Le concedieron el Nobel de la Paz en 2003. Primera mujer musulmana en recibirlo. En su país, Irán, podrían haberlo celebrado con orgullo. Sin embargo, le regalaron desprecio, olvido y odio. El régimen de los ayatolás llevaba casi 25 años persiguiendo opositores, invisibilizando mujeres y aplastando los derechos humanos. La terminaron expulsando, humillándola con una entrevista en la televisión iraní en la que su propio marido hablaba mal de ella. Su compañero, el padre de sus dos hijas, fue torturado hasta conseguir de él unas gotas más de dolor para Shirin Ebadi.
Ebadi nació en una familia acomodada, culta, en la que, estando presente el islam, la religión se vivía de una forma equilibrada. Ella y sus hermanos recibieron la misma educación, sin que importara la tradición musulmana en la que los hijos varones tienen preferencia para todo en el seno de las familias. Su padre, abogado de derecho mercantil, le inculcó el amor por las leyes, el orden y el respeto de los derechos, convirtiéndose en la primera mujer juez en Irán. Su vida académica y sus primeros pasos profesionales los daba en pleno declive del régimen del último sha, Mohammad Reza Pahlaví, una dictadura impuesta por británicos y americanos para asegurarse el control del petróleo iraní. Pahlavi presumía en el exterior, mientras gastaba fortunas en sus viajes a Paris o Saint Moritz, de su programa de la Gran Civilización. Ciertamente, las élites de la sociedad iraní se beneficiaron de la occidentalización y la apariencia de modernidad que flotaba por todas las grandes ciudades de Irán. Sin embargo, al mismo tiempo, el régimen se comportaba con una brutalidad extrema contra cualquier signo de oposición o, sencillamente, ante la falta de adulación suficiente. Su policía política, la temible Sabak, secuestraba y torturaba hasta la muerte a cualquiera que se mostrase poco amable en sus comentarios hacia la grandeza del sha.

La realidad social no pasaba desapercibida para Ebadi desde su modesta atalaya de presidenta del Tribunal Metropolitano de Teherán y, como la mayoría de los profesionales e intelectuales, se puso del lado de los revolucionarios que terminarían haciendo caer el régimen de la dinastía Pahlavi. En los tiempos más oscuros de persecuciones y ejecuciones, las mezquitas se convirtieron en el único refugio para los disidentes, el único lugar en el que la policía no se atrevía a infiltrarse. Allí acudían todos para compartir penas, temores y ansias de cambio. Jomeini, exiliado en Irak, supo orquestar todo el malestar de un pueblo con una de las historias y culturas más ricas de la humanidad, pese a que, como dice Ebadi, “la historia milenaria de Irán está plagada de guerras”.

La revolución de los ayatolás ofreció un fugaz periodo de esperanza. Pero duraría poco. En cuanto Jomeini se asentó en el poder, obligaron a todas las mujeres a cubrirse, dejando atrás los tiempos en los que las mujeres iraníes paseaban por las calles igual que cualquier mujer de un país occidental. Les dijeron que era por respeto al líder espiritual de la nueva Irán. Unas pocas semanas después, a Ebadi le dijeron que las mujeres no podían ser jueces en Irán. La destinaron como secretaria en el mismo tribunal que antes presidía.

En aquellos primeros momentos, muchos hombres y mujeres iraníes decidieron emigrar. Pero, Ebadi no quería dejarles ese mal legado a sus hijas. Las había educado en la igualdad, en los derechos. No se imaginaba enfrentarse a ellas para decirles que no había hecho nada para ayudar a los iraníes. Marcharse nunca fue una opción para Ebadi.
Con tesón, con su brillante capacidad para encontrarle los recovecos a las nuevas leyes, por tortuosas y discriminatorias que fueran, consiguió que al menos fuese reconocido su derecho a ejercer como abogada. Así, en cuanto pudo, comenzó a defender a los nuevos opositores al régimen recién establecido, a mujeres perseguidas y juzgadas por una aplicación extrema de los códigos de la religión del islam. A niñas sometidas a matrimonios impuestos. A mujeres violadas y culpabilizadas por sus agresores. En el nuevo régimen, tardaron muy poco tiempo en convertir a todos los iraníes en sospechosos. Nadie estaba libre de ser juzgado, llevado a la horca o ser enterrado por vida en la cárcel. Aunque el delito solo fuese una invención del poder religioso que, de la noche a la mañana, lo controlaba todo en la vida diaria de los iraníes. Interpretaban el islam de una manera que Ebadi creía injusta y alejada de las enseñanzas del Profeta. Aprendió que, en la ley islámica, la mujer vale la mitad que un hombre. Defendió el caso de una niña de 11 años que fue violada y asesinada por dos hombres. Los agresores fueron condenados a morir colgados, pero la familia de la niña tenía que pagar los costes de la ejecución. Peleó, recurrió y, al final, consiguió que la familia de la niña no tuviese que hacer frente a un gasto desorbitado e imposible. A cambio, los asesinos quedaron en libertad. Su trabajo comenzaba a hacerse incómodo para el régimen. Al mismo tiempo, comenzó a tener repercusión internacional. Un hecho que marcaría su destino. Defendió varios casos de mujeres no iraníes, detenidas o secuestradas por el régimen por no ajustarse a las normas impuestas a todas las mujeres. Creó una fundación para la defensa de los derechos humanos que rápidamente fue una de las pocas vías de esperanza para los perseguidos. Se hizo merecedora del Premio Nobel de la Paz, pero también de las iras del régimen ultrarreligioso. Entre la documentación de uno de los casos que llevaba, encontró la transcripción literal de la conversación de altos cargos del régimen en la que se decía que la siguiente en ser eliminada sería ella.

Así, en pocas semanas, tras encontrarse de frente con su propia sentencia de muerte, su vida cambió definitivamente. Tuvo que marcharse de Irán, claro. El régimen aprovechó para denigrarla. Expropiaron sus bienes, detuvieron a familiares y la sometieron a la vergüenza de la entrevista en televisión de su marido. Hasta dos veces la emitieron en la única cadena de televisión, en la hora de máxima audiencia. Una entrevista a un hombre que había sido torturado sin piedad hasta conseguir de él todo lo que los poderes del Estado islámico quisieron poner en sus labios.
Desde el exilio, desde su estrado como conferenciante asidua, no de denunciar los abusos del régimen de los ayatolás al tiempo que defiende que un islam justo es posible. Que en el Libro Sagrado no se dice nada de las prácticas que los regímenes radicales aplican a los creyentes. Que el Corán tiene escrito bien claro que “basta que un hombre muera para que toda la humanidad muera”. Fuera de Irán también son muchos los que se sienten incómodos con su figura. Esperan de ella palabras gruesas contra la religión musulmana y mayor contundencia contra los líderes de las naciones sometidas a la disciplina del islam. Para Ebadi, los crímenes y las discriminaciones de los ayatolás son fruto de la maldad humana, de la ambición y la corrupción extrema. Pone a los que atienden a sus discursos ante la tesitura moral de reconocer que bajo el paraguas de otras religiones también se cometen crímenes horrendos, se invaden países y se persigue a los ciudadanos.
Ebadi afirma que no parará, mientras viva, en la defensa de las mujeres iraníes, pero también musulmanas. De aconsejar a las jóvenes que estudien —en Irán es posible—, que ganen independencia. El único camino para liberarse de un yugo que, dice, poco tiene que ver con los fundamentos de la religión musulmana.
Ahora que Irán está en las portadas de todos los medios, que los principales líderes del régimen han sido eliminados, se abre otra ventana de esperanza para el pueblo iraní. En algunos medios, incluso, se sugiere que Ebadi sería una buena presidenta para Irán. Una buena candidata para guiar a un país otra vez asolado por la guerra. Sin embargo, los que han agredido brutalmente a Irán no parece que tengan entre sus objetivos devolverles a los iraníes un régimen justo y pacífico.

Ebadi, desde donde quiera que esté, tendrá que seguir guiándonos a todos con su profundo compromiso con los derechos humanos.

2 Comentarios
Gloria
Fantástico artículo sobre lo que los regímenes despóticos del color que sean, son capaces de hacer a la humanidad.
José
Mujer fuerte. Mujer y persona producto de una enseñanza igualitaria muy arraigada familiarmente. Engancha y emociona. Tomás, muchas gracias por su transmisión.