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#007 Los 27 del Chad

La noticia duró un par de horas en Aljazeera. Unos nómadas habían encontrado los restos de 27 migrantes en un paraje del desierto de Ennedi. Los que los descubrieron, contaron a las autoridades que había por lo menos siete niños. Sus huesos diminutos estaban arremolinados alrededor de otros mucho más grandes, como buscando un refugio en el que esconderse. Los chadianos, la mayoría, son gente alta. Todos rodeaban o estaban sobre los restos de un viejo camión Toyota, de esos que se desplazan por las pocas y pésimas carreteras y por cualquier camino de tierra cargados de hombres y mujeres tapados con su turbante para protegerse del viento, la arena y las miradas indiscretas. Era un camión pequeño y, sin embargo, no dudarían en subirse a él, abarrotado con lo poco que merecería la pena rescatar y unos pocos bidones de agua para el camino. Tres o cuatro de ellos parecería que se afanaron hasta el último suspiro por arreglar algo del motor del camión. Los huesos reposaban lánguidos debajo del capó, de tal manera que es imposible no preguntase si la muerte por sed les segó la vida a todos de golpe, sin avisarles.

El desierto de Ennedi, y su continuación, el imponente Tivesti, son la frontera sur del Chad con Libia. Cruzarlo es uno de los viajes más arriesgados del planeta. Cualquier contratiempo con el transporte te regalará una esperanza de vida de apenas unas horas. Y, sin embargo, hombres, mujeres y niños del África Central, desesperados por la miseria insoportable, eligen la ruta del Ennedi en su viaje hacia el norte, hacia el Mediterráneo. Alguien les habrá contado que, de los puertos de ese país frustrado, se puede salir en patera hacia las costas europeas. Los que tienen suerte y son capaces de cruzar la masa desértica del Chad, o de Níger, caerán en manos de alguna de las mafias que controlan el tráfico de los desesperados. Allí les cobrarán lo que se les antoje. Si hay mujeres y niños, puede que los elijan para prostituirlos. Un niño es un tesoro en manos de esos forajidos: pueden venderlo diez o veinte veces al día y, cuando su frágil cuerpo no de más de sí, sus órganos aliviarán los males de algún occidental que no quiera preguntarse por el origen de su salvación.

Chad es solo un ejemplo más de la bomba de relojería africana. La práctica totalidad del continente soporta niveles de pobreza inimaginables para los pijo-ricos occidentales, que no tenemos nada mejor que hacer que decirnos que trabajamos demasiado. Gobiernos de una corrupción burda, absoluta y dictatorial, facilitan las cosas a las potencias económicas del planeta para que se lleven lo único que les interesa de esas tierras: sus materias primas. Chad podría ser, con un gobierno digno, un lugar aceptable para la vida. Tienen petróleo, oro, diamantes y otros metales valiosos. Y su gente es trabajadora y noble. Es, seguramente, uno de los últimos países que todavía soportan al francés. Pero que ya está cayendo en las garras de los chinos. Ya se sabe: allá donde hay petróleo, los chinos llegan a arreglar cosas innecesarias a cambio del preciado líquido. Lo hacen con trabajadores chinos, con maquinaria y recursos propios. No dejan nada de riqueza para la población local.

Los que se llevan las manos a la cabeza con el imparable flujo de migrantes a nuestro país tienen una mala noticia: no va a parar. Muy al contrario, llegarán oleadas y oleadas. Ninguno de los 27 podrá ya soñar con una nueva vida. Pero detrás suyo hay millones pensando en cruzar, ellos también, el desierto de Ennedi.

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