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#006 Magia de mujer

Tomás Aranda

          Mohamed Atta apura su donut en Dunkin, la cafetería de la terminal B del aeropuerto de Logan en la que han quedado antes del embarque. Con un ensayado gesto, ignora a sus compañeros de viaje que ya hacen cola en los controles de seguridad. Está nervioso, nota que uno de los puñales que lleva adosado en los zapatos se le ha movido ligeramente y teme que al pasar por los controles de seguridad le delaten. Aprovecha que numerosos pasajeros piden con insistencia que les dejen pasar para unirse a ellos: su vuelo a Los Ángeles, el de las 7.30, está a punto de embarcar.


          A esa misma hora, Alicia Esteve, sola, sentada en su despacho de la casa familiar de Barcelona, engulle el cuarto donut de la mañana mientras se pierde entre centenares de páginas de internet. Ni siquiera se ha duchado, se despertó a eso de las diez de la mañana, bajó las escaleras hasta la cocina, en el vacío de un hogar abandonado, y abrió su propio armario en el que guarda las chuches que el médico le ha prohibido que coma y que, sin embargo, no puede evitar. David, su último e inútil intento de relación amorosa, le ha bloqueado los correos. Hace ya varias semanas que no responde a los desesperados mensajes de Alicia. En su email final decía que la aborrecía y le pedía que nunca más le molestase. Si lo hubiera sospechado no se habría gastado la fortuna que se gastó en el restaurante que más le gustaba a David. Aquel día, invitó a todos los compañeros del máster de ESADE solo para arrastrar a David a una noche de vino y desenfreno. Ahora aporrea el teclado de su portátil con un enojo incontenible, no consigue quitarse de su cabeza el desprecio, el asco y la arrogancia con la que David la trató durante toda la cena. Ni siquiera se dignó bailar un mísero baile con ella. Ni un mísero baile… Por un instante se queda paralizada por el recuerdo, pero de inmediato surfea por algunas páginas de empresas tecnológicas de California. Cuando terminó sus estudios se pasó seis meses de prácticas en Cupertino. Allí nadie se avergonzaba de ella, a nadie le importaba su tamaño descomunal. La apreciaban. Vuelve a sumergirse en unos recuerdos dolorosos. No tenía que haberle hecho caso a su padre. Por su insistencia volvió a Barcelona para trabajar en la empresa familiar. Para nada, tan solo para soportar un nuevo engaño.


          Son casi las tres. Cierra con desidia su laptop. Desnuda frente al espejo del baño mira su cuerpo, despreciable y seboso. Se acerca hasta casi tocar el cristal con la cara. Las lágrimas acarician suavemente su malogrado brazo derecho. A través de la puerta se cuela la imagen de la televisión, silenciada, en la que una de las torres gemelas de Nueva York aparece humeante mientras al fondo se aproxima un avión con la luz del amanecer perfilando una estela idílica sobre el puente de Brooklyn.

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