Componían un extraño trío. Madouba es árabe y debería estar enfrentado a cualquier tuareg. Pero Khelba es su mejor amigo. Crecieron juntos en una de esas zonas grises que separan el odio entre grupos étnicos. A Madouba no le importa que su amigo sea tuareg. Les une la desesperanza, que es un lazo de amistad inquebrantable. Junto con Elkubra, hermana de Khelba, iniciaron un viaje, tal vez a ninguna parte.

Vivían en Kidal, en pleno desierto maliense, un lugar que ha sido siempre punto estratégico del Sahel, y en el que hay tanta miseria como arena. Encrucijada de caravanas nómadas y centro de acopio y distribución de esclavos en el siglo XIX, hoy es un hub de la migración ilegal. Así lo denomina la Organización Internacional de la Migración (OIM). Una terminología que invita a pensar en la logística del mercado de personas que se juegan la vida persiguiendo el sueño de tener una vida digna.
Los tres amigos llevaban tiempo pensando en emprender el gran viaje. Soñaban con llegar hasta Europa, a Italia o Francia. Estaban seguros de que allí encontrarían algo mejor que despertarse cada mañana con la desesperación cotidiana, con las tribus familiares como único techo. O con la opción de alistarse en alguno de los grupos armados que se disputan lo poco que pueda rescatarse de un lugar repleto de pobreza.

En cada pueblo y aldea del Sahel, del África Occidental, desde Costa de Marfil a Níger o Camerún, uno de los pocos negocios que florecen no se diferencia mucho de las agencias de turismo. Son los tratantes de viajes sin retorno. Todos los jóvenes que anhelan emprenderlo los conocen. Saben quiénes son y dónde buscarlos para regatearles el precio hacia la incertidumbre. Hasta Kidal llegan miles de jóvenes, a los que los tratantes les habrán ofrecido diferentes paquetes y rutas alternativas, como si se tratase de un viaje de placer.
La primera decisión es la fundamental. Se trata de elegir desde qué lugar querrán comenzar su nueva vida. El punto desde el que dar el salto a territorio europeo. Durante muchos años, entre los migrantes del Sahel estuvieron de moda las costas de Libia, para luego meterse en un cayuco rumbo a la isla Lampedusa, en Italia. La ruta es muy arriesgada, les dirán, pero si todo sale bien, su destino final estará en suelo europeo. Una opción más conservadora es la de ir hasta Argelia. Allí puede que encuentren mejores condiciones de trabajo que en sus países de origen. En las costas argelinas, las oportunidades de prosperar son reales, sin tener que arriesgarse a la quimera del dorado europeo. Y, con un poco de suerte, con el tiempo podrán subirse a un avión hasta Francia. O pasarse a Marruecos, desde donde también podrán dar el salto hasta las costas españolas.

En estas singulares agencias de viajes, pagar más no es garantía de mejores servicios. O de menos incertidumbres. En el negocio de la logística migratoria de ilegales, no hay lujos. Ni garantías de reembolso si alguno de los, compinches, contrabandistas de seres humanos, termina engañándote. La venta del paquete es sencilla para el dealer, animosa, llena de promesas que los compradores, apremiados por sus sueños, terminarán aceptando. Pero, durante el regateo, se cruzarán entre sí miradas sombrías. En cualquiera de los puntos de intercambio, lo que en un paquete turístico por países civilizados sería una parada técnica para cambiar de transportista, puede ser el lugar en el que a los viajeros les roben el poco dinero que lleven encima, dejándoles tirados en medio del desierto, con la muerte garantizada como final de trayecto.
En Kidal, Madouba y sus amigos tuaregs se subieron a un viejo camión Toyota con otros como ellos. Ocho bidones amarillos con agua colgaban de los laterales de la caja del camión como toda garantía para no morir de sed. No conocían a sus compañeros de viajes, pero Madouba y Khelba vieron las miradas hacia Elkubra, una belleza tuareg, la única mujer del grupo. Sospecharon que el tratante se avino a rebajarles el precio pensando que alguno de sus cómplices sabría cómo sacarle partido a Khelba.
La ruta desde Kidal hasta Tamanrasset, la primera estación del trayecto, en territorio argelino, fue un calvario. Vadeando el cauce seco formado al pie de montañas negras y solitarias, cruzando por desfiladeros estrechos y amenazantes, solo pararon a echar gasolina en un punto intermedio entre Kidal y Tinzaouten, en la frontera con Argel. Debajo de una choza, dos niños tuareg, con aspecto de llevar allí desde el origen de los tiempos, cuidaban de dos bidones de gasolina con los que el conductor rellenó el depósito. Madouba pensó que todo iba bien, pese a no haber comido en tres días nada más que unos pocos dátiles.

En Tinzaouten les esperaba la primera sorpresa. Creían que el dinero que habían pagado era el precio del trayecto completo. Pero el conductor del camión les dejó en una aldea, unas pocas casas de adobe, medio derruidas, que está justo enfrente de la frontera con Argelia. En un cercado para el ganado en el que solo había una pequeña choza, deberían esperar a que fueran a buscarlos. No les dijo cuándo ni cómo podrían reconocer a sus nuevos transportistas. El conductor, árabe, como Madouba, le advirtió que tendrían que pagar un peaje para pasarles la frontera. De lo contrario, tendrían que volver a pie. O quedarse en aquella aldea muerta.
Nadie habló durante la noche. Amodorrados después de cinco días de ruta, los miembros de la expedición se apilaron, casi abrazados. Amanecía cuando vieron entrar a cuatro árabes, armados con rifles, que empezaron a patearles entre amenazas de matarlos allí mismo si no les pagaban 5.000 francos CFA cada uno de ellos. Las reservas de Madouba y sus amigos daban para pagarlos, pero se temían más peajes en el trayecto. Todavía les quedaba transitar por el desierto argelino y cruzar una nueva frontera, la libia. Khelba, con el rostro completamente tapado, dejando a la vista tan solo sus ojos color canela, pasó desapercibida. Madouba se encargó del pago, ocultándola tras su espigado y frágil cuerpo.

Otros no tuvieron la suerte de saldar el peaje. A cinco de ellos se los llevaron. Procedían de Niamey, en Níger. Habían salvado sus vidas pagando peajes a un par de grupos armados independentistas, vestigios de los que en 2012 llegaron a tomar el control de la región de Kidal y Goa para declarar la independencia. Los bolsillos de esos cinco sentenciados ya estaban vacíos.
Tuvieron que esperar otro día entero, sin agua ni comida, amenazados de no salir del cercado bajo pena de muerte, hasta que ya bien entrada la noche escucharon el renqueante motor de un camión. Más pequeño que el anterior, con dos bidones de agua para quince personas, el nuevo medio de transporte les cruzó el río seco que constituye la frontera con Argelia sin que nadie se interpusiera en su camino. Les esperaban otros cinco días de trayecto hasta Tamanrasset, donde tendrían que tomar una nueva decisión crítica para sus vidas: continuar hasta las costas libias, sabiendo que por el camino tendrían más extorsiones, o seguir hasta Gardhaia y Argel. La primera opción era la más tentadora: el final del trayecto era el ansiado suelo europeo. Por lo menos, el nuevo transportista llevaba algo de comida.

En Tamanrasset, Madouba y sus dos amigos tuaregs se decidieron por la gran aventura. Seguirían el camino hasta Libia. Ellos fueron los únicos del grupo que salió de Kidal que optaron por esta vía. Los demás, seguramente ya sin liquidez para nuevas sorpresas, prefirieron la ruta a Argel. De todos los migrantes del Sahel, casi la mitad opta por esta vía y trata de establecerse en la capital argelina o en alguna de las ciudades de la costa. La mayoría, defraudados y sin trabajo, tratan de volver a los pocos meses a sus lugares de origen. Las estadísticas de la OIM dicen que, de todos los que se embarcan hacia el maná europeo, apenas un 10 % consiguen su objetivo final. Madouba no quería volver a Kidal con las manos vacías, fracasado y endeudado con su propia familia. Decidieron jugárselo todo a la carta libia. En la frontera, en In-Amenas, los extorsionadores no les dieron otra opción. O dejaban a Elkubra como pago por el resto del trayecto, o morirían todos.

El relato está construido con algunas de las pocas noticias que llegan de un mercado tan depravado e incierto. Los datos oficiales dicen que Madouba y Khelba tuvieron muchas posibilidades de morir en alguno de los puntos de control de las mafias que manejan la migración en Libia. El destino de Elkubra habría sido peor que la muerte de sus compañeros, atrapada para ser explotada sexualmente entre los propios traficantes o vendida para prostituirla.
Los que consiguen su objetivo, después de una travesía a vida o muerte por las aguas del Mediterráneo, no habrán llegado al final del viaje. Para ellos, afortunados, empezará una vida que dependerá del gobernante de turno en el país europeo en el que terminen con sus huesos. De entre ellos, unos cuantos, ya resabiados con las prácticas mafiosas de las que han sido capaces de sobrevivir, caerán en la delincuencia. O quedarán perdidos en un limbo jurídico del que no entienden nada. Quizás unos pocos encuentren trabajo, se asienten y formen una familia en algún rincón de la Europa acomodada.
Hay quien defiende que todos ellos deben ser expulsados, devueltos a la nada de la que salieron. En ese viaje de retorno, el gobierno de turno se encargará de la logística. Al menos, en esta ocasión no les esperarán nuevas sorpresas.
