Su único delito es tener cara de protagonista de un culebrón venezolano. Es lo que iba diciéndose cuando una panda de boludos armados hasta los dientes se la llevaron esposada, junto a decenas de clientes de su restaurante. Tiene todos los papeles en regla, pero ninguno de los descerebrados que asaltaron su negocio, sin aviso ni explicación, tuvo la gentileza de preguntarle.
Gisela es rosarina, como Messi. Su cuerpo escultural, en cambio, tiene poco que ver con la apariencia y los rasgos más comunes en su ciudad natal. Además, los veintitantos años que lleva en Los Ángeles desde aquel nefasto día en el que a unos islamistas se les ocurrió la idea de estrellar dos aviones en las Torres Gemelas, han conseguido borrarle casi por completo su acento argentino. En el restaurante de Gisela se habla más español que inglés. Y eso que no es barato. No puede decirse que sus clientes sean los típicos espalda mojada recién llegados de México. Los mexicanos que van a disfrutar de sus carnes y empanadas ya han hecho plata. El color de piel de sus clientes tampoco es para hacerles pensar a los secuaces de Trump que aquello es un bochinche de ilegales.

El día que llegó desde Buenos Aires a Los Ángeles vio el miedo grabado en los ojos de todos los pasajeros de su vuelo mientras hacían cola en Inmigración. Muy pronto todos fueron conscientes de que algo gordo había sucedido. “Gisela es tan pelotuda que se le ocurrió llegar a los Estados Unidos el 11 de septiembre”, le bromean sus amigas cuando rememora su historia. El miedo, más bien pánico, se olfateaba en los oficiales de Inmigración. Tensos y temerosos, le pidieron explicaciones de absolutamente todo. Gisela les dijo, la verdad, que llegaba a Los Ángeles para hacer negocio.
Gisela ha sido testigo de los cambios en la ciudad que la acogió. Claro que han llegado millones de inmigrantes. Pero, en general, han encontrado trabajo y llevan una vida decente. Con su pareja de entonces compraron un local a mitad de camino de Hollywood y el centro histórico. Buena carne, un excelente jefe de cocina y a imprimir dólares. Gracias a su empeño y encanto, Gisela ha logrado que su restaurante sea uno de los mejores valorados por la fauna diversa que llena las calles de la ciudad donde se fabrican los sueños.
Se separó de su pareja cuando descubrió que dedicaba más tiempo a hacerse con los favores de las clientas que a gestionar las compras. Pelearon durante años, pero al final se hizo con su parte, le embarcó de vuelta a Mar del Plata y hasta que llegaron esa especie de hombres de Harrison llevaba una vida feliz, sin demasiados sobresaltos. Algún intento de robo. Nada serio, si se tiene en cuenta que Los Ángeles es una ciudad azotada por los vientos de la inmigración.
Si hubiera podido votar, habría votado a Trump. Tras más de veinte años pagándole impuestos, el Tío Sam le debe la ciudadanía americana. Los motivos para haberle sido fiel al desalmado que está cazando impunemente a todo el que se pone delante las fuerzas del orden, no son el odio a los ilegales, aunque la mayoría de sus amigos y conocidos los hacen responsables de todos los males. A Gisela, en cambio, le atraía la promesa de bajar impuestos. Pero su simpatía hacia el tipo del tupé anaranjado empezó a decaer cuando la emprendió contra todo el mundo, aumentando de forma arbitraria los arancele, una política que le están afectando en el precio de la carne. Gisela sigue comprándole la carne a los mismos proveedores argentinos de siempre.
Esposada y atada a otros arrestados, con grilletes en los pies, espera a pleno sol sin que sirva de nada lamentarse ni decirles a los militares que ella tiene todos los papeles en regla. Delante de ella, uno de los detenidos dice que los van a llevar a todos al aeropuerto militar. Y desde allí, a alguna cárcel de Honduras o El Salvador. Nadie le ha pedido la documentación a Gisela, ni siquiera le han preguntado su nombre. Entraron en el restaurante apuntando con rifles a todo el mundo, obligándoles a tirarse al suelo. Algunos clientes lograron escapar por la puerta trasera. Ella estaba justo en la entrada, dándole la bienvenida a una pareja de mexicanos, asiduos del restaurante. Personas con dinero. Respetables, bien vestidos.
Gisela fue la primera a la que esposaron. La tiraron al suelo mientras un soldado salido de la película “La chaqueta metálica” la inmovilizaba, clavándole la rodilla en la espalda. Por más que chilló diciéndoles que tenía la residencia y la tarjeta de la seguridad social, que era la dueña del restaurante y pagaba puntualmente los impuestos, los peones del dictador Trumpista siguieron con sus planes. Lo patearon todo, rompieron muebles, vajillas, todo. Hasta golpearon el armario congelador en el que exponen las carnes para la parrilla. Luego entraron en la cocina y se llevaron esposados a todos, incluyendo a una chica con rasgos achinados, yanqui hasta la médula, que llegó desde Arizona para aprender el oficio del manejo de los asados.
Sabe que sus abogados la sacarán de allí. Pero cuando llegaron en un furgón a la Base Aérea del aeropuerto de Los Ángeles y los tiraron, literalmente, al suelo en un hangar, comenzó a sentir miedo de verdad. Allí todos habían ya perdido sus derechos. Eran monigotes anónimos en manos de una legión de criminales uniformados. Atados en collas de ocho o diez, les obligaron a sentarse en el suelo con la cabeza entre las piernas. De vez en cuando, un soldado pasaba, insultándoles y pateándoles. El que le propinó una patada en la espalda tenía rasgos portorriqueños, o tal vez cubanos.
Gisela no sabría decir cuántas horas pasaron hasta que, de nuevo, unos militares empezaron a ordenarles que se levantaran para subir por la rampa de un enorme camión, que parecía de ganado. Allí, a pleno sol, estuvieron no se sabe las horas. Cuando ya se hacía de noche, el camión emprendió camino hacia las pistas del aeropuerto. En fila india, con la cabeza pegada al pecho, subieron a la panza de un avión militar por la parte de la cola.
Gisela tendrá suerte. Sus abogados se pusieron en marcha desde el mismo momento que supieron de la redada en el restaurante. La rescatarán de las fauces de alguna cárcel para mujeres en Honduras. Pero a las huestes de Trump no les gusta que les señalen por haberse equivocado. Gisela tendrá que soportar todavía un vuelo de vuelta, esposada y escoltada por un agente del FBI. La llevarán a una cárcel cualquiera de California, donde esperará a que un juez dictamine que efectivamente tiene derecho a pisar el sagrado suelo americano.
Cuando recupere sus derechos civiles, lo primero que hará Gisela es poner un cartel en la fachada de su restaurante anunciando que se vende. Ya no querrá saber nada de los Estados Unidos. Se ha jurado a sí misma que jamás le dará una oportunidad a ese despreciable país.
