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#011 ¿Vendrán regalos desde Oriente estas Navidades? La encrucijada siria

Mientras en gran parte del mundo occidental las luces de la Navidad comienzan a inundarlo todo, las calles de Damasco hierven atestadas por miles de entusiastas que apoyan la caída del dictador Bashar al-Assad. En poco menos de dos semanas, los grupos opositores, bajo el liderazgo de la milicia Hayat Tahrir al-Sham, HTS, filial de Al Qaeda, comandados por Abu Mohamed al-Jolani, han conseguido lo que resultó imposible durante más de 12 años de guerra civil: el colapso del régimen que el tirano Assad gobernaba con mano dura y cruel desde que allá por el año 2000 su padre, el general Hafez al-Assad, le transfiriera el poder.

            En Madrid, Layala, la hija de un matrimonio formado por un español y una mujer siria, cristianos, se desespera por la falta de noticias de sus padres. Hace pocos meses se desplazaron a Damasco para liquidar las pocas pertenencias que les quedaban en el país, unos locales que languidecen en el zoco de Al-Buzurie, el bazar más concurrido de la capital. La de Layala es una de las millones de familias que salieron como pudieron de Siria, amenazadas por una guerra con demasiados contendientes, una guerra en la que distinguir entre fuego amigo o enemigo no resulta una tarea sencilla.

Kurdos, Estado Islámico, fuerzas de oposición diversas, incluyendo alauitas, suníes y chiíes, se afanan por el control de una tierra rica en recursos y en historia.  Una guerra responsable de la mayor crisis de refugiados en Europa desde el final de la segunda guerra mundial.

Miles de sirios trataron de asegurar sus vidas en los países vecinos. Turquía, con más de seis millones de refugiados, Jordania y Líbano, por razones de proximidad y religiosas, acogieron parte del inmenso flujo de desesperados. En Alemania han recalado más de seiscientos mil refugiados, quizás por culpa de su imagen de economía sólida, en la que se da por garantizada la prosperidad y un futuro mejor.

            Todo Oriente Medio es un puzle en el que muchas de las piezas no encajan y, de vez en cuando, saltan por los aíres. Piezas que llevan adosadas las vidas de millones de personas, atrapadas en una compleja red de intereses económicos y estratégicos.

            Siria es, o era, el corredor razonablemente seguro que unía Irán con las milicias de Hezbolá, la respiración asistida que permitía el flujo de armas hacia una de las zonas azotadas por la guerra iniciada por Israel contra la milicia chiita asentada en suelo libanés. En medio de un campo de batalla que ha ido evolucionando desde 2011 para repartirse la tierra sagrada del Éufrates, la tierra de los persas y de los romanos, con los que la población de Siria alcanzó niveles solo superados en la segunda mitad del siglo pasado, se debaten millones de personas que no saben de quién tendrán que huir cada nuevo día.

            Las primeras horas después del derrocamiento se parecen demasiado a las imágenes que nos dejó la primavera árabe, un clamor que recorrió gran parte del mundo árabe al comienzo de la década de 2010. Igual que entonces, los pocos reporteros occidentales desplegados por el país nos muestran el lujo absurdo en el que vivían los tiranos derrocados. Las imágenes de la multitud derruyendo y quemando estatuas de Assad y símbolos de su régimen son calcadas a las de entonces con Hussein, Gadafi o Mubarak, alguno de ellos ejecutados de forma violenta en medio de grandes manifestaciones de alegría. El pueblo sentía que había llegado, al fin, su liberación. Se habló hasta la saciedad de los procesos democráticos que seguirían a tales excesos. Una esperanza fatua, plagada de las buenas intenciones que solo los que más sufren son capaces de anhelar, que se desvaneció con las represiones de milicias progubernamentales y grupos armados diversos, dejando un panorama incluso más siniestro que antes del alzamiento del pueblo.

            La madeja de intereses en el tablero sirio es, si cabe, más compleja que la que se desplegaba en algunos de los países que vivieron la primavera.  Por el norte transitan los kurdos, mayoritariamente musulmanes suníes, una minoría de más de cuarenta y cinco millones de habitantes que, sin embargo, no ha conseguido en su historia establecerse como país independiente y que es castigada de forma reiterada y despiadada por Turquía. Una buena parte de la frontera entre Siria y los herederos del imperio otomano estaba militarmente controlada por los turcos antes de la victoria de Al-Jolani y sus seguidores. No han pasado ni veinticuatro horas para que el ejercito turco gane posiciones en esos territorios. Con Assad fuera de su ostentoso palacio, alojado en algún lugar de la Rusia de Putin, los turcos ya no simularán buenas maneras con su socio sirio.

Las milicias del Estado Islámico son otros actores siniestros en el panorama sirio. Surgidos a la sombra de Al Qaeda, definidos como fundamentalistas, yihadistas, seguidores de una filosofía takfirista por la que los que se consideran musulmanes puros señalan a los musulmanes infieles (kafir), llegaron a controlar más del 30% del territorio sirio, en especial en el litoral del Éufrates, el rio que alimentó el florecimiento de la civilización. Conocidos como Dáesh, cuenta con un historial plagado de malos designios para el futuro de la población siria, incluyendo masacres y exterminios étnicos de civiles en Irak y Siria en su intento por establecer un califato al que todos los musulmanes le deberían lealtad.

El cielo brillante y azulado de Damasco hace que los deseos de esperanza, de una vida estable, predecible y serena, parezcan ciertos. Miles de banderas ondean bajo una bóveda pura mientras ciudadanos de todas las creencias piensan que viven un sueño. Acostumbrados a la desconfianza, temen que la desaparición del régimen de terror que ha segado la vida a cientos de miles, millones tal vez, de personas que el régimen considerase sospechosas o enemigos, termine como la primavera de otros países árabes. Se dicen que los intereses en juego son demasiado poderosos para que no surjan nubarrones que devasten una vez más su sueño de libertad.

Los primeros analistas destacan que la caída del régimen sirio es una nueva derrota de Rusia, el perenne aliado de la familia Assad. Su influencia en la zona decaerá, pero nadie sabe qué puede estar pensando Putin, poco amigo de perder batallas. Israel, por su parte, tampoco ha perdido tiempo para avanzar posiciones en territorio sirio, afianzando su despliegue contra los que considera enemigos del pueblo israelí. La incógnita de la respuesta de la nueva Administración norteamericana, con Trump de vuelta a la Casa Blanca, tardará poco en despejarse, pero nadie espera que miren desapasionadamente los acontecimientos en una zona en la que los americanos no han parado de desplegarse deponiendo regímenes y sometiendo bastas zonas del territorio a su control. Quizás los que consideran que existe el riesgo de un fraccionamiento del país, no anden desencaminados.

Los europeos, con los franceses a la cabeza, se aprestan a ocuparse de lo que de verdad les viene creando fuertes dolores de cabeza. La acogida de refugiados sirios, unida al flujo de kurdos y ucranianos, ha colapsado la paciencia de los que ven con malos ojos la inmigración. Francia ya declara abiertamente que denegará nuevas solicitudes de refugio político a los ciudadanos sirios que lo soliciten. Con la autoridad que les otorga el haberse erigido en los que han evacuado a Assad de Siria, las huestes de Al-Jolani invitan a que todos los sirios desplazados en más de doce años de guerra vuelvan a sus casas. Palabras de esperanza cogidas al vuelo por los que en su fuero más profundo sienten un destacable rechazo a los refugiados.

Mientras, una familia corriente, como la de Layal, tienen claro lo que sucederá. Han visto persecuciones de todo tipo y los cristianos, como ellos, no han salido bien parados en una tierra en la que conviven de mala manera musulmanes chiitas, sunníes, cristianos, judíos y ateos. Quieren salir cuanto antes del polvorín en el que, están seguros, se convertirá pronto Siria. Y no lo tendrán fácil. Con el aeropuerto de Damasco cerrado al tráfico civil, no serán capaces de borrar de su retina las imágenes de hombres y mujeres desesperados por subirse al tren de aterrizaje de un avión militar en las pistas del aeropuerto afgano de Kabul. La perezosa reacción de los gobiernos para facilitar un flujo humanitario de refugiados es una muestra de que los medios de huida serán escasos. Tal vez solo les quede huir a pie, como millones de sirios ya han venido haciendo desde el inicio de la guerra civil. Pero ¿hacia dónde huir? ¿Jordania? ¿Líbano tal vez, a zonas no afectadas por la guerra contra Hezbolá?

Este año, los Magos de Oriente ocuparán de nuevo los sueños de muchos niños en el mundo cristiano. Detrás de ellos, agazapados, cargados con lo poco que hayan podido llevarse consigo en lugar de oro, incienso y mirra, quizás vengan miles de nuevos refugiados sirios, deseosos de ser acogidos con la misma hospitalidad con la que se acoge en los hogares a los Reyes.

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