. Allí sería educada en la religión católica y en los modales europeos, lo que le permitió un matrimonio temprano con un capitán de barcos negreros. Con su marido la mayor parte del tiempo en la mar, sería ella la que empezase a desarrollar el negocio. Se trasladaron a Villa Fría y desde allí empezaría a tejer su red de proveedores con todas las capacidades de una mujer formada para el regateo y el comercio con los habitantes del interior de las selvas. Pese a no saber ni leer ni escribir, se hizo con los mandos del negocio familiar, sobre todo desde que su marido enfermase —tenía gota— hasta fallecer, dejándole a Crispina tres hijos y una fortuna, en forma de ganancias en metálico y redes comerciales, que le permitieron a Crispina convertirse en la auténtica reina del comercio esclavista en Cacheu.

Las envidias y la desconfianza, los chismes y las enemistades en torno a Crispina fueron creciendo. Incluso entre el personal a su servicio. Se casó por segunda vez, pero ella ya era dueña de su propio destino. El proceso hasta la demonización de Crispina siguió una lógica implacable. Ella no podía ser tan avispada; tenían que intervenir fuerzas antinaturales para ello. La denuncia no tardaría en llegarle. De los 28 denunciantes, 26 eran hombres, todos ofendidos por el poder de la reina negrera. Entre ellos, su propio criado personal, quejoso por el trato que, según su declaración, le dispensaba Crispina.

El Santo Oficio mandó una delegación de eclesiásticos a recopilar pruebas que solo tenían un fin: hacer una farsa hasta la encarcelación y condena de Crispina. La acusaron de prácticas contrarias a la religión cristiana, como no acudir a la Iglesia, o no seguir la regla de no comer carne durante la Pascua. Sin embargo, el grueso de la persecución se basó en las prácticas de hechicería. Crispina, como casi cualquier nativo de la zona, acudía con regularidad a curanderos, hechiceros negros que recomendaban el uso de plantas y otros brebajes para un sinfín de dolencias. Además, hacía ofrendas a los ancestros, dormía con un balde de agua bajo la cama para que los antepasados no sufrieran de sed. Y hacía comidas dedicadas a dioses paganos, a los ojos del Santo Oficio.

El expediente se remitió a la Inquisición, en Lisboa y, antes del juicio, sometida antes a todo tipo de torturas, se confesaría culpable de todas las acusaciones. Fue sentenciada al destierro y a la pérdida de todo su patrimonio, el verdadero objetivo del proceso.

No ha sido fácil que la historia de Crispina, y de otras muchas mujeres como ella, llegase hasta nuestros días. Los europeos de entonces primero, luego los musulmanes que terminarían adueñándose de gran parte de los sentimientos religiosos en la región, y ya en el siglo pasado, nuevamente los europeos, ocultaron durante cientos de años la asombrosa realidad de que el negocio esclavista, que hizo de Guinea una región vibrante y próspera durante tres siglos, estuviese fundamentalmente en manos de mujeres. Gracias a un estudio académico sobre el Tribunal del Santo Oficio Portugués, pudieron descubrirse expedientes enterrados y casi olvidados.

Quizás no sea el tipo de negocio más respetable al que las mujeres fueron capaces de enfrentarse, pero la historia de Crispina nos invita a enterrar la imagen de las mujeres africanas como meras piezas domésticas. Si se las apañaron para transportar nada menos que a doce millones de personas al Nuevo Mundo, ¿qué no habrían conseguido si hubiesen ejercido el gobierno en muchos de los países africanos? Que me disculpen los lectores varones —en especial, los críticos con las políticas de igualdad—, pero, tal vez no nos vendrían mal unas cuantas Crispinas en tiempos de incertidumbre y malos gobernantes.

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