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#67 Hiroshima: John Hersey

Es sabido que la literatura ofrece la magia de transportarnos a lugares inverosímiles. “Hiroshima”, de John Hensey (1946) va mucho más allá. Consigue convertir al lector en uno más de los fantasmas andantes que todavía no saben que la gran bomba la tiraron sobre sus cabezas para evitar que muriesen millones de americanos. Eso, también era mentira. Hace diez años, Barack Obama, premio Nobel de la Paz, fue el único presidente americano hasta la fecha en asistir a la conmemoración por el primer ataque nuclear en la historia. No pidió perdón al pueblo japonés. Uno de los más atroces crímenes de guerra sigue sin ser juzgado. Y nunca lo será.

Por momentos, el carácter de los japoneses hace que el relato, por cruel que resulten los detalles, resulte asombroso. Una señora, quemada viva, que pide algo de agua y al recibirla hace la clásica genuflexión en agradecimiento; los miles de heridos haciendo cola estoicamente, sin apenas quejarse, esperando en orden perfecto a que llegue una ayuda que nunca llegaría. Dos niñas que, a punto de morir, cantan el himno de Japón; los agonizantes que dan gracias por haber sido dignos defensores de su país, pues no hay mayor honor para ellos que morir en su nombre.

La prosa de Hensey es espeluznantemente precisa, certera a la hora de describir los horrores que sufrieron aquellos que una calurosa mañana de agosto de 1945 vieron caer sobre sus cabezas el fuego abrasador, eterno, provocado por una bomba de uranio. Tres días más tarde, otro bombardero B-29 dejaría caer la segunda bomba, esta vez de plutonio. Los derrotados japoneses fueron así como ratas de laboratorio para el experimento del ejército americano que, conseguida la rendición incondicional, enviaría a miles de científicos para ver, medir, calcular y sopesar los efectos que habían conseguido sobre la carne y las mentes de cientos de miles de civiles. La ayuda sanitaria fue casi innecesaria.

Aquella mañana, seis supervivientes empezaban un nuevo día, acostumbrados ya a las constantes alarmas. A primera hora sonó una a la que casi nadie hacía caso: era el vuelo de unos aviones meteorológicos a los que los habitantes de Hiroshima consideraban ya como parte de sus rutinas. Sin embargo, todos sospechaban que los americanos destinarían alguna sorpresa a Hiroshima, que era una de las pocas ciudades relativamente grandes que todavía no había recibido la visita de los B-29 en forma de lluvia de bombas. Cuando vieron el gran fogonazo, los pocos que pudieron sobrevivir intentaron huir hacia los refugios, como cada día, como una rutina más.

Hensey relata con pasmosa precisión cada detalle, cada fracción de segundo en las vidas de estos seis protagonistas, durante el momento justo del gran resplandor. Explica los terribles efectos de la bomba con la precisión de un cirujano. Nos hace saber que los militares apostados en una de las defensas antiaéreas se quedaron ciegos al instante, pues lo suyo era otear el cielo en busca de aviones enemigos. Descubrimos que muchos gestos quedaron sellados para siempre sobre los muros derruidos por la implosión: un pintor en un movimiento mecánico con la brocha con la que pintaba la fachada, los dibujos de un quimono tatuados sobre la desgarrada carne de las mujeres, pues el blanco atraía el fulgor y el negro lo repelía. Aprendemos de la importancia de la muerte y un entierro digno para los japoneses a través de un curioso método para el recuento de las víctimas, que en pocos minutos se convierte en inabarcable.

La bomba mató de forma inmediata a unas cien mil personas en una ciudad de 245 mil habitantes. Otras cien mil quedarían gravemente heridas. En el centro de la explosión apenas quedaron edificios con algún muro en pie. El único hospital que permaneció apenas servible para cumplir con su función, el de la Cruz Roja, solo tenía 600 camas para atender a una legión de quemados. Algunos médicos que sobrevivieron trabajarían sin descanso tres días seguidos poniendo vendas, que era todo el material sanitario que fueron capaces de encontrar entre los escombros, hasta caer muertos por agotamiento.

El experimento con cobayas humanas que hicieron los americanos quizás no contaba con la particularidad del carácter japonés. Con su sentido del deber y la disciplina. En casi cualquier otro lugar del planeta, el efecto del crimen contra la más elemental humanidad habría ido acompañado, en las horas posteriores, con un huracán de lamentos, de llantos, de desorden absoluto. Los habitantes de Hiroshima no estaban hechos de esa pasta. Nadie lloraba, nadie se lamentaba, esperaban en silencio, temblando, con la totalidad de sus cuerpos quemados, soportando el viento abrasador que se generó después del resplandor. Esperaban que alguien se apiadara de ellos, acercándoles un cuenco con agua que vomitarían al instante. Rezaban dando las gracias por haber sido elegidos para servir a su emperador, sufriendo la barbarie de sus enemigos con una dignidad sobrehumana.

Pocos días después de Hiroshima, los americanos lanzaron otra bomba en Nagasaki. Lo harían sabiendo que los japoneses ya no opondrían resistencia alguna. Pocos días después, el emperador en persona se dignó a hablarle al pueblo japonés para reconocer la derrota incondicional. Los pocos altavoces servibles que quedaban en Hiroshima transmitieron el momento para los heridos que todavía eran capaces de oír. Todos ellos parecían afortunados por haber tenido la oportunidad de escuchar la voz del emperador en persona. No les transmitiría ni una sola palabra de consuelo. A ellos, aquel gesto ya les bastaba para sentirse honrados.

El presidente Truman explicaría poco después al mundo que las dos bombas eran necesarias, imprescindibles, para evitarle al pueblo americano un doloroso recuento de muertos y heridos para vencer a los japoneses en cada rincón del Pacífico. Llegó a cifrar en millones los muertos que evitarían las bombas. El pueblo americano saludaría aliviado con la valiente decisión de su presidente. La guerra había terminado. Sus cachorros repartidos por todo el mundo podrían volver a casa. Los que murieron y pudieron ser rescatados volverían en féretros cubiertos con la bandera americana camino del cementerio de Arlington. El sagrado suelo americano, mancillado en Pearl Harbor, quedaría ya definitivamente intacto del odio enemigo. La venganza se había consumado.

“Hiroshima” fue publicada por el diario neoyorkino New Yorker el 26 de agosto de 1946. La publicación representaría un antes y un después para todo el mundo y para el propio diario. Los ejemplares se agotarían de inmediato y la versión en forma de libro vendería millones de ejemplares. El propio Albert Einstein pediría que se le imprimieran más de dos mil ejemplares, una solicitud que fue imposible de atender. La opinión pública fue entonces consciente, más de un año después, de la barbaridad que había cometido el gobierno americano de Truman. Los documentos reservados, desclasificados cincuenta años más tarde, demostrarían que las bombas fueron innecesarias para conseguir la claudicación de los japoneses. Que los enviados del emperador japonés ya negociaban con los americanos una rendición digna, en secreto, para que nadie acusase al propio emperador de desleal con su pueblo.

Esta semana, las páginas de NewYorker volvieron a estar repletas con el texto original de Hensey. Una copia de la versión papel abre la edición digital de la primera semana de agosto como la mejor forma posible de conmemorar el ochenta aniversario de Hiroshima.

Si no la habían leído, les recomiendo que busquen en su librería favorita la edición en papel del libro. O que se la descarguen en su edición digital. La historia de la Segunda Guerra Mundial estaría inconclusa sin el detalle pormenorizado que hace Hensey. Sin saber que los vencedores, liderados por el ejército americano, se comportaron con el ser humano con la misma brutalidad de la que habían hecho gala los vencidos.

Los Estados Unidos jamás han sido amonestados, mucho menos condenados, por el criminal bombardeo de Hiroshima.

Maniobras Orquestales en la Oscuridad, la banda de rock británica fundada en los años 70, escribiría una canción verdaderamente deliciosa para volver a recordarnos el horror de Hiroshima.

Enola Gay, deberías haberte quedado en casa ayer

Las palabras no pueden describir el sentimiento y la forma con los que estuviste.

Esos juegos que juegas van a acabar en más que lágrimas algún día

Enola Gay, nunca debería haber terminado así.

Son las 8:15, y esa es la hora que siempre ha sido

Recibimos tu mensaje en la radio, condiciones normales y vuelves a casa.

Enola Gay, hoy es la madre orgullosa de un Little Boy

Este beso que das nunca va a desaparecer

Enola Gay, nunca debería haber terminado así

Aha Enola Gay, no debería desaparecer en nuestros sueños

Son las 8:15, y esa es la hora que siempre ha sido

Recibimos tu mensaje en la radio, condiciones normales y vuelves a casa

Enola Gay, hoy es la madre orgullosa de Little BoyEste beso que das nunca va a desaparecer

1 Comentario

  • Gustavo
    Al corriente 12/08/2025 en 11:03

    Hace un par de años visité el museo de la bomba en Hiroshima, una de las experiencias mas perturbadoras de mi vida… abrazos

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