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#001 Naoto

Naoto se mudó a Odawara, prefectura de Kanawa, después del fallecimiento de su madre. Atrás dejó el pequeño apartamento en el que consumió sus últimos años como una sombra, perdida la luz desde aquella mañana. Tenía ocho años. Si se le pregunta, bajará la cabeza un buen rato y con el mentón pegado a su pecho solo reconocerá que, como cada día, su padre salió de casa para ir al trabajo, con su traje negro, la camisa blanca que su madre le planchaba cada día y una corbata verde oscura, muy fina. Los últimos días, se había mostrado orgulloso, con una felicidad que a su madre le resultaba desconocida y que, según le contaría más tarde, que había estado ausente desde que naciera Naoto. No paraba de contarles lo importante que era su ascenso en la fábrica de automóviles que le acogió por el programa de empleo vitalicio. Llevaba años a la espera, les dijo. Pero, al fin, sus jefes le habían recompensado por la abnegada entrega, casi la sumisión, a los deseos de sus superiores. A Naoto un resorte automático le devuelve a aquella mañana cada vez que mencionan el nombre de la empresa en la que trabajaba su padre y, durante unos segundos, permanece en silencio, como si flotase hasta aquella casa, situada justo enfrente de aquel inmenso parque al que su padre le llevó a jugar al beisbol tan solo una vez. La madre de Naoto, sentada junto a la mesa del comedor, observaba cada día cómo su marido se aferraba a la cartera negra con el logo de la empresa grabado en oro contra el pecho mientras comprobaba frente al espejo si sus gafas redondas estaban bien ajustadas. Aquel día, sin embargo, el padre de Naoto salió con un poco de precipitación. Cerró la puerta silenciosamente, olvidándose por completo de la apariencia de sus gafas. Tal vez lo hizo para no despertar a su único hijo, aunque Naoto estaba despierto desde antes del amanecer. Esa mañana, más temprano que de costumbre, se había inquietado por el susurro de su madre, diferente al de otras mañanas. Le pareció que lloraba. Naoto, inmóvil en el ligero futón, que nunca se levantaba antes de que la voz de su madre le reclamase para el desayuno, intentaba atrapar los ecos apenas imperceptibles del roce de su vestido en su andar ligero por el apartamento. Parecía apresurada, habría dicho que hasta nerviosa. Durante unos breves segundos, que a Naoto se le hicieron eternos, intentó reconocer cuál era ese destino del que su padre le hablaba y que provocaba un sordo lamento en su madre. Ya inquieto, se levantó para preguntárselo a su padre. Pero solo le dio tiempo para ver su perfil, alto, muy delgado, y el brillo de los candiles de la entrada reflejarse en sus gafas mientras cerraba suavemente la puerta.

Después de la salida de su padre, Naoto estuvo un buen rato en silencio observándola mientras la tenue sombra de su cuerpo encorvado sobre los cuencos repletos de un desayuno olvidado se proyectaba hasta su habitación. Le llegaba el olor del salmón con verduras encurtidas. Su madre había colocado con precisión el arroz, el miso, un pequeño yogur y el té verde que seguía todavía humeante. El apetito le animó a romper el silencio: se acercó a su madre haciéndole la reverencia, más rápido que otras veces, al tiempo que le preguntaba si su padre volvería a desayunar. Fue entonces cuando le contó que se había marchado a Fukuoka.


—Tenía prisa, no le dio tiempo. Nos enviará una carta cuando llegue y fotos, muchas fotos. Allí nació nuestra civilización, ¿sabes?, es un lugar muy bonito Naoto, te va a gustar —le dijo con una voz todavía temblorosa, dándole la espalda seguramente para ocultarle un par de trazos finos y negros que recorrían su cara desde los ojos.


—¿Viviremos en esa ciudad? ¿Hay parques para jugar al béisbol? —le preguntó Naoto, de pronto ilusionado con la posibilidad de que su padre volviera a llevarle a jugar como hizo tan solo una vez muchos años antes, cuando Naoto empezaba sus primeros pasos.


—Claro Naoto, los parques más maravillosos están allí, —musitó su madre mientras se limpiaba la cara con la manga de su yukata.


Naoto, los primeros días después de la marcha de su padre, bajaba cada mañana al buzón, en busca de su carta.


—Pronto llegará —le decía ella con la misma voz triste que no la había abandonado desde aquella mañana.


Un día, al llegar de la escuela, su madre le explicó que tenían que mudarse de casa. Naoto saltó de alegría creyendo que había llegado el momento de reunirse con su padre, todos juntos de nuevo, en Fukuoka. Quedaban pocas semanas de curso y Naoto empezó a soñar en ese mismo instante con una nueva escuela en ese destino maravilloso que no paraba de describirle su madre cada vez que preguntaba por su padre.


—La carta de tu padre no ha llegado todavía. Ya no podemos permitirnos esta casa, viviremos cerca, en ese edificio de viviendas que hay más allá del parque, ese que tanto te gusta, el que tiene cada ventana de un color. El color de nuestra ventana es tu favorito, el azul—. Los ojos de su madre la delataban, con esa la niebla gris, infinita y eterna.


Pronto encontró trabajo. Por las mañanas le preparaba el desayuno a Naoto y se aseguraba de que completase su atuendo antes de marcharse. Los primeros años le llevaba de la mano hasta el colegio, cruzaban el parque frente a la que había sido su casa con una emoción contenida, con los recuerdos flotando por encima de sus cabezas. Naoto nunca preguntaba por qué un hombre, casi anciano, cuidaba entonces del que fuera su jardín. La madre trabajaba en un restaurante al mediodía, preparaba los obanzais en unos cuencos perfectamente alineados en un orden geométrico. Para que la espera en casa fuese más llevadera, su madre le apuntó a clases de esa horrenda lengua que hablan los enemigos de Japón. Nunca se le dio bien. La profesora le dejaba unas fichas de las palabras escritas con unos símbolos que a él le parecían indescifrables. Lo que le resultaba más difícil era la pronunciación. Unos sonidos guturales y nasales en oleadas rítmicas, tan diferente a la solemnidad del japonés. Naoto arrastraba el comienzo de cada palabra mientras su cerebro buscaba el sonido que se había aprendido de memoria.


—Arrrrr…
Prolongaba tanto el ronroneo que su profesora terminaba por asestarle un pescozón hasta que, por arte de magia, escupía el sonido:


—Mansana!!— escupías agotado—. Manssanna…


La casa que se podían permitir era una modesta habitación en la que se resumía toda su vida. Su madre creó un hogar plagado de colores suaves, luces indirectas y mobiliario funcional en un espacio diminuto. Por la noche separaba con un biombo plegable su futón que durante el día servía de sofá. El de Naoto se trasformaba cada mañana en la mesa para el desayuno; luego, en la tarde, le servía para hacer las tareas y, poco después, volvía a transformarse en mesa para la cena. Naoto llegaba a media tarde, coincidía con su madre un breve instante, como si fuesen dos vigilantes que se daban el relevo, esperanzados de que algún día llegase la añorada carta de su padre. Ella tenía que volver al trabajo, esta vez en el turno de noche en otro restaurante. En la soledad de la habitación, Naoto buscaba estérilmente en los mapas algún signo para comprender el exilio de su padre en Fukuoka hasta que, rendido y desesperanzado, abandonó toda esperanza.


Muchos domingos, sobre todo de primavera, visitaba con su madre los templos del monte Kami. A ella le gustaba pasear a su lado. Le decía que su sueño era reposar en el cementerio, en la falda del monte, para pedirle al sol naciente que le devolviese la vida que el sol de poniente, el sol que se reflejaría en los ojos de su padre, le arrebataba cada día. Paseaban todo el día entre los jardines, cerca de la Universidad de Odawara en la que Naoto terminó estudiando. Fue un excelente alumno, se graduó en economía. Luego hizo el magisterio y un día llamó a la puerta de nuestra oficina. Enseguida comprobamos su valía y le admitimos para revisar cuentas. Por sus manos pasaron las de aquella compañía de automóviles en la que trabajaba su padre sin que sospecháramos las emociones que tras cada apunte contable se le generaban a Naoto. Los que le rodeaban se extrañaban de la melancolía con la que repasaba cada línea. Buscaba algo fuera de lo común en el tedioso mundo de los auditores. Naoto dejaba su natural diligencia solo con aquella empresa. Se entretenía sobre todo en el apartado de sueldos de los directivos. Allí encontraba cada año la información de los emolumentos de su padre. Era uno de los directivos de más alto rango. Había ascendido, disfrutaba de un buen cargo. Hasta que un año desapareció de la lista de directivos y de la vida de Naoto para siempre.


El monte Kami, como un faro de luz blanco y resplandeciente, guiaba a Naoto cada mañana cuando bajaba en bicicleta a la cercana estación del Tokaido Shinkansen. En primavera, con la temperatura más suave, prefería caminar hasta la estación de Iriuda. Allí cogía el pequeño tren en el que tantas veces viajó con su madre, ese que rodea los templos sagrados y que atraviesa decenas de jardines, en una explosión de color que siempre mejoraba su humor. Teníamos un nuevo proyecto entre manos. El gobierno quería buscar socios privados para los aeropuertos de Kansai. Nuestra firma aspiraba a asesorar a los mejores inversores japoneses, pero no sabíamos nada de aeropuertos. Nos contaron que en España la firma tenía un experto, alguien que sabía también bastante de Japón. Algo inusual. Naoto había ascendido en la firma. Hacía ya unos cuantos años que había dejado el gris ejercicio de revisión de cuentas para hacerse responsable de las relaciones con algunos de nuestros mejores clientes. Precisamente, uno de sus clientes estaba muy interesado en aquellos aeropuertos. Fue Naoto el que contactó con aquel experto español. Los compañeros de departamento le acompañaron en algunas conferencias telefónicas en las que todos sufrieron nuestra natural dificultad para expresarnos en inglés. Pero aquel experto parecía entenderse muy bien con Naoto.


El día señalado para la llegada del español, un viernes, Naoto se mostraba nervios. No sabíamos la razón, claro. Quizás algún asunto pendiente desde la reciente muerte de su madre. Se le veía taciturno, perdido. Se paraba en medio del pasillo que conduce a los ascensores como oteando más allá de los ventanales de nuestras oficinas. Al cabo de unos segundos eternos, reaccionaba y volvía a mostrarse tan diligente como siempre. Su secretaria le pasó la llamada que él, no sabemos a qué se debería aquella inusual iniciativa, atendió con el altavoz activado.


—Buenos días, Naoto, soy Félix de Insúa, acabo de llegar al hotel —. Se expresaba en un inglés comprensible, su voz por teléfono aparentaba cansancio, hablaba muy despacio, con un acento que a Naoto parecía resultarle familiar. Algo que considerábamos normal, claro: ya habían hablado antes.


—Agrrrr… buenos días. Viaje, ¿bien? —le contestó, nervioso, quizás más nervioso de lo que considerábamos razonable para nuestra tradicional torpeza con el idioma de los que un día avasallaron nuestras sagradas ciudades.


—Sí, muy bien, gracias, aunque un poco cansado. Hice escala en Huston, ya sabes lo latosos que son los americanos con sus controles. Te obligan a entrar en su país de forma absurda, sin necesidad. Pero bien, ¿nos vemos el lunes? ¿cómo es la agenda? —le dijo, con un inglés que efectivamente sonaba muy parecido al nuestro. Incluso algún sonido podría recordar algo a nuestro amado japonés.


—Errr… Arrrrrr… sí… sí… lunes. Iré… tu hotel, cerca nuestra oficina. Arrr… mando agenda.
—Perfecto, Naoto. Descansaré el fin de semana. Tal vez viaje a Kioto, mi madre me contaba lo maravillosos que son sus templos —le dijo mientras Naoto se perdía en una de esas extrañas ausencias de mirada perdida y ojos brillantes.


Félix de Insúa. Naoto miraba con detenimiento su ficha, tal vez escudriñaba en sus recuerdos. La cara de ese español le resultaba familiar. Gafas redondas, negras, poco pelo, delgado, los ojos sorprendentemente rasgados. La ficha le mostraba sonriente, como todas las fotografías de nuestros empleados. Cuarenta y tres años, nueve años más joven que Naoto.


Le alojamos en el hotel Palace, muy caro, pero la experiencia de nuestro visitante lo merecía. El lunes, muy temprano, Naoto dejó las oficinas de nuestra firma para ir a su encuentro en el hotel. Caminó hasta el imponente edificio que está rodeado de los jardines imperiales. Naoto lo identificó de inmediato. Era alto, tan alto como el propio Naoto. Vestía un traje negro, muy ajustado y bien planchado. Su camisa blanca, con una corbata muy delgada de tonos verde oscuro, casi negra, perfilaban una silueta que se podría confundir con la de cualquier otro ejecutivo de Tokio si no fuera por el color bronceado de su piel. Llevaba una cartera negra apretada contra el pecho.


—Buenos días, un placer conocerte, debes de ser Naoto, ¿no? —le dijo sin vacilación, saludándole efusivamente con un fuerte apretón de manos que interrumpió con una especie de reverencia.
—Arrrgg… buenos días, placer saludarte. ¿todo bien fin de semana? —le respondió como pudo Naoto.


—Sí perfecto. El sábado fui a Kioto, una aventura, todos los carteles en japonés. Menos mal que mi madre me mantuvo vivo el recuerdo del japonés —le dijo el visitante mientras se extendía en explicaciones sobre los lugares que visitó, la comida en un restaurante que le recomendó un monje que había estudiado español, el pequeño accidente en bicicleta cuando trataba de buscar el camino de vuelta a la estación. Nada serio, un pequeño susto—. Me costó mucho encontrar un cajero para sacar dinero.


—Errr… ¿por qué necesitas dinero? —le dijo sorprendido Naoto.


—Pues para pagar. El taxi, los restaurantes, ¿qué sé yo? Podría haber usado la tarjeta, pero tengo la costumbre de sacar dinero en los viajes. Con seguridad no es buena idea, tengo un cajón de mi despacho repleto de billetes y monedas de todos los países a los que he viajado.


—No dinero, no, ¡no… Pasmo! ¡Pasmo! —le explicó casi con ira Naoto a nuestro visitante.
—¿Qué? ¿Pasmo?


—Sí, sí… mira… Pasmo —le repitió, mostrando una tarjeta de proximidad con la que la gran mayoría de los japoneses hacíamos nuestros pagos desde hacía ya unos cuantos años.


Aquella tarjeta era de la misma empresa a la que queríamos ayudar con los aeropuertos de Kansai. Naoto se extendió explicándole que todo el mundo en Tokio, en todo Japón, pagaba los trenes, el taxi y hasta un café con una tarjeta de contacto. Aproximas la tarjeta al terminal del establecimiento y ya está, pagado. Félix, muy sorprendido, no sabía nada de ese tipo de artilugios.

Hablaba de forma muy parsimoniosa, parecía un hombre educado y sereno que seguía resultándole familiar a Naoto. Después de una sencilla explicación de la agenda del día, se fueron caminando a la primera reunión, los Nomura. Como nadie en la oficina de Nomura hablaba inglés, Naoto hizo de intérprete para nuestro visitante; pero, de vez en cuando, se sorprendía con la facilidad, diríase intuición, de Félix para interpretar las preguntas de los Nomura antes de que Naoto fuese capaz de traducirlas. A Naoto, ya la sabíamos, le resultaba muy complicado aquel ejercicio. La búsqueda de los sonidos de cada palabra le llevaba segundos y un inmenso silencio se posaba sobre todos los asistentes. Félix mantenía la calma y se adelantaba asombrosamente a lo que trataba de explicarle Naoto. Ese esfuerzo le transportaba a la escuela y a la profesora de inglés, tal vez incluso evocaba sus pescozones mientras soltabas de corrido el discurso para explicarles a los Nomura que Félix es el mayor experto de aeropuertos de nuestra firma.


La siguiente reunión, la más importante, era con los Sumitomo. A ella se fueron en taxi. Naoto escuchaba en silencio las profusas explicaciones de Félix sobre los viajes que había hecho antes de su llegada a Tokio. Le contó que antes había estado en Lima, una ciudad que decía conocer muy bien y en la que había una relación muy cercana con Japón. Mientras le hablaba, Naoto miraba a Félix con una profunda curiosidad. Miraba sus manos, alargadas y de una blancura cetrina, que bien podrían ser de pianista. Su aspecto inmaculado era asombroso. Si lo que decía era cierto, nuestro visitante se había cruzado todo el mundo para darnos apoyo en nuestro intento por hacernos con un buen contrato de asesoramiento. Sin una arruga en el traje, la raya del pantalón perfecta, el puño de la camisa sobresaliendo de su chaqueta lo justo. Parecía que acabara de vestirse para asistir a una recepción en el Palacio Imperial.


El presidente de Sumitomo les esperaba en la entrada de su oficina, en una de las muchas torres propiedad de ese grupo. Un gesto de respeto que reservaba para los que verdaderamente son importantes. Después de la introducción en japonés de Naoto, le hizo la reverencia de saludo a Félix y les escoltó hasta la sala de reuniones de su Consejo, un imponente espacio desde el que se podían ver las obras de la ciudad olímpica. El presidente hablaba perfectamente el inglés. Eso le permitió a Naoto relajarse con las convincentes explicaciones de Félix. Apenas tuvo que intervenir. Estaban muy satisfechos. Al terminar la reunión, nos confirmaron el contrato.


Cansados por la tensión de las dos reuniones, Naoto y Félix caminaron hasta un restaurante cercano. Con sus cambios de horario, nuestro invitado no tenía hambre, pero disfrutó de un okonomiyaki de verduras y pescado. Por la noche, nuestro jefe invitó a Félix a su casa para agasajarle con la especialidad de comidas de Kioto.


—Muchas gracias, Félix, gracias. Siempre te estaremos agradecido — le dijo nuestro amado jefe haciéndole los honores.


Le ofreció el asiento central en la mesa y luego comenzó a servirle las deliciosas especialidades de la cocina de Kioto mientras le explicaba cada plato. Se fijaba detenidamente en su expresión y, al menor gesto de desaprobación, le ofrecía de inmediato otro suculento manjar.


—He disfrutado mucho esta visita y estoy feliz de haber podido ayudar para conseguir este importante contrato para la firma —dijo con solemnidad Félix.


—¿Que le ha parecido Kioto? ¿Y Japón?


—Tenía muchas ganas de visitar Japón, mi madre vivió dos años aquí. Su primer marido era diplomático en Filipinas. Cuando falleció por unas fiebres, trató de volver a España, pero descubrió que no le quedaban casi familiares con los que volver a vivir. Era escritora y tenía una curiosidad infinita por las civilizaciones orientales. Estuvo en la India y en China antes de venir a Japón.


—¿Sí? ¿Dónde? —nuestro jefe le preguntó con curiosidad mientras la cara de Naoto palidecía, pasmado y casi fantasmal, como si alguno de los alimentos le hubiera sentado mal.


—En Fukuoka, me habría gustado ir hasta allí. De hecho, yo nací allí. Mi madre tuvo una relación sentimental con un japonés, mi padre, que al poco de nacer yo falleció Cuando empecemos el trabajo con Sumitomo quiero visitar esa ciudad, aunque mi madre nunca me contó nada, sospecho que esa etapa de su vida le traía recuerdos muy especiales.


Naoto no habló durante la cena. Parecía ausente y rígido. Cuando Félix terminó con su explicación se excusó un momento y, al levantarse, la luz de la habitación nos dejó ver una inusual niebla en sus ojos que no dejaban de mirar a Félix.


Salió haciendo las reverencias de rigor, con la mirada clavada en el suelo, caminando de espaldas hacia la puerta. No volvió y, cuando nos preguntábamos dónde estaría, un asistente de nuestro presidente nos dijo que había salido poco antes.


En la prefectura de Kanawa declaramos que esa fue la última vez que vimos a Naoto.

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