Es domingo, dos de febrero de 2025. Cuando los madrileños ya hemos olvidado la Navidad, miles de personas disfrutan de la celebración del año nuevo chino por las calles del barrio madrileño de Usera. Siguen a un dragón gigante y a figuras de serpiente de madera. El signo zodiacal de este año es precisamente la serpiente, que simboliza la sabiduría ancestral y la capacidad de adaptación a los cambios y nuevos retos. Carlos y Loli verán pasar la procesión desde la barra de su bar restaurante, Sacromonte, una especie de aldea hispana que resiste año a año el imparable avance de negocios y restaurantes chinos, sin ser muy conscientes de que ellos mismos son todo un ejemplo de la creatividad necesaria para afrontar nuevos retos cada día.

Usera es un barrio madrileño muy extenso que, allá por 1987, integró a otros siete barrios. Sus terrenos estaban en el que fuera municipio de Villaverde, absorbido por Madrid en 1954. Era Villaverde un destino muy común de la inmigración interior. Allí se fueron a vivir miles de habitantes de las zonas rurales de España más afectadas por la reconversión agrícola de los años 60, atraídos por una zona de casas modestas, pero asequibles, desde las que iniciar su adaptación a la gran ciudad madrileña. Hasta allí también llegaron los padres de Carlos y Loli desde Torredelcampo, un municipio de Jaén donde ya no daba para ganarse la vida con la aceituna y el aceite.
Que Usera haya sido un destino histórico de los inmigrantes en Madrid ha llevado, a lo largo de los años, a una transformación paulatina de su paisaje humano. Inmigrantes de todo el mundo, latinos y chinos principalmente, empezaron llegar al barrio en los años 80, cuando los padres de Carlos y Loli montaron un bar al que, por la añoranza de sus orígenes andaluces, llamaron Sacromonte, como el barrio más famoso y gitano de Granada. Desde comienzos de este siglo, la llegada de migrantes procedentes de China se acelera, hasta el punto de que en estos días más de once mil ciudadanos chinos viven por las calles que un coronel, Marcelo Usera, trazara a comienzos del siglo XX sobre los terrenos agrícolas de su suegro, un agricultor rico, “el tío Sordillo”.

La comunidad china se caracteriza por su férreo mantenimiento de las tradiciones y costumbres. Por ello, las calles de Usera se han convertido en un auténtico “Chinatown”, plagadas de restaurantes, comercios y locales. Sin embargo, la china no es la más extensa. Un 79% de los habitantes son de origen español. Del 29% de extranjeros, el 21 % son chinos. Aunque la comunidad latina supone más de un 30%, nadie ha pensado todavía en llamar a Usera “Latintown”.

Sacromonte fue desde sus primeros años un lugar de encuentro y recreo, sobre todo de andaluces. Despachaban vino y aceite a granel, como se vendían entonces, y productos andaluces diversos. Por supuesto, no era la única taberna andaluza del barrio. Pero sí es la que mejor ha sabido adaptarse a sus cambios. Y una de las pocas que han sobrevivido. Hoy sigue ahí, rodeada de negocios chinos. Con el esfuerzo y la alegría diaria de Carlos y Loli, han transformado el clásico bar de tapas, vino y café, en un restaurante, también basado en las tapas, que han evolucionado a los gustos actuales. La estrella de sus platos son las “guantas”, una graciosa forma andaluza de las “Gyozas”, uno de los platos chinos más comunes de su gastronomía.
El recuerdo de su tierra está presente en todo momento en el local. Siguen vendiendo excelentes vinos, aunque ya no a granel. Y vermú, mojama y latas con los mejores pescados del sur. En sus platos rezuma el poderoso sabor de los aceites de Jaén y la frescura de las hortalizas y el pescado. La nostalgia y también la alegría andaluza en Sacromonte alcanza su cumbre las noches de los viernes, cuando Carlos dirige con una pasión casi religiosa el canto colectivo de “la Salve Rociera”. Todo el local cantando a capela la letra de la canción que los rocieros no paran de tararear en su migración anual a la aldea de El Rocío. Nadie que tenga un mínimo de sentimiento es capaz de resistirse a corear su estrofa: “Olé, Olé, Olé y Ole, al Rocío yo quiero volver, a cantarle a la Virgen con fe”.
Tal vez sin proponérselo, Carlos y Loli serán este año 2025, el año de la serpiente, los mejores intérpretes de los deseos que la tradición china pretende transmitir al resto del mundo. Fortaleza para adaptarse a los retos y los cambios les sobra, ellos y sus padres lo vienen demostrando desde el primer día que abrieron Sacromonte, allá por 1984. El resto lo pone esa gracia andaluza que interpreta como nadie el sentido de añoranza por la tierra de la que tuvieron que salir en busca de mejores oportunidades. Igual que los chinos. Igual que los latinos. Igual que cualquier migrante del mundo.

