Netanyahu no es más que otro ejemplo de líder aferrado al poder. Preside un gobierno débil, sin mayorías desde que los ultraortodoxos salieron de la coalición de gobierno. Pero ahí sigue, cubierto por la capa de ungido por Dios para guiar al pueblo judío a la victoria contra todos sus enemigos. Masacrando ciudades, matando niños de hambre en el gueto de Gaza, que recuerda a los que los propios judíos sufrieron por los nazis. Netanyahu destacó como militar y estudió en el MIT. Hitler, ni eso. Los elegidos siempre han sido los más sanguinarios y peligrosos de la historia. Convendría tenerlo en cuenta.
Me sucede con la guerra de Israel contra los palestinos que ya no me resulta sorprendente. Me duele, por supuesto. Sigo el conteo diario de muertos por cada nuevo ataque del ejército israelí sobre territorios que nunca fueron suyos, tampoco ahora. Esta guerra me provoca un sentimiento de escepticismo porque sigue los mismos patrones de otras muchas. Acontece delante de nosotros, sin que nada ni nadie sea capaz de pararla. Sin que los gestos sean capaces de aliviarle el sufrimiento a millones de seres humanos. Como tantas veces ha sucedido.

Es cierto que la barbarie de Hamás resultó aterradora. Sus líderes, también elegidos, le dieron una excusa perfecta a Netanyahu para sacarle de sus entrañas todo lo más abominable que pueda esperarse de los tiranos: odio, violencia, arrogancia ante cualquier crítica. Y determinación para el crimen preciso, militarmente perfecto. El drama ahora, como sucedió en la Europa de mediados del siglo pasado, o como sucede en tantos otros conflictos en África, o Asia, es que millones de personas pagan con su vida la soberbia de otro personaje anclado al poder para entrar en la historia a cualquier precio. Nada nuevo, por cierto.
Es posible que ninguno de los regímenes que rodean las fronteras de Israel merezca la compasión de nuestros corazones. De Irán se dice que financian a Hamás y Hezbolá, grupos que los israelitas quieren eliminar por considerarlos peligrosos terroristas dispuestos a aniquilar al pueblo judío. Puede ser tan verosímil como lo es que la forma de implantarse un país como Israel, de raza única por su propio credo, le niega cualquier derecho a los palestinos, que quedaron atrapados en las fronteras del nuevo Estado, alimentando de razones a los que se rebelan, quizás incluso justificando la aparición de tales grupos.
Irán, gobernado por el islamismo extremo de los ayatolás, que ejecuta penas de muerte cada fin de semana en plazas públicas, para divertimento de sus seguidores, no es un ejemplo de convivencia precisamente. Pero ello no justifica que sea bombardeado sin misericordia por los israelitas y por las legiones militares de Trump.

Los ayatolás, como Netanyahu, se aferran al poder gracias a la excusa de que el pueblo iraní les necesita para defenderse de sus enemigos. Y, como desde un punto de vista militar han hecho el ridículo más estrepitoso frente a los poderosos medios de israelitas y norteamericanos, han tenido que buscar un culpable para justificar su propia ineptitud. Hitler encontró en los judíos su excusa para guiar a los alemanes a una guerra suicida y devastadora. Los hutus culparon de un atentado, que le costó la vida al presidente de Ruanda, a los tutsis, para desatar su genocidio. Ahora, los ayatolás han decidido que los culpables sean los afganos.
¿Alguien se acuerda, a estas alturas de la historia, de la llegada de los talibanes al poder? ¿Del flujo masivo de desesperados huyendo de un régimen que hace desaparecer a las mujeres tras un burka, negándoles todo derecho a la existencia, a la educación, al trabajo?
En tan solo dos días, durante el verano de 2021, los talibanes se adueñaron de Afganistán, invadiendo Kabul, la capital, tras confirmarse la salida de los americanos de un país que tenían tomado desde los atentados del 11 de septiembre de 2001. Miles de hombres y mujeres trataron de escapar cuanto antes, incluso con el imposible intento de subirse a los últimos aviones norteamericanos despegando desde las pistas del aeropuerto internacional. Después, millones más cruzarían las fronteras camino de cualquier lugar mejor que el horror que les ofrecía su propia tierra.
En ese flujo de desesperados, unos dos millones de hombres, mujeres y niños terminaron estableciéndose en Irán. Un lugar imperfecto, cierto, pero en cualquier caso mejor que el territorio controlado por los talibanes. Al menos, en Irán las niñas van al colegio, a las universidades. Pueden trabajar y pasear por las calles sin la obligatoria compañía de un hombre de la familia. En Irán, las mujeres tienen que cubrirse, pero no soportan la peor de las cosificaciones ocultándolas por completo detrás de una cárcel en forma de vestido.
La historia de la Humanidad tiene tantos ejemplos de perversión que los nuevos tiranos apenas tienen que inventarse otras formas de persecución. Los ayatolas, sin prueba alguna, acusan a los afganos de ser espías al servicio de los servicios secretos de Israel, de informarles de la localización exacta de los objetivos militares, como los centros de enriquecimiento de uranio, esenciales para fabricar armas nucleares, que fueron atacados con aviones y misiles de alta precisión en fechas recientes. Los afganos, la mayoría de ellos capaces tan solo de terminar el día con vida, han sido señalados como los causantes de la indigna derrota de las defensas iraníes. Y los elegidos líderes iraníes han ordenado su persecución y expulsión inmediata del territorio iraní.
Millones de familias están, en estos mismos momentos, teniendo que dejar todo tras de sí. No les han dado tiempo ni para llevarse algo de comida. Ni dinero. Los afganos, los nuevos apestados de la historia, de un día a otro dejaron de tener acceso a los bancos para poder disponer de su propio dinero. Ni a las tiendas para comprar algo de pan para el camino. Si los ven por las calles, les arrojan piedras, les atacan con palos. Un día amanecieron sin estar autorizados para subirse a cualquier medio de transporte. Han de ser expulsados y para ello recorrerán a pie carreteras y caminos hasta la frontera con Afganistán donde les espera la renuncia a todo lo que hace solo unos días tenían: un colegio para las niñas, unas ropas para sus mujeres, un trabajo para los varones de la familia, comida, algo de dinero y dignidad… En la frontera, en Islam Qala, los pocos funcionarios de Naciones Unidas que tratan de asistirles les dicen a las mujeres que deben de prepararse: en cuanto crucen la línea, les espera una jaula.

¿En qué medios, en qué noticiarios españoles están dedicándole algún segundo al drama de millones de afganos? ¿En qué tertulia se discute de las razones? ¿Qué oenegés nos alertan de otro genocidio? ¿Dejarán los chinos, ese pueblo elegido por muchos gobiernos, incluido el español, para salvar la economía, de explotar las minas de litio afganas como señal de protesta?
Cuando la historia haga su recuento de los destrozos provocados por Netanyahu, alguno de sus escribas apuntará en los libros la expulsión de los afganos como parte de los horrores ocasionados por otro líder elegido.
Ignoro por qué la Humanidad es incapaz de plantarse ante estos líderes iluminados en cuanto aparecen las primeras señales de su mal. Después de tantos ejemplos, no nos asiste ni siquiera el consuelo de la ignorancia.
Quizás solo baste decir que el que quiera ver, que vea.

2 Comentarios
Gloria
Tomás todo lo que escribes me parece interesantísimo, por tu información que yo, desde luego no tengo, y por tu sensibidad ante los horrores que estamos conociendo. Es increible que nadie ponga fin a las barbaries que se están comentiendo y la Kis Cam de Coldplay haya tenido veintisiete millones de visualizaciones. Realmente, ver a esa pobre población muriéndose de hambre es tan terrible que vemos claramente lo peor que el ser humano es capaz de llegar. Muy bueno este artículo
Tomás Aranda
A veces me freno contando historias que a casi nadie interesa. Pienso que voy a amargarles el verano a muchos que solo tienen como principal ocupación disfrutar de la vida. No lo critico. Es algo natural en la sociedad en la que vivimos.
Me ocurre que he estado muy expuesto a esas realidades ocultas. Y no las puedo dejar de lado.