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#018 Una fría inauguración

Tienen nombre de protagonistas de serie, o de película de época. Tony, cubano de tercera generación en Miami, un joven risueño, barbilampiño y regordete pese a que se mueve entre las mesas como un poseso; Greta, una belleza con el garbo de las mujeres jamaicanas; y Cinthia, colombiana, hija de colombianos asentados en Miami desde que la violencia en las calles de Bogotá liquidó la paciencia de sus padres.  Los tres se afanan poco. Hoy “es un día grande”, dice Greta. “Por fin, alguien que nos valora llega al poder”, dice entusiasmada con las imágenes de una televisión a sus espaldas que muestra del protocolo de la inauguración de Trump. En España, me dicen mientras me tomo una porción de comida basura en el bar del aeropuerto de Miami en el que trabajan los tres, las televisiones no han debido de hablar con Greta para hacer una crónica apocalíptica de los males que amenazarán al mundo desde este día. “Entre lo malo, lo mejor”, reconoce Cinthia, deshaciéndose en explicaciones sobre lo respetable que es un hombre como Trump, hecho así mismo, “un hombre que empezó de cero como todos los que venimos a América” (no enteramente cierto), “a un país que ofrece oportunidades sin importar de dónde vengas”.  Oportunidades como las que le dieron a sus padres, hoy felices de haber dejado atrás la tierra que los vio nacer. Tony, cantarín, bromea con todos de mesa en mesa mientras repite “America great again”.

El bar no está muy concurrido hoy. Quizás los viajeros han preferido dejar para otro día sus planes de viaje. El aeropuerto está literalmente tomado por la policía y el ejército, armados hasta los dientes y con cara de tomarse en serio cualquier gesto sospechoso. Unas pocas mesas con viajeros solitarios y cuatro personas sentadas en la barra, como yo, es toda la lista de parroquianos. A mi lado, un matrimonio (supongo que lo son por esa frialdad de toda una vida juntos que tan bien retrata la película “Revolutionary Road”). Copas de vino blanco, californiano, y unos snacks. Tienen la mejor vista del televisor central, en el que puede verse la retransmisión de la ceremonia de juramento. Sin embargo, apenas levantan la vista de sus móviles sin prestar la menor atención a la señal de CBS. “Votantes demócratas, me digo”, o sencillamente indiferentes a todo en la vida. A su lado, un joven con rastas interminables no mira su hamburguesa por pura concentración en lo que está viendo. Su cara refleja cierta pasión y sus ojos, muy brillantes, me hacen dudar si son fruto de su entusiasmo por lo que escucha o por otras razones. Al fondo de la barra, una chica joven, melena corta, rubia, cuerpo de gimnasio y bien vestida, trabaja en un iPad de la resplandeciente manzana mordida, símbolo de la compañía que dirige uno de los invitados a la fiesta de Trump. Mira de reojo a la pantalla. Se demora en apurar su vino tinto —del que no logro apreciar el origen de la uva—, no sé si para seguir escuchando de fondo el discurso del nuevo presidente de los Estados Unidos o porque en la barra del bar encuentra la calma necesaria para seguir trabajando.

            Confieso que nunca había pasado de la imagen clásica del presidente jurando su cargo en las escaleras del Capitolio. Esta vez, el mandato de Trump se inaugura de una manera diferente. Para un tipo que los medios de la izquierda caviar europea definen como un hombre duro, un peligroso, arrogante y fanfarrón pistolero del Oeste, su primer día de nuevo en el cargo defrauda. Ha tomado la decisión de jurarlo en el interior del Capitolio, bajo su gran cúpula. Fuera, la temperatura es de 20 grados bajo cero. Desde la jura de Andrew Jackson, en 1829, no importaba si caían chuzos de punta o el frío congelaba las ideas, la ceremonia se venía celebrando fuera, en las escaleras, permitiendo que el pueblo americano pudiese asistir a la misma desde la inmensa Explanada Nacional, con el obelisco en honor de George Washington al fondo. Tuvo que ser otro presidente republicano, también generalmente odiado, Ronald Reagan, el que rompiera la centenaria tradición para celebrar en 1985 su segundo mandato en el interior, al igual que Trump. El frío fue la excusa también en ese caso.

            Lo que perdemos en caras frías, pálidas y tristonas lo ganamos en esplendor. Pocos escenarios tan grandiosos como el corazón del Capitolio para hacerse nombrar el hombre más poderoso del mundo. La ceremonia, que se celebra 75 días después de que los americanos hayan acudido a las votaciones, está llena de simbolismos y rituales. Para los que se afanan en las redes sociales y en muchos medios demonizando las convicciones democráticas de Trump, el acto es una prueba de la solidez de los valores democráticos en los Estados Unidos. La democracia está grabada a fuego a partir de una Constitución que fue aprobada en 1787. Más de doscientos años de vida y sin que nadie recuerde que no la votaron. El que la jura se compromete a respetarla y defenderla porque es la base de la libertad y los derechos de todos los ciudadanos de los Estados Unidos.

El protocolo combina tradiciones centenarias, símbolos imprescindibles y el propio deseo del presidente entrante. Siempre se canta el himno de la República y un obispo bendice al nuevo mandatario. Los invitados más cercanos y los gestos son las principales diferencias que pueden observarse. Los más críticos con Trump dirán que poco importa el protocolo o la simbología, que lo verdaderamente importante son las barbaridades que dice y que promete cometer. Sin embargo, sentado frente a la televisión en un local norteamericano, me doy cuenta de la emoción que transmite la simbología. Cado uno a su tiempo, van entrando los expresidentes vivos, los expresidentes del Senado y el Congreso —ambos hacen un discurso de despedida en el que predomina el deseo de éxito al nuevo presidente—, el nuevo vicepresidente de los Estados Unidos, que jura el cargo acompañado por toda su familia, con una esposa bellísima de origen hindú, y finalmente Trump. Todos aplauden a todos. Los demócratas a los republicanos. Todos saludan con respeto a la nueva Administración y en sus caras no parece reflejase un sentimiento de odio insuperable.

Después, entran los oficiales de la Marina cantando The Battle himn of the Republic, un himno que cantan todos los presentes y deja algunas imágenes de poderosos y ricos ciudadanos emocionados, al borde de las lágrimas. También lo cantan cada día en los colegios norteamericanos:

“Mis ojos han visto la gloria de la venida del Señor.

Está pisoteando la vendimia donde se almacenan las uvas de la ira.

Ha desatado el fatídico rayo de su terrible y veloz espada.

Su verdad sigue marchando”

El obispo, al fin, da las bendiciones con tanto convencimiento que nos hace creer que Dios eligió al presidente de los Estados Unidos para guiar al mundo hacia la libertad. Todos, demócratas y republicanos, asienten las bendiciones al nuevo presidente, a su familia, sus asesores y a los cargos de la nueva Administración y reafirman las palabras del obispo con un sentido “Amén”.

El diario El Mundo habría su portada del domingo 19 de enero, con un titular redondo: “Trump abre la era tecno libertaria”, sugiriendo que estamos ante un cambio de régimen, poco menos que comparable a la toma de la Bastilla o la guillotina a María Antonieta. En la analogía, compara los excesos de los viejos regímenes con los que se viven en la actualidad en las democracias plagadas de burócratas que consumen los impuestos de los ciudadanos. Anticipaba ese medio conservador, un nuevo orden, un mundo radicalmente diferente en el que los avances tecnológicos irán en paralelo con otra forma de gobernar. Sin embargo, el discurso de Trump me suena a nostalgia concentrada. Lo digo desde Miami, donde me ha pillado este acto histórico, en el que había un local llamado así, Nostalgia, un lugar al que acudían los mejores músicos de cualquier género para fusionarse con la mejor música cubana. Ha cerrado, me dicen. Tal vez sea un indicio de los pocos deseos de fusión de Trump y su troupe. El hombre del tupé dorado no ha parado de hablar de lo que fueron, del viejo esplendor de América, cuando dominaban un mundo destruido por la más devastadora guerra habida. La América que hizo crecer el sueño americano y que a tantos inmigrantes atrajo. El granero y la factoría del mundo.  La que puso el primer pie en la Luna. Ahora pretenden ser los primeros en poner un pie en Marte.

Sus cien medidas, una prerrogativa de todo presidente entrante, tienen en común un solo hilo argumental. Volver a ser lo que fueron. Eso y un notable número de amenazas de matón del barrio neoyorquino de Queens, en el que se crio. ¿Cumplirá sus promesas? ¿Mandará al ejército a controlar la frontera con México? ¿Invadirá ese país para liquidar a los carteles que meten la droga en los Estados Unidos? ¿Expulsará a los 12 millones de ilegales que se estiman viven en el paraíso americano que, dice, quiere recuperar? Si hacemos caso al colegial ímpetu de su nuevo colaborador, Elon Musk, al que algunos medios en el otro lado del charco señalan por un supuesto gesto nazi, cuando, al parecer, lo que el muchacho pretendía era enviarles el corazón a todos sus seguidores, lo sabremos pronto. Muy pronto.

Cinthia, Greta y Tony no se inmutan al escuchar las amenazas a la inmigración. Ellos son legales y ya tienen derecho a un boleto en la lotería del sueño americano. Critican a los que llevan años sin querer legalizar sus papeles, trabajando en B mientras ellos bien que pagan impuestos. Personas perezosas, carentes de patriotismo. “Trump hace bien expulsándolos”, dicen. “Son un peligro, unos delincuentes”.  La coincidencia absoluta con las palabras de Trump, ¿será fruto de la manipulación y los bulos —que diría nuestro gobierno— o un sentimiento real? Lo cierto es que el voto latino ha sido clave para aupar de nuevo a Trump a lo más alto del poder mundial. Y Trump, lo primero que ha hecho en su discurso es agradecerles el voto, a los latinos, a los afroamericanos, a los asiáticos. Mis tres amigos camareros vibran cuando escuchan que la nueva Administración “no se fijará en el color de nadie, solo en el mérito” El rasta sentado a mi derecha —el matrimonio, tal vez cansado de escucharle, no ha aguantado toda la ceremonia— está a punto de llorar cuando escucha que “hoy es el día de reconocer el legado de Martin Luther King”. Se declara hombre de paz, celebra que ya no se maten en Gaza y promete que terminará muy pronto con otras guerras. En la mente de todos aparecen Putin y Ucrania.

¿Será todo, acaso, una representación teatral en el mejor teatro del mundo? Una obra a la que asiste lo más granado de la economía americana. En un momento dado, los comentaristas de CBS echan números y llegan a la conclusión de que sumando las ventas de las empresas cuyos CEO están presentes en el Capitolio se tendría a la segunda o tercera economía más grande del mundo.

Mi vuelo está a punto para el embarque. Cinthia me bendice y me desea lo mejor. Tony se despide de mí como si fuésemos amigos de toda la vida. Greta no dice nada, sigue con la mirada atrapada en la televisión, embelesada. “¿Ha visto usted qué elegante viste la mujer del vicepresidente?”. Ya no quedan clientes en la barra. El local es caro, muy caro. Trump ha prometido hacer bajar los precios muy pronto.

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