La noticia de que el presidente de Zambia, Hakaide Hichilema, haya ordenado el arresto de centenares de activistas de las redes sociales por difundir mensajes provocativos y faltos de credibilidad —aquí los llamaríamos bulos— contra su persona y sus familiares resulta asombrosamente a otras que provocan ardorosos debates en la Europa civilizada. Las detenciones corrieron a cargo de la Policía. La investigación para identificar a los peligrosos críticos la ha llevado a buen fin un organismo denominado ZICTA: Zambia Information and CommunicationTechnology Authority. Por más que el nombre pueda sonarnos al de un mosquito transmisor de una plaga mortal, ZICTA es un invento del presidente zambiano para controlar todo lo que se refiera a él que circule por las turbias redes. Una ocurrencia muy extendida por todo el mundo.
Lo más asombroso de la noticia es que a Hichilema, el hombre más rico de Zambia que eligió el camino de la política como si de un Trump africano se tratase, seguramente para hacerse más rico todavía, haya sido atacado por un brote repentino de alergia a las críticas. El actual presidente se destacó tanto en el vituperio como opositor que terminó siendo arrestado y acusado de traición por sus constantes descalificaciones a Edgar Lungu, el presidente anterior, quién disfrutó del poder presidencial desde 2015 a 2021. Los jueces que lo mandaron a la cárcel fueron despedidos sin contemplaciones pocos meses después de la toma de posesión de Hichilema. En Zambia, como en la gran mayoría de los países africanos, el presidente tiene la potestad de nombrar y cesar a los jueces. No se conforman con un Fiscal General o un presidente del Supremo.
En el juego del lenguaje político en este rico país africano, uno de los mayores productores mundiales de cobre, habitado por una pléyade de pobres, la oposición a Hichilema le acusa ahora de hipocresía. Las próximas elecciones se acercan, serán en 2026 si Hichilema no consigue que unos jueces amigos hagan una excepción en la Constitución y permitan que extienda su mandato cinco años más. Los tambores para echarle del poder han comenzado a sonar, una música que se repite, de forma más o menos violenta, cada vez que se aproximan unas nuevas elecciones democráticas.
En sus ya cuatro años de mandato, Hichilema ha conseguido lo mismo que todos sus antecesores: elevar hasta niveles insoportables el descontento de una población arruinada por los caprichos del gobierno de turno. La reacción del mandatario al malestar expresado por el pueblo, o los opositores, alcanza a veces matices caricaturescos. Hace unas cuantas semanas, Hichilema compareció ante la prensa para anunciar el arresto de un peligroso grupo de brujos que pretendían hechizarlo. En esta ocasión utilizó los servicios de una División dentro del Grupo Antiterrorista de la Policía dedicada a la persecución de delitos de brujería. La explicación pública de la detención incluyó un pormenorizado detalle de los amuletos que empleaban, que incluía un camaleón vivo, y pruebas irrefutables de que la maldad que planeaban había sido encargada por un oponente político, un diputado de nombre Jay Jay Banda. No se conocen detalles que permitan suponer que estos hechiceros del siglo XXI terminen sus días en una hoguera, como en la Edad Media.
La llegada de la democracia a los países africanos no puede decirse que sea un asunto zanjado. Tras un largo período colonial, los movimientos por la independencia en países que fueron creados artificialmente por las potencias colonizadoras como una forma de repartirse las riquezas del continente, sin base histórica ni étnica, consiguieron a partir de la década de los 60 la deseada libertad. En algunos casos, la transición fue pacífica y acordada con las élites de africanos que habían servido a los administradores coloniales. La potencia colonial dejó en los nuevos países a sus militares durante un cierto período de tiempo para, supuestamente, garantizar la seguridad y la transición a un gobierno democrático de líderes africanos. En muchos casos, ese proceso de transición falló cruelmente, pero el resultado de la independencia regó de caudillos carismáticos al continente. Una primera generación de líderes, como Nasser en Egipto, Nkrumah en Ghana —país conocido como Golden Coast en la dominación británica—, Nyerere en Tanzania, Kaunda en la Zambia hoy administrada por Hichilema, entre otros, fueron ungidos como padres de la nueva patria. Con un poder al que nunca pudieron soñar en la época colonial, implantaron un sistema de gobierno de partido único, con una notable influencia de la Unión Soviética en muchos de ellos.
Los nuevos líderes eran percibidos por el pueblo como mesiánicos, de un poder casi divino. Naturalmente, con tan elevada alcurnia ejercitaron el poder como una forma de reparto de ganancias para beneficio propio y de sus seguidores. Sin dejar de lado el reparto tribal del poder —aquí lo llamaríamos equilibrios de los partidos con sus baronías o familias políticas—, toda la pirámide de las nuevas administraciones comenzó a enriquecerse gracias al acaparamiento del poder encabezado por un líder que, por definición, era incontestable, intocable. La lujuria de poder absoluto rebosaba entre ministros, parlamentarios y cualquiera de los niveles de la administración. Las decisiones se tomaban de manera arbitraria y casi siempre en beneficio personal de los administradores. Personajes que, con una nueva terminología en su lenguaje en la que la palabra democracia estaba siempre presente, actuaban como auténticos emperadores. Incluso los funcionarios, cuya fidelidad servil al líder era imprescindible para subsistir —literalmente—, vieron multiplicados sus salarios por tres o cuatro veces al que tenían en el período colonial.
El resultado de la orgía de corrupción no tardaría en hacerse patente. En países como Nigeria, Costa de Marfil o Zambia, el presupuesto para gastos presidenciales llegó a representar hasta el 60% del total. La riqueza de las nuevas élites era visible a simple vista. En Ghana lo llamaban la “vida platino” y en muchos países, de manera cómica, se decía que había aparecido una nueva tribu, los Wa Benzi, que se caracterizaba por conducir inmensos y lujosos coches Mercedes-Benz, casi siempre negros y con cristales tintados. El valor de las importaciones de bebidas alcohólicas, de las marcas más caras, cosméticos, perfumes y caviar eran hasta cinco veces superior al de maquinaria agrícola, un equipamiento imprescindible para que la rica tierra africano fuese capaz de rendir a un ritmo comparable al que conseguían los colonos blancos, expulsados de sus granjas en muchos de los países independizados.
La mayor preocupación de los nuevos líderes fue, una vez en el poder, mantenerse a toda costa. Al principio lo conseguían mediante el reparto de prebendas, la forma más burda de hacerse con el favor de una legión de seguidores, una guardia pretoriana que les aislaba del riesgo de ser expulsados del trono. Gobiernos como el de Kenia, Nigeria o Gambia destinaban más de tres cuartas partes del presupuesto nacional a la compra de lealtades. Los primeros políticos africanos crecieron viendo cómo los colonizadores extraían una riqueza que parecía infinita y que, pensaron, también lo sería para ellos. Las dificultades económicas fueron apareciendo y la insatisfacción de la masa de población, que no veía ningún beneficio para sus vidas con los nuevos gobernantes, llevó a la aparición de líderes opositores que retaban al sistema de partido único. Las conspiraciones y los golpes encabezados por diferentes facciones del ejército empezaron a sucederse, aunque era notorio que el propósito de los que pretendían el poder consistía en ser ellos los que se beneficiasen del lujo y el boato. Para defenderse, los sátrapas empezaron a aplicar, sin rubor, todo tipo de medidas arbitrarias contra sus oponentes. El presidente Nkrumah aprobó, con la misma solemnidad con la que Trump firma sus órdenes ejecutivas, una ley por la que su policía leal podía detener, sin explicación ni acusación precisa, a cualquier ciudadano durante al menos cinco años. Muchos de los detenidos no saldrían jamás de las cárceles. En los primeros años de independencia, el presidente de Malawi, Hastings Banda, declaró que si era necesario detener a millones de personas para preservar la estabilidad del país —léase, para mantenerse en el poder—, lo haría. La banalización de los mensajes de la oposición, el hostigamiento y la descalificación personal, la negación de derechos básicos de cualquier ciudadano que osase discrepar o hablar mal de los sagrados líderes, los únicos autorizados a encarnar los valores conquistados con la independencia, como la libertad o la democracia, empezaron a ser la norma en la vida pública de las nuevas naciones.
África necesitó de decenas de años de gobiernos autocráticos para que apareciese algo similar a una democracia pluripartidista. Y, ya en 2025, no todos los países lo han conseguido. Años de sufrimiento y represiones infames, de eliminación física de millones de personas, de desplazamientos masivos de poblaciones y etnias. Años en los que conocimos líderes brutales que practicaban el canibalismo o que ordenaban ejecuciones masivas. Años en los que el continente africano, asolado por malos gobernantes, volvió a convertirse en un campo de batalla de las potencias mundiales, si cabe más atraídas por sus riquezas que en la época colonial. Son muy pocos los ejemplos respetables de transición a la democracia. Excepciones que aparecieron casi por milagro de la mano de líderes únicos, como Mandela, en la Sudáfrica ganada para la causa democrática tras el despiadado apartheid.
Zambia es un buen ejemplo del fallido sueño de la democracia en África. En la actualidad, el país es presa de acuerdos abusivos con países como China, que a cambio de dinero fácil para infraestructuras inadecuadas se está haciendo con el control de todo lo que tenga valor en suelo zambiano. Con una deuda insoportable, que, a las entidades multilaterales, como el Banco Mundial, no les queda más remedio que tratar de respaldar, el presidente actual viene comportándose como sus antecesores y, seguramente, como el que le suceda. Con una arquitectura legal hecha a la medida de las ambiciones del presidente de turno, mediante el abuso de poder a manos de jueces, policía y funcionarios, ejerce un control absoluto sobre la prensa y cualquier medio de comunicación, interviene empresas, se hace con la propiedad de tierras y minas, o negocia acuerdos con empresas y países en su propio beneficio. En Zambia y en la práctica totalidad de los países africanos jamás ha existido algo parecido a mecanismos de control de los gobiernos, ni un sistema de garantías que defienda los intereses de los ciudadanos.
Numerosos conferenciantes han disertado sobre las particularidades de la democracia africana para resaltar que el modelo europeo de democracia no le es aplicable a unos países nacidos de forma accidental. Recuerdan que muchas de las tribus que han terminado amalgamándose en unas fronteras decididas por los colonizadores tenían una cierta forma de vida democrática. Al frente de cada tribu, un jefe con capacidad de toma de decisiones, valiente, fuerte, pero que escuchaba a los ancianos, a los sabios de la tribu para el dictamen sobre los asuntos más importantes. Un jefe que aplicaba la ley y hacía cumplir las penalidades a los que la violasen. Justifican de ese modo el sistema de partido único surgido en los albores de la independencia como el único posible en África.
Todo ello me lleva a pensar si en Occidente, en Europa, no estaremos siguiendo el modelo de las democracias africanas. No están muy lejos entre sí los conceptos de pensamiento y partido únicos. Puede que, de tanto merodear alrededor de la inmensa riqueza de los recursos naturales de África, los europeos nos hayamos contagiado del mal de la tribu de los Wa Benzies y lo único que verdaderamente nos importe sea el poder y sus lujos.
