El último recuerdo que tiene Tania de su casa en Ucrania es el de la mañana de su salida rumbo a España. Estuvo un buen rato acicalándose frente a los restos de un espejo, colgado en la pared, que daba acceso al huerto. Repasaba las cicatrices de su cara y su boca. Cada una de ellas tenía un dueño, uno de sus tres maridos. Se pintó las largas pestañas y perfiló sus ojos tristes, apuró el poco maquillaje que le quedaba y se dirigió a la habitación de los niños para despertarlos.
Tania vivía en Dibrovne, en el Oblast de Chernigev, a unos cien kilómetros de la frontera con Rusia y Bielorrusia. Su pueblo, una sucesión de casas a ambos lados de una carretera, se hizo famoso por la foto de un interminable convoy de tanques rusos camino de Kiev, en las primeras horas de la invasión de Ucrania por las fuerzas de Putin. Un anticipo de los errores estratégicos que viene cometiendo el ejército ruso. Desde su ventana pudo verlos mientras los niños salían a saludarlos.
Tania tiene seis hijos, el mayor se ha quedado en Ucrania, en el ejército, para rechazar a los invasores. Su hija mayor y una hermana habían emigrado a Alemania antes de que empezase la guerra. Ella se quedó cuidando de su madre y haciendo todo lo inimaginable para sacar adelante a sus otros cuatro hijos. En el verano de 2021, una ONG española, que trabaja en Ucrania buscando familias de acogidas para niños ucranianos, un programa que comenzó después del accidente en la central nuclear de Chernóbil, se llevó a dos de sus hijas. La mayor, Liuba, a una familia gallega que acababan de trasladarse a Bélgica. La más pequeña, Karolina, fue acogida por una pareja sin hijos en Madrid. Cuando la amenaza de los rusos se hizo evidente, Tania volvió a llamar a la mediadora de la ONG para escapar de Ucrania.

Después de un año plagado de dudas y miedos, sin un camino claro para recibir ayudas económicas o encontrar un trabajo, Tania decidió irse con tres de sus hijos a Alemania. Su hermana le dijo que las cosas allí eran más sencillas, que las ayudas llegaban puntuales y permitían empezar una nueva vida, lejos de los sobresaltos de las bombas. Viven en Minden, una pequeña localidad alemana a poco más de 150 kilómetros de Dortmund y Hamburgo, una zona industrial en la que su hija mayor ya trabaja y ha encontrado pareja, y el penúltimo de sus hijos, Yaroslav, estudia haciendo prácticas en una fábrica de Mercedes. Liuba acaba de tener un hijo. Tania ya ha aprobado el nivel A2 de alemán y tiene trabajo de cuidadora en una residencia de ancianos. No hay nada que pueda dársele mejor a Tania que el cuidado. Y la pintura. Pinta desde que era niña, incluso soportando las burlas de sus maridos que pensaban de ella que era una perfecta inútil.
Alemania, después de la destrucción y el trauma de la Segunda Guerra Mundial, se superó gracias a la ayuda del Plan Marshal americano y el esfuerzo de incontables inmigrantes llegados desde España, Turquía y países del Este de Europa que ya huían del muro impuesto por los soviéticos. Debilitada su propia masa de trabajadores, quizás nunca habría llegado a ser el motor de Europa sin el sudor y la energía de tantos que llegaron casi con nada, como Tania.
En la actualidad, según datos de la OCDE y Eurostats, en Alemania viven y trabajan casi 18 millones de inmigrantes, cerca de un 20 % de la población total. Atraídos por la industria y la confiabilidad alemanas, sin que la historia reciente les haya supuesto un motivo de sospecha, un reguero de polacos, turcos o rusos dibujan a diario un panorama multicultural por las calles de cada rincón de las dos Alemanias. En los últimos tiempos, Alemania ha sido el país que más ucranianos ha admitido en toda Europa, cerca de un millón y medio de compatriotas de Tania se reparten por su territorio. Más que Polonia, que por su situación geográfica y sus lazos históricos con Ucrania, debería ser el primer destino de los desplazados por la guerra, y años luz del tercero, los Estados Unidos de un Trump alérgico a los inmigrantes. En cada gran crisis regional, sea europea o de Oriente Medio, Alemania siempre ha estado ahí, con sus puertas abiertas para recibir a los que no tienen otra opción que marchase de sus hogares para salvar la vida y la dignidad. Afganos y afganas, sirios, palestinos, cristianos coptos que entran por España, perseguidos por grupos musulmanes, en cuanto pueden huyen hacia territorio germano. Tanzanos, keniatas, hombres de Mali, de Burkina Faso, musulmanes perseguidos por su orientación sexual y cualesquiera de los parias de conflictos y países intolerantes con los que Alemania tiene relativamente poco que ver, no dudan en emprender la ruta alemana como salvación segura. La gran Alemania se ha convertido en el Dorado para millones de personas que buscan mejores condiciones de vida o sencillamente ser considerados como ciudadanos cualesquiera.
La inmigración en Alemania se basa en unas reglas que son un ejemplo de la calidad de vida y la democracia en Europa. La plasmación de lo que debería ser cualquier país que siga los principios del llamado “estado del bienestar”. Normas claras, comprensibles, bien comunicadas, esperan a cada solicitante de asilo o trabajo. A ello, además, se le suman ayudas sociales que de verdad llegan al necesitado en un plazo predecible, algo inimaginable en otros países europeos. Un sistema que no solamente atrae a refugiados por razones de guerra o discriminación severas, también a profesionales bien preparados en diferentes áreas, como sistemas de información, ingeniería y salud. El sistema de reconocimiento de títulos académicos es modélico, un ejemplo más de la fiabilidad alemana.
Que cerca de un 20 % de la población que transita por las calles de Alemania no sean ejemplares de raza aria es, seguramente, una provocación para los amantes de la pureza de la raza. Han estado callados durante muchos años, mientras que la locomotora alemana viajaba con potencia arrastrando al resto del continente europeo con su poderío económico. La pujanza económica servía para pagar a todos y para cumplir con el sistema de ayudas sociales. Ahora, con la economía alemana seriamente ralentizada, cercana a la recesión, se dan una vez más circunstancias que se asemejan a las vividas en el pasado. El fantasma de la penuria económica, que ahora ya afectan a los alemanes de pura cepa, hace que muchos empiecen a buscar, como en los años veinte del siglo pasado, un culpable al que endosarle todos los males.

Las recientes elecciones celebradas en Alemania han estado marcadas por el auge espectacular del partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD) y la profunda caída del partido socialdemócrata, SPD, que venía gobernando y al que buena parte del electorado culpa de la situación económica y de la llegada indiscriminada de inmigrantes. El ganador, Friedrich Merz, de la Unión Demócrata Cristiana o CDU, ha conseguido atemperar el crecimiento de AfD gracias al anuncio de medidas que endurecerán el trato de la inmigración, incluyendo la deportación masiva de inmigrantes irregulares. Algunas de las leyes que han anunciado harán también más complicada la llegada de profesionales de territorios que no sean de la Unión Europea. También ha planteado el cierre parcial y selectivo de las fronteras alemanas, medidas todas ellas que son casi un calco de las que viene propugnando la lideresa de Alternativa por Alemania. Se dice de Alice Weidel que es una política poco usual para ser de extrema derecha. Está casada con una mujer de Sri Lanka y, sin embargo, su discurso focaliza todos las calamidades de Alemania en la política migratoria. Ciertamente, resulta algo chocante que alguien que ha pasado una parte de su vida profesional trabajando para el Banco de China, que habla y escribe mandarín, o que abraza las leyes de diversidad sexual para formar su propia familia, pronostique el fin del sueño alemán por culpa de los inmigrantes.

El innegable ganador en las elecciones, Merz, no puede estar tampoco radiantemente feliz con el resultado. Aunque se ha salvado la opción de la “gran coalición”, un invento que en Alemania funciona, pero que en mi España es todo un anatema, poco menos que juntase con el diablo (sean socialistas o conservadores), el soplo por su derecha será de tal magnitud que tendrá que cuidarse mucho de no añadir nuevos motivos para el crecimiento de Alice y sus seguidores. El nuevo gobierno se enfrenta a un escenario económico perverso. Y lo hará en medio de una de las mayores crisis geopolíticas desde la caída del régimen soviético. Por primera vez tras el final de la Segunda Guerra Mundial, los europeos tendremos serios motivos para no esperar a que el “amigo americano” nos saque las castañas del fuego. Merz ya ha anunciado que nos olvidemos de la cuadrilla de Trump, sea para la guerra o para la industria. Y eso, dicho por el nuevo líder de un país que se recompuso gracias a la ayuda de Estados Unidos y a su condescendencia para aceptarles en la sociedad de los países democráticos, pese a su siniestra historia, es todo un mensaje de alarma para el resto de los europeos.
Merz tendrá que salvar primero a Alemania para después salvar a Europa. Y tal vez no le quede otro remedio que adoptar medidas populistas, posiblemente centradas en la inmigración, para sofocar el fuego del evidente ascenso de la extrema derecha. Con la certeza de que lo que anuncie lo cumplirán, puede que millones de familias vean amenazada su plácida adaptación al alemán. Tania no quiere volver a su pueblo de Ucrania. Allí ya no le queda esperanza alguna. Su espejo, frente al que se permitía breves momentos de coquetería, estará sepultado, junto a los pocos muebles que tenían, bajo las bombas que Putin no cesa de lanzar.

2 Comentarios
Gloria
Muy interesante amigo y, para mi, como siempre, muy instructivo. Siempre aprendo contigo
Gloria
Muy interesante amigo y como siempre instructivo. Siempre se aprende contigo y, personalmente, la actualidad me interesa mucho y más, ahora, la actual