A finales de 2018 se vivió un enconado debate en círculos políticos y de la cultura chilenos. Estaba próxima la terminación de la ampliación del aeropuerto de Santiago de Chile y una parte de la oposición de izquierdas al gobierno de Sebastián Piñera llevó al Congreso la propuesta de renombrarlo como Pablo Neruda, en honor al “poeta del amor”, una de las más brillantes figuras de la literatura mundial. El cambio habría supuesto dejar de lado el nombre que ostentaba el aeropuerto: Arturo Merino Benítez, militar chileno, fundador de las Fuerzas Armadas y de la compañía Lan Chile, y acérrimo defensor del presidente Allende.
Fueron diversos los movimientos feministas que se oponían honrar a Pablo Neruda con la alta distinción de ser internacionalmente reconocido en el mundo de la aviación. Lo hacían por la existencia de un lado oscuro en la biografía del poeta que no le dejaba precisamente bien. Los críticos de Neruda dicen de él que era un sátiro, hombre de una maldad quizás tolerable, pero también que fue violador confeso —en su libro de memorias, “Confíes que he vivido”, relata cómo forzó a una sirvienta de la que dice que no le extrañaba que le odiase—, padre monstruoso que abandonó a su hija al poco de nacer cuando escapaban a Montecarlo huyendo de la guerra civil española —dijo en público de ella que era “una vampiresa de tres kilos”— o mujeriego empedernido. Se contaba que eran famosas sus incursiones en prostíbulos de la RDA acompañado de Honecker. Y, para terminar de componer un perfil de indeseable, gran amigo de figuras sanguinarias de la historia reciente, como Stalin.
Ciertamente, Neruda no parece que haya sido un hombre ejemplar. Y, pese a ello, brilló como nadie en el relato poético.

En la película “Sobrevivir a Picasso”, el magnífico Anthony Hopkins encarna al genio malagueño de la pintura. El drama repasa su vida con la joven pintora Françoise Gilot que fuera durante diez años su musa y pareja, y con la que tuvo dos hijos. Gilot soportará en ese tiempo las continuas infidelidades del artista universal, sus caprichos, su carácter ególatra, su maltrato psicológico y físico, su cinismo y tacañería.
En España fuimos menos severos con él que en Chile con Neruda y, cuando llegó el momento de poner un solemne nombre a la ampliación del aeropuerto de Málaga, nadie pareció oponerse. El mundo entero está plagado de sus obras pues, a los defectos apuntados en la película, hay que añadirle una virtud irrefutable: tenía una capacidad de trabajo y producción obsesiva.
El mundo del cine depara incontables casos para ilustrarnos el debate sobre qué hacer cuando en un genio, un artista reconocido por todos, se aúnan sus virtudes con un lado oscuro, a veces ciertamente siniestro. De Hitchcock dicen sus críticos que nos ha dado lo mejor del cine. Películas sublimes, llenas de belleza visual, misterios, terror y pasiones. En cambio, se ganó fama de déspota con los actores —sobre todo con las actrices—, acosador y maltratador sicológico, capaz de convertir la vida privada de sus actrices fetiche en un auténtico infierno.
Del productor Harry Weinstein se ha escrito hasta la saciedad. Su adición al sexo y el chantaje sexual al que sometía a las candidatas de sus películas le ha llevado a la cárcel. El solito ha sido capaz de merecerse un movimiento universal, #Metoo, por el que numerosas actrices de Hollywood y otros escenarios comenzaron a denunciar abusos similares a los que cometió durante años Weinstein. Cuando observo su cara me viene a la memoria la tristeza de la ciudad de Búfalo, donde nació, sobre todo en invierno, pero que las calles del lugar en el que se crio fuesen tétricas no es justificación para sus depravadas costumbres.
En un número anterior de MUTAURI, una de mis lectoras me afeó el poner de ejemplo como director de cine brillante a Clint Eastwood. Me recordaba de él que fue un mujeriego impenitente que fue dejando repartidos por la geografía americana un buen número de hijos de los que nunca quiso saber nada.
La lista de personajes incoherentes, sabios, listos, brillantes en su especialidad y a la vez perversos y reprobables, es inmensa. En todos los campos de la vida cultural y artística, sin excepción, los ciudadanos corrientes tenemos que enfrentarnos al dilema de cómo juzgarles. Es este un debate que se ha exacerbado durante las últimas semanas por la nominación de Karla Sofía Gascón al Oscar como mejor actriz.
Para una buena de la sociedad, aquellos que tienden a encumbrar a las figuras de la cultura por lo que simbolizan, la historia de Karla debe de estarles produciendo un dolor de úlcera. La elevaron a los altares de la modernidad y los nuevos tiempos, quién sabe si más por su condición de mujer trans más que por sus méritos artísticos. Y, de pronto, se han encontrado con declaraciones y manifestaciones de Karla que, a juicio de los que con tanto ardor la defendieron antes de conocer el resultado del libre ejercicio de su libertad de opinión, son intolerables e impropias de alguien que parecía —tal vez lo sea— una figura de talla mundial.
Un buen puñado de articulistas y opinadores a tiempo completo, en redes sociales, periódicos y televisiones, han sido los ejecutores de la sentencia de mujer inapropiada, inaceptable para el mérito de ser adorada por esa parte de la sociedad. Otros, en cambio, nos recuerdan que hasta hace poco nadie les preguntaba por las ideas políticas o su vida a las celebridades de la cultura. Nos conformábamos con disfrutar de ellas y, si al final llegaba a nuestros oídos el lado sombrío de nuestros ídolos, en general tendíamos a ser indulgentes.
Resulta obvio que el debate no tiene una respuesta única. No existe una visión buena, universal. A mí, por ejemplo, no me gusta demasiado Picasso, lo que me facilita ser menos condescendiente con lo que se sabe de su vida privada. En cambio, mantendré en el olvido la versión oscura de un genio como Hitchcock.
Quizás, lo que resulte conveniente es que cada persona sea plenamente libre para vivir la relación con los mitos y héroes, como sus propios valores le indiquen. Así, tal vez, podríamos disfrutar de la buena actriz Karla. E incluso, nos alegraríamos si le otorgasen el Oscar.
