Los humanoides de la serie Z15 son el nuevo estándar en las tareas de limpieza y prevención de rebeldes. Patrullan en los bajos de los edificios en busca de fugados que aprovechan de forma precisa los momentos del suministro para colarse y salir a la calle. Son perfectos. Sin el menor gesto de contrariedad, esperan para abalanzarse sobre los que hayan decidido romper las normas de la Comunidad. Son inmunes al desagradable ruido provocado por las caídas desde los pisos altos. A algunos aspirantes a rebeldes la decisión les brota sin que a HAL 2121 le dé tiempo para prevenirla. Entonces, no le queda más remedio que abrirles las ventanas para que salten al vacío. Cuatro o cinco caídas diarias. El impacto de los cuerpos contra el suelo, acristalado, no les provoca la menor inquietud a los “zetas”. En cambio, a Joseph cada golpe le provoca un intenso dolor en la cabeza. Un sonido punzante en su cerebro. Otro rebelde perdido.
Joseph era uno más. Le incubaron hace ya casi treinta años, en la primera ronda de programación de nacimientos decretada por la Comunidad. Emplearon material genético heredado de antepasados que fecundaron de manera tradicional. Venía de una estirpe privilegiada; sus ancestros habían destacado en diversas ciencias. Sobre todo, en el manejo genético. Formaron parte de los equipos que diseñaron las comunicaciones necesarias para el funcionamiento del programa aprobado por el secretario general. El dispositivo insertado en el cerebro de todos los habitantes regulados del Planeta Tierra y de las bases en la Luna y Marte tiene la impronta de la línea genética de Joseph. Por eso, el día que decidió deshacerse de ese dispositivo generó una sorpresa en la Comunidad. Incluso para HAL 2121, que no tenía previsto un protocolo para casos de rebeldía.
Joseph se unió enseguida con otros habitantes de la tierra que nacieron de manera natural y que se niegan a ser incluidos en la Comunidad. Cuando Joseph se unió a ellos, vivían errantes, escondiéndose de las redadas de los agentes zeta. Ocupaban edificios en ruinas, zonas de las ciudades en las que todavía no había llegado el orden universal decretado por el secretario general. Para alimentarse, espiaban en los almacenes de preparación de elementos de la dieta. Cuando encontraban una oportunidad, entraban en busca de productos básicos desechados en los procesos de transformación. Pero sufrían muchas bajas. No tenían método. Ni un líder que les guiase, que les ayudase a subsistir en medio de la jungla de ciudades y edificios en la que se había convertido la Tierra.

Joseph sabía lo que había que hacer. Conocía mejor que los propios creadores las debilidades de HAL 2121. Sabía que hasta HAL 2121 disponía de periodos de refresco, breves instantes en los que se lanzaban los procesos de actualización de sus funciones. Momentos de oro en los que cualquiera con las habilidades necesarias podría insertar un virus en el sistema. Una secuencia de instrucciones precisas que permitiesen a los rebeldes hacerse con zonas concretas de la ciudad. Bastaba con programarle a HAL 2121 un apagón en una zona determinada, un retraso en los períodos de consciencia de los humanos, o un bloqueo temporal de los humanoides. Así, bajo sus órdenes, los rebeldes han conseguido hacerse fuertes en algunos rincones de las principales ciudades.
Hoy Joseph ha quedado con una nueva rebelde. Se llama Sakura. Vivía en uno de los edificios en los que Joseph ha conseguido establecer una base. Quiere conocerla en persona. Le han hablado de sus dotes como programadora neuronal. Una experiencia imprescindible para que los rebeldes puedan interferir en el sistema de nacimientos y muertes programadas por HAL 2121. Acordaron en verse en los bajos del edificio del que se ha fugado Sakura. Los rebeldes han conseguido hacer túneles y calles en el subsuelo, una auténtica ciudad en la que se intercambian planes, se compra y se vende de todo. Una ciudad sin luz, cierto, pero en la que todos sus habitantes se mueven en libertad.

Sale de su cubículo, oculto tras unas escaleras que, hace más de un siglo, permitían el acceso a un modo de transporte bastante primitivo, subterráneo. Trenes abarrotados de habitantes que se movían de un lado a otro de la ciudad. Joseph siente añoranza por aquellos tiempos. Mientras sube por las escaleras, se dice que todavía puede escucharse el ruido de los trenes llegando a la estación, el rumor creciente de los pasajeros apelotonándose alrededor de las puertas. Y hasta el olor de los frenos de los vagones.

En el corredor principal hay siempre una actividad frenética. El encuentro con Sakura será en el bar Red Lips, un lugar en el que, además de servirse bebidas auténticas, también se hacen intercambios de parejas. La barra está repleta de chicas y, a su alrededor, se mueven como zombis, atraídos por el olor de sus perfumes, decenas de chicos jóvenes que seguramente todavía no han tenido ninguna experiencia real. Joseph se sienta entre dos de ellas:
—¿Necesitas compañía? ¿Pareces maduro? No serás uno de esos pervertidos que piensan que nos vendemos, ¿verdad? —le dice la chica a su derecha, de pelo muy corto, blanquecino, embutida en un vestido de color rojo, demasiado estrecho para ella.
—Prefiero que me dejes el sitio libre. Estoy esperando a otra persona —le contestó de forma ruda Joseph.
—Tranquilo, hombre. Ya me iba. Hoy el ambiente está muerto. Y los chinos esos de la puerta no me gustan. Siempre traen complicaciones.
—¿Qué complicaciones? —le pregunta Joseph.
—Entre ellos casi siempre hay algún humanoide, de esos que hacen las redadas, disfrazado de humano. No preguntan, te esposan sin piedad y luego te inmovilizan con una de esas pistolas láser. Yo en tu caso me andaría con los ojos bien abiertos. A los mayores, como tú, los liquidan. Dicen que ya no sirven ni para reprogramarlos —le dice ella muy seria mientras se baja de la silla camino de la salida.

Sakura apareció a la hora precisa. Vestía un kimono rosa y todavía tenía el miedo en su cara. Acababa de dar el salto para convertirse en rebelde.
—No pude cambiarme de ropa. Tenía programado un encuentro mediante holograma. Era con un buen chico. Alguien a quien he intentado convencer para que se una a…Para que se una a tu grupo —dijo ella, disculpándose por un atuendo que llamaba la atención.
—Te proporcionaremos una residencia, un lugar desde el que puedas ayudarnos. Necesitamos seguir avanzando en el hackeo de las redes neuronales. Para crearles la inquietud a más candidatos. De momento, me comunicaré directamente contigo. Te he conseguido todo tipo de dispositivos para tus tareas…
—¿Cómo… cómo es la vida aquí? —le interrumpió ella, inquieta, mirando con recelo a su alrededor, todavía traumatizada por haber roto el vínculo con HAL 2121.
—Claro, perdona. Tendrás que acostumbrarte a una nueva vida. Una vida de plena conciencia. Sin las reglas de HAL 2121… Podrás interactuar con otros humanos. Sin restricciones. Sin reglas. Las únicas reglas que tendrás que acatar son las de nuestro grupo. Sin disciplina, no podríamos resistir. En el lugar en el que te voy a llevar hay rebeldes nuevos, personas que, como tú, han dado el paso hace poco tiempo. Estamos creando mucha confusión en el sistema. Y eso nos ayuda a seguir creciendo —le explicaba Joseph mientras apuraba una bebida dulzona, que en el bar vendían como Coca Cola.

De pronto, interrumpen la conversación. En la entrada se ha producido un altercado. Unos chinos, que vendían sustancias e insectos fritos, se han abalanzado sobre una de las chicas que escoltan a Joseph. El tiroteo la deja tendida en el suelo, inconsciente. Los chinos se dirigen sin dudarlo hacia la barra. En la confusión, muchos de los que pululaban por el bar se cruzan con ellos. Eso le permite a Joseph salir corriendo, llevándose de la mano a Sakura. Los disparos destrozan los cristales del bar, hiriendo a Sakura.
Joseph es un hombre solitario. Impenetrable. Es raro que exprese emociones. Se diría que sus genes y el tiempo que permaneció conectado a HAL 2121 cincelaron un carácter sombrío. Quizás no habría sobrevivido sin la desconfianza profunda hacia todos y hacia todo. Sabe que lo están buscando. La Comunidad se ha marcado como objetivo eliminarlo lo antes posible. Centenares de mercenarios no dudan en entregarse a la causa, pese a que Joseph es la garantía de que ellos mismos no vuelvan a estar sometidos a las normas de la Comunidad. Hoy, sin embargo, Joseph bajó la guardia. Algo vio en los ojos de Sakura que le despertaron de su estado de vigilancia. Además de su belleza, Sakura le ha refrescado viejos pensamientos de duda. Mientras corrían por túneles y conductos que solo Joseph conoce, se fue preguntando por el sentido del movimiento rebelde que él mismo dirige.
Al fin, con los chinos esquivados, Joseph lleva a Sakura al apartamento que le han reservado. Sus heridas son superficiales, pero Joseph decidió quedarse con ella, cuidándola. Explicándole las reglas del mundo de los rebeldes, que a Sakura le parecieron tan exigentes como las que guiaban la vida de los humanos conectados a la Comunidad. En lugar de HAL 2121, Joseph era el núcleo de todo el grupo. Con sus ayudantes e informadores que le permiten saber con precisión todo lo que sucede en el subsuelo del mundo de la Comunidad.
El trabajo que Joseph le asignó a Sakura era muy parecido al que hacía para la Comunidad. Solo que se centraba en detectar los pequeños fallos de la programación de HAL 2121. En esos pequeños huecos, otros equipos, dirigidos por Joseph, incrustaban secuencias de instrucciones que abrían las puertas para que más habitantes se unieran a la causa rebelde. Pero, en esencia, Sakura tenía que preparar instrucciones para manejar la voluntad de los nuevos rebeldes. Al igual que hacía antes para HAL 2121.
A Joseph no le sorprendió. Llevaba meses siguiendo el trabajo de Sakura. Entraba en su apartamento con total libertad. Sin avisarla. Se la veía incómoda. Salía poco, como si hubiese vuelto a la vida que llevaba dentro de la Comunidad. Se levantó bruscamente, le miró de una forma inusualmente antes de lanzarse hacia él. Con una fuerza propia de cualquier humanoide, inmovilizó a Joseph de la cabeza hasta tirarlo al suelo. Un chasquido seco en su cuello terminó con él.
No se resistió. Aunque podría haberlo hecho.
Quizás Joseph solo deseaba que al fin le llegase la verdadera liberación.

