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#004 Una buena mano

Tomás Aranda

          Frank Dunning no ha tenido una buena noche. Le han levantado hasta el último centavo. Maldice su mala suerte mientras con la mano izquierda esquiva los rayos de sol. «Mi suerte tiene que cambiar», se dice, sin apartar la mirada del miserable poblado en el que se hacinan miles de desesperados que prefirieron instalarse como vagabundos en Central Park antes que pegarse un tiro. No pudieron reservarse ni unos pocos dólares para comprarse una pistola por culpa de la gran depresión. «Pobres diablos, pensarán que instalándose en la quinta avenida harán realidad su sueño americano», masculla tiritando de frío con el rostro mirando la sucesión de construcciones de hojalata y cartones que siembran una avenida que ha vivido momentos de mucha mayor gloria.


          —Disculpe. No la vi venir —dijo a una joven a la que por poco atropella, en un gesto que era casi un abrazo—. He tenido una mala noche. Pero no se asuste por mi apariencia.


          —La culpa es mía, no se disculpe —le dice Leila mientras trata de recuperar la carta que iba leyendo sin percatarse de la llegada de Frank.


          Su coquetería es más poderosa que el valor de la carta que llevaba entre sus manos y, al alisarse el pelo, se le escapa el mensaje del Centro de Bellas Artes de la Fundación Rothschild, su salvoconducto a una nueva vida. Con la agilidad de un avezado repartidor de naipes, Frank consigue rescatarla de la gélida brisa de la mañana que ya amenazaba con hacerla subir volando hasta lo más alto de los edificios de la avenida.


          —Parece importante, —le dice mientras le entrega la carta y aprovecha para retenerle la mano.


          —Muchas gracias, le debo la vida. —Leila Szabo dobla la carta, la mete en el bolsillo interior de su abrigo y de nuevo busca la cálida mano tendida de Frank—. Ya la veía en algún tejado.

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          A Frank le parece que su acento es de algún país de Europa del Este. Nada extraordinario para una ciudad cimentada sobre los sueños de inmigrantes de todo el mundo.


          —Perdone mi atrevimiento, usted no es de por aquí, ¿verdad? —le dice sin dejar de apretarle las manos—. No es muy recomendable para una mujer andar sola a estas horas.


          —Llegué a Nueva York hace unos meses con mi familia —le dice Leila, al tiempo que comienza a caminar aferrada al brazo de Frank—. La amenaza de la guerra nos expulsó de Budapest.


          —Pues habla muy bien mi idioma. —Frank entrelaza su mano con la de Leila y las mete tiernamente en el bolsillo de su abrigo—. Hace frío, ¿verdad?


          —Tuve a varios profesores americanos en la escuela de Bellas Artes de Budapest. Si quiere puede acompañarme hasta la Fundación Rothschild. Estoy citada para una prueba, ¿se me notan los nervios?


          —Mi especialidad es controlar los nervios. Y una visita al único hombre que debe de tener dinero en esta ciudad puede venirme bien para cambiar mi suerte —le dice, convencido de que, después de todo, la noche le ha regalado una buena mano.

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