Era una mañana de domingo, unos arqueólogos excavaban en algún lugar cercano a Addis Abeba mientras en un destartalado casete sonaba de fondo la canción “Lucy in the Sky with Diamonds”, de los Beatles. Los restos que encontraron ese día fueron adquiriendo una forma inequívoca de esqueleto humano. Por el tamaño y apariencia de su pelvis, concluyeron que se trataba del esqueleto de una mujer. Decidieron que el primer homínido tendría que llamarse Lucy. Medía poco más de un metro y pesaba apenas treinta kilos cuando vivía, hace aproximadamente tres millones y medio de años.

Las investigaciones del origen de la vida nos enseñan el camino que nuestros antepasados siguieron hasta poblar el planeta. Gran parte de la evolución de la especie humana tuvo lugar en África, donde con el paso del tiempo se fueron creando miles de tribus. Y miles de lenguas para comunicarse. En la actualidad se estima que hay unas dos mil lenguas diferentes repartidas por la inmensa y diversa tierra africana.
A pesar de haber sido protagonistas del milagro del desarrollo de nuestra especie, la historia no ha sido condescendiente con África. Antes de que las potencias europeas descubrieran las posibilidades encerradas entre sus selvas infinitas o bajo las tierras abrasadas por el sol, las diferentes tribus peleaban entre sí para algo tan esperable como hacerse con más recursos, tener más posibilidades para la caza, disponer de más tierras fértiles para la agricultura y pastos para la ganadería. El legado de la ambición infinita seguramente nació cuando Lucy y sus coetáneos fueron conscientes de la supremacía de los homínidos sobre el resto de los seres vivos. Algunas tribus se hicieron tan poderosas que terminaron convirtiéndose en Reinos y en Imperios que sobrevivieron, incluso, hasta mediados del siglo XX.
La colonización era inevitable. Los europeos, civilizaciones mucho más avanzadas y entrenadas en la guerra, fueron descubriendo que la riqueza de África no se limitaba a sus habitantes, hombres, mujeres y niños, a los que no dudaron en esclavizar para emplearlos como mano de obra en sus aventuras colonizadoras. Pronto encontrarían metales valiosos, tierras magníficas para la agricultura y un mar pleno de riqueza pesquera. Se dividieron el territorio, crearon fronteras donde antes había tribus en movimiento y, al fin, tras decenas de años de expolio, terminaron sucumbiendo a los imparables anhelos de independencia. En la actualidad, las fronteras artificiales de 54 países se han plantado sobre un territorio en el que vivían como nómadas o asentados centenares de tribus y reinos guerreando entre sí.
La llegada de la independencia se produjo en los momentos álgidos de la Guerra Fría. Quizás por ello, por la influencia de la Unión Soviética y otros regímenes revolucionarios, como Cuba, o por el carisma de los líderes africanos que culminaron la independencia, la inmensa mayoría de las nuevas naciones se organizaron en el momento de su nacimiento mediante un sistema político de partido único. La democracia, como la imaginamos en Occidente, está todavía tardando en llegar. Décadas de corrupción extrema, protagonizada por las élites, golpes militares y pésimos gobiernos, han destruido la esperanza de que los ciudadanos africanos, una vez liberados de las potencias coloniales, pudiesen disfrutar de la grandeza del continente y su inmensa riqueza.
El panorama de pobreza y guerras olvidadas que pueblan África en la actualidad es, a su vez, la semilla del drama de la migración y los desplazamientos masivos de personas, la mayoría dentro del propio continente, hacia las ciudades, dejando atrás un campo mal preparado para la agricultura moderna y productiva. La migración hacia otros continentes, principalmente hacia Europa, depende tan solo del arrojo de los que quieren escapar de la pobreza, de los riesgos que están dispuestos a aceptar para alcanzar sus sueños.
La mayor parte de los europeos miran a África como una amenaza, el lugar del que parten millones de migrantes cada año. Sin embargo, sabemos poco de las inmensas oportunidades que pueden abrírsele a los habitantes del continente. En 2030, más del 50 % de la población joven mundial accediendo al mercado de trabajo será africana. ¿Se imaginan el potencial que ello representaría en cualquier otro lugar del mundo? Los más de mil quinientos habitantes actuales harán que África aporte el 25 % a la población mundial al final de esta década, casi tantos habitantes como China y la India juntos.
La parte negativa de esta historia es la precaria situación de partida. Apenas un 4% de su suelo agrícola dispone de irrigación —y no será por falta de agua, repartida entre inmensos ríos y lagos que plagan la geografía africana—, haciendo que las posibilidades de que su maravillosa tierra, la que enamoró a tantos colonos europeos, lidere la producción mundial de alimentos son muy limitadas. La carencia de infraestructuras adecuadas, las dificultades aduaneras y los incontables conflictos que amenazan la seguridad de los desplazamientos, condicionan el mercado de productos y bienes industriales. La densidad de carreteras asfaltadas es la más baja de los cinco continentes. Apenas un 40% de la población dispone de luz en sus casas —si es que tienen casa— y, en general, las herramientas tecnológicas presentes en la vida cotidiana de los ciudadanos y las empresas puede decirse que son del siglo pasado, con un bajo índice de acceso a internet en la gran mayoría de las regiones.
La comparación con otros continentes es desalentadora. En 1960, la renta per cápita de África y Asia era aproximadamente igual. En 2024, la renta per cápita en los países asiáticos fue siete veces mayor que la africana. Incluso países de partido único, como China, han conseguido que sus habitantes se beneficien de la existencia de empresas, privadas o cuasi privadas, mientras que en África no es posible encontrar un solo ejemplo de empresa enteramente africana con cifras de facturación que se aproximen a los mil millones de dólares. Otros indicadores siguen contribuyendo al pesimismo. En 2030, por ejemplo, según las previsiones del Banco Mundial, el 80% de la pobreza extrema estará en África (al comienzo de este siglo, era solo el 20%). Salvo un puñado de países, como Costa de Marfil o Etiopía, el crecimiento del PIB está estancado desde 2010 o en claro retroceso (datos del Fondo Monetario Internacional).
La dificultad para que los profundos cambios sociales y tecnológicos que se viven en el resto del mundo tengan su correspondiente efecto en la economía africana incentiva en los jóvenes el deseo de marcharse. Un fenómeno, el de la migración, que aporta por la vía de remesas una suculenta proporción del 6% del PIB en el conjunto del continente, más de cien mil millones de dólares (datos Banco Mundial, 2022). Así, no hay gobierno africano que tenga especial interés en reducir ese flujo humano, pese al drama continuo que implica. De los casi veinte millones de desplazados, dentro de África o hacia otros países, durante 2023, casi catorce millones se debieron a guerras y conflictos. Sudán, desde que comenzó su atroz guerra, ha obligado a más de seis millones de personas a desplazarse para buscar un lugar algo más seguro; o sencillamente para salvar su vida.
Con estos antecedentes, el desarrollo de África se convierte en una necesidad vital para la seguridad y la estabilidad mundial. Para ello, sin embargo, son necesarios cambios muy profundos, tanto en el funcionamiento de los diferentes países como en la actitud de las principales potencias económicas. Casi todas las naciones africanas arrastran una losa de corrupción endémica y malas prácticas del gobierno. Se han habituado a pelearse por lo que saben que existe, las riquezas presentes, mientras que parecen ignorar el potencial que se les ofrece casi a todas las regiones del continente.
Algunos signos de esperanza, no obstante, deben de ser valorados. Hay un legendario movimiento de crear una gran África Unida cuyos primeros frutos son un conjunto de acuerdos de Comunidades Económicas Regionales. Hasta ocho existen en la actualidad. Sus objetivos pretenden algo parecido a lo que hemos sido capaces de construir en Europa: un mercado único, con libertad de movimiento de personas, capitales y bienes. Un objetivo más ambicioso consiste en la integración de las 54 naciones en ese mercado único, algo que sin duda dispararía el potencial de desarrollo económico de todos ellos. Otros factores, como el constante descubrimiento de nuevas materias primas y el potencial para que sean manufacturadas en empresas locales, aportan motivos para la esperanza.
Una de las claves para la modernización y la transformación de África son sus elites. Los gobernantes y sus acólitos, que concentran el poder y reparten entre sus afines la mayor parte de la riqueza. En ese sentido, si algo puede hacer que el continente entre en una dinámica positiva es la aparición de líderes con una visión diferente a la que hasta ahora se viene dando en casi todas las naciones. La juventud de la población y el acceso cada vez más imparable a la información pueden llevar a un giro en las formas de gobierno y en los liderazgos de los regidores africanos. No deja de resultar sorprendente que las naciones que surgieron felices tras echar a los colonizadores estén cayendo en una evidente colonización de otro tipo. La embelesada aceptación del dinero fácil de China es una muestra de ello, pero también son evidentes la presencia de otras grandes potencias, como Rusia y otras potencias europeas. Evitar el yugo de los nuevos colonizadores, esta vez a través del endeudamiento, el mercado de armas y seres humanos o la rapiña de sus materias primas, es el nuevo reto para los herederos de Lucy. Si salen airosos de ese reto, el resto de la humanidad saldrá ganando como cuando, erigiéndose por primera vez sobre dos piernas, dieron origen a la vida humana.
