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#66 El efecto mariposa

Se giró para verle la cara. “Me dispararás, pero no conseguirás nada más” dijo Bano Bibi, una mujer paquistaní acusada de adulterio, poco antes de que le dispararan hasta matarla. Después, su verdugo dispararía hasta la muerte a Ehsamullah Samalani, el hombre con el que supuestamente habría cometido un delito contra el honor de su familia. La escena se desarrollaba en el sur de Pakistán, un país musulmán con más de 250 millones de habitantes en el que cada día una mujer es asesinada por deshonrar a su familia.

Todo habría quedado ahí, en uno más de los casos de asesinatos ancestrales por una causa tan liviana como la amabilidad de una mujer hacia un hombre, una mirada directa o un acercamiento imperceptible a un varón que no sea su marido. Unos hechos cotidianos en la gran mayoría del mundo que son interpretados como un ataque al honor de toda una familia. La diferencia de este caso con cualquiera de los que a diario se dan en Pakistán es que una de las mujeres asistentes a la ejecución, en silencio, sin apenas moverse, lo grabó para luego subirlo a Instagram. El vídeo se hizo viral incluso en un país como Pakistán. Miles de mujeres salieron a la calle para pedir justicia en favor de Bano Bibi y las autoridades reaccionaron, al fin, deteniendo a quince personas. Entre los detenidos se encontraba la madre de Bano, quien gritaba, mientras las fuerzas del orden la arrastraban, que la ejecución era justa, que ella se lo merecía, y que era la única manera de devolverle la honra a su familia.

La breve irrupción de Instagram en una tradición casi medieval podría convertirse en un ejemplo del efecto mariposa, esa teoría matemática del caos que dice que un simple y sencillo hecho perturbador puede generar una gran reacción. Los políticos pakistaníes, sobre todo de la oposición al presidente de Pakistán, Asif Ali Zardari, han comenzado una campaña para exigir que se dé fin a este tipo de ejecuciones ancestrales y para reconocerle los derechos de igualdad a las mujeres.

Los “crímenes de honor” suceden principalmente en zonas rurales, alejadas de las principales ciudades, donde las creencias patriarcales se utilizan para justificar este tipo de actos de violencia contra las mujeres. No hace distinción de clases e incluso se realizan más allá de las fronteras paquistaníes. En enero pasado, un padre convenció a su hija, de catorce años, que vivía con unos familiares en Nueva York, para que volviera a Pakistán. A su llegada, él mismo la ejecutó por la forma de vida y la ropa que llevaba a diario en su exilio neoyorquino.

Pese a que en Pakistán existen leyes contra la violencia de género, las tradiciones tribales y ancestrales están por encima de la ley civil.  En gran parte del territorio, el gobierno real sobre las personas lo ejercen unos consejos locales, llamados jirgas, enteramente formados por hombres. Los jirgas son asambleas constituidas por líderes locales que toman sus decisiones por consenso, siempre inspirados por las creencias del islam. Su propósito era el de evitar enfrentamientos tribales, pero se convierten de facto en tribunales civiles que actúan sobre todo tipo de actos.

La reacción por el asesinato de Bano Bibi está consiguiendo que tengan mayor fuerza las llamadas jirgas de mujeres, asambleas solo de mujeres conocidas como “consejo de hermanas” que comenzaron a crearse en diversas zonas de Pakistán y el sur de Afganistán para defender los derechos de la mujer y perseguir los asesinatos por honor. Su influencia política es creciente y cada vez son más los líderes políticos que las escuchan y tienen en cuenta su poder. El movimiento lo inició Tabassu Adnan, una mujer que ha recibido el reconocimiento del Departamento de Estado de los Estados Unidos en 2015 como ganadora del Premio Anual a las Mujeres con Coraje, otorgado a aquellas mujeres especialmente distinguidas por su lucha y entrega en defensa de los derechos de la mujer. Tabassu, casada a los 13 años con un marido de veinte, sufrió en su propia familia la violencia y el abuso. Consiguió el divorcio de su marido y a pesar de encontrarse sin apenas recursos fue capaz de crear un movimiento que es un pequeño soplo de esperanza para millones de mujeres paquistaníes.

Las noticias diarias que llegan tras el caso de Bano Bibi son todavía confusas. Puede que se queden en una pequeña manifestación de rechazo, una alteración menor en el pétreo mundo regido por los varones. Una más de las que pronto serán olvidadas en occidente, donde a diario podemos leer miles de noticias similares, noticias que como mucho provocarán alguna declaración de solidaridad. Poco más. Pero, tal vez, la fuerza de un intruso de la modernidad, como es Instagram, adentrándose en prácticas del medievo, sean el hecho simple que desate una auténtica revolución en defensa de la mujer en uno de los países en los que todo derecho para ellas parece imposible.

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